Capricornio encara a Escorpio Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Carl estaba disfrutando tanto de la vista que se chocó con la rueda trasera de Grayson cuando este se detuvo en una pequeña playa, íntima y tranquila, no muy lejos de donde había estado haciendo surf la primera vez que lo había visto; cuando había rescatado su bici de manos de los bullies preadolescentes del vecindario.

Carl se bajó trastabillando un poco y ayudó a Grayson a levantar la suya del suelo.

Las dejaron atadas con un mismo candado y bajaron por unas escaleras hasta la arena blanca y suave.

Carl se quitó las zapatillas, las ató por los cordones y se las colgó al hombro; luego hundió los pies en la calidez de la arena.

Grayson hizo lo mismo y señaló un tronco de madera que había sido arrastrado por el mar. Se dirigieron hacia allí.

Mirándolo de reojo, Carl dijo:

—Has ignorado mi mensaje pidiéndote ayuda.

—Pareces bastante capaz de encontrar soluciones por tu cuenta.

Se sentaron en el tronco, las piernas y brazos de ambos casi rozándose, separados apenas por una concha en la arena.

A Carl le vibró el móvil y se lo sacó del bolsillo.

—Mira, Sage me ha enviado una foto de su primo. El tío parece resplandecer, que buen color tiene… Quizá por eso lo llaman amapola, por ese blush tan natural.

Grayson inclinó la cabeza, muy cerca de la de Carl, para mirar la pantalla.

—Seguro que es un filtro.

—Mira qué mandíbula. Y tiene ojos amables.

Grayson miraba la foto de Poppy con recelo.

—Es bastante normalito.

—No te preocupes —murmuró Carl—, no es a ti a quien le tiene que gustar.

—¿De verdad una sola foto logra que el corazón se te ponga en marcha otra vez?

—Estamos hablando de algo sin compromiso, no sé, un rollo… Tengo curiosidad. —Carl lo miró y confesó algo que apenas se había permitido reconocerse a sí mismo—. ¿Crees que…?

—¿Que si creo qué?

—Estaba convencido de que le diría que no a Sage cuando mencionó a su primo. Vine aquí a curarme, no a… Pero una aventura suena bien. No tiene por qué significar nada más. Y aun así…

Grayson cogió aire de forma audible.

—¿Y aun así?

—¿Estoy usando lo de «sin compromiso» como excusa? ¿Trato, no sé, de demostrar que lo estoy superando? ¿Como si buscara la prueba de que la chispa puede volver a prender? —Carl hizo un ruidito, como si estuviera debatiendo consigo mismo—. ¿Una prueba de que estoy superando a mi ex?

Grayson tragó saliva y le dio un golpecito al móvil con un dedo.

—¿Con este tío?

Carl suspiró.

—No pareces convencido. Lo entiendo. Tu corazón aún no está listo para pasar página. Pero lo estará. Algún día conocerás a alguien y te lo pondrá en marcha de golpe, como si te cargaran la batería con unas pinzas. Así, de repente.

—De repente —repitió Grayson, tenso, y levantó una nube de arena con el pie, lanzándola hacia el agua con una risa forzada—. ¿Y esta foto es tu «de repente»?

—No, pero flirtear un poco durante la cena puede darme confianza y hacerme sentir que estoy cerca de un «de repente». Bueno, ¿qué me pongo?

—Por la noche refresca y Sage no suele encender la calefacción. Ponte varios jerséis. Abrígate bien.

—Pero con varios jerséis no voy a estar muy atractivo que digamos.

—Mejor. Así, si conectáis, sabrás que no es solo por lo guapo que eres.

—Pero estamos hablando de tener una aventura, yo creo que ahí el físico sí importa, ¿no?

—Si lo que necesitas es un chute de confianza, el hecho de que le gustes incluso con capas y capas de ropa va a ser buenísimo para tu ego.

Grayson tenía razón. Se sentiría mucho más seguro y preparado para una relación si supiera que su personalidad era tan atractiva como su cara.

—Puede que tengas razón.

—Mira, yo tengo una chaqueta hecha con un viejo saco de dormir. Se la hice a mi madre cuando estaba en el instituto.

—Creo que la vi junto a tus zapatos de claqué. No te preocupes; ya me apañaré.

—¿De verdad estás considerando tener un lío?

Carl le dio un suave empujón con el hombro.

—Mira, así dejarás por fin de pensar que estoy loco por ti. Todo pros.

Grayson se cruzó de brazos y bufó.

—O quizá estás intentando ponerme celoso.

A Carl se le escapó una carcajada; la risa le hizo cosquillas en la garganta.

—Eres tan narcisista… Pero eres adorable.

Se puso de pie de un salto, tiró de Grayson para levantarlo y lo arrastró hasta la orilla. Una ola les cubrió los pies; el agua estaba helada y Carl se rio ante el mordisco del frío, soltando varias palabrotas. Grayson, acostumbrado a esa temperatura, lo salpicó.

Ese fue el pistoletazo de salida, era la guerra. Se salpicaron el uno al otro durante un rato, pero Grayson era demasiado rápido y Carl no lograba mojarlo; al final fue él quien acabó empapado.

Regresaron a las bicis con la arena pegada a los pies.

—Me ha venido de maravilla —dijo Carl—. Me estaba empezando a poner nervioso por la cena, pero esto me ha ayudado. Gracias.

—¿Tú, nervioso? —dijo Grayson—. Pero si eres el tío más natural que conozco.

—Contigo es distinto. Pero esta noche voy a tontear con un hombre de verdad.

—¿Y qué se supone que soy yo? —gruñó Grayson.

Carl subió las escaleras delante de él y le dio una palmadita en la cabeza.

—Pareces un perrete al que le han quitado su juguete favorito —le dijo. Grayson fingió morderle la mano; Carl la retiró, riéndose—. Sé que cuesta aceptar que no todo el mundo está enamorado de ti…

Carl se dio un golpe en el talón con un escalón, pisó mal y se empezó a caer hacia atrás. Grayson reaccionó al instante y lo sujetó por los hombros, pero el ángulo era malo, perdieron el equilibrio y acabaron cayéndose por las escaleras, Grayson sobre él.

Carl parpadeó y se echó a reír; sus carcajadas se mezclaron con la ola de escalofríos que le recorrió la piel ante el mero contacto con Grayson.

Y pensó en lo diferente que sería tener un rollo con alguien a quien no conocía, una aventura pasajera, porque sería algo…

seguro. Pero ¿enrollarse con un amigo? Era una locura, un riesgo, y más aún si el amigo en cuestión tenía fama de rompecorazones.

Grayson era un peso cálido sobre su cuerpo y lo hacía vibrar de emoción, y eso a la vez hacía reír a Carl, a carcajadas, de forma nerviosa. Cada risa que se le escapaba chocaba contra el cuello de Grayson, contra su olor a sal, contra su olor a mar.

No. No sería tan idiota. Seguiría ignorando todas esas descargas eléctricas entre ellos. Se electrocutaría a sí mismo antes de… No, no, no. No tenía intención de ser un grupi más de su fándom.

Un estremecimiento recorrió a Grayson y el eco de ese temblor cortó de golpe la risa de Carl, que se limitó a mirarlo mientras lograba levantarse y se apoyaba en los escalones, las manos a ambos lados de su cabeza, liberándole del peso que había sido su cuerpo contra el pecho.

Grayson lo observó desde arriba, sus ojos grandes y oscuros fijos en él, y Carl alzó la mano para pellizcarle una mejilla.

—Destinados a estar en esta postura desde el primer día.

Grayson le sostuvo la mirada un segundo más y luego se apartó con brusquedad.

—Uy, mira qué hora es. Me tengo que ir pitando, tengo trabajo.

Y, sin más, subió las escaleras a toda prisa y liberó las bicis, y cuando Carl terminó de sacudirse la arena y llegó arriba, Grayson ya no era más que una mancha gris perdiéndose en una curva a lo lejos.