Capricornio encara a Escorpio Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Grayson se dirigió a la salida a toda prisa.

—Gracias por… la tarde de pies. Tengo… cosas que hacer. Ya sabes cómo soy, siempre ocupado.

—Espera, espera. —Ya en la calle, Carl logró agarrarlo de la manga y lo empujó con suavidad contra la pared para evitar que los peatones se los llevaran por delante—. He visto tu agenda. Tienes todo el día libre.

Grayson mantuvo la vista fija en la calzada y en los autobuses que por ella pasaban.

—Me llevé trabajo a casa, tengo que terminarlo.

—Bueno, pues seré tu asistente personal. Te ayudaré.

—Es… contabilidad. No te preocupes.

Carl torció el gesto.

—Contabilidad…

—Hojas de cálculo. Muchas. Muchísimas.

Buf, Excel. No era lo suyo. Para nada. Pero…

—Me las apañaré. Por ti.

Grayson cambió el peso de un pie a otro.

—Vale, a ver: ¿qué es la cinta y dónde aparece?

Carl se pasó los dedos por el pelo.

—No sé. ¿Un lazo? Y aparece en… ¿una muñeca?

—Es la interfaz principal, en la parte superior del Excel, desde donde accedes a los comandos. ¿Qué es una tabla dinámica? ¿Y los menús desplegables?

—Vale. Lo primero es… ¿una serie de ejercicios de gimnasia? Y lo otro…, ¿ cartas de restaurantes muy sofisticadas?

—Te aburrirías muchísimo. —Grayson se escabulló entre dos grupos de turistas—. Date un paseo por el centro y pásalo bien. Me iré en autobús.

Carl lo observó con el ceño fruncido mientras Grayson cruzaba la calle a toda prisa y se dejaba caer en el banco de la parada del bus, cubriéndose la cara con la mano en un gesto derrotado.

Carl no se volvió a encontrar con Grayson en todo el día; ni a la mañana siguiente, y eso que se pasó por Arcoíris y todo. Sabía que ser amigos no quería decir que fueran siameses. Pero era raro; antes, el tío acechaba cada esquina, y, de repente, nada.

—Si hubiera sabido que lo único que necesitaba para hacerlo desaparecer era hacerme su amigo, hubiera intentado esa táctica cuando lo conocí.

Su gran reflexión se vio interrumpida por el timbre de la puerta.

Carl se dirigió hacia la entrada casi corriendo, pero redujo la marcha en cuanto se dio cuenta de quién debía de ser.

Se sacó el móvil del bolsillo y mandó un mensaje a Grayson: «¡Socorro!

¡Auxilio! Ha llegado el momento de la clase de piano. ¡¡Ayudaaa!!».

El mensaje apareció como leído al instante, pero Grayson no le contestó. Carl suspiró y, resignado, fue a abrir la puerta.

Pero su desánimo se evaporó en cuanto vio los ojos brillantes de Leo, que entró en la casa con todos sus libros de música bajo el brazo.

—¡Guau, Jason! ¡Qué de premios tienes! Qué pasada. No me puedo creer que me dejes tocar tu piano de cola.

Carl lo condujo hasta el imponente instrumento.

—Adelante —le dijo—. Siente la magia del marfil bajo las yemas de los dedos. Absorbe el poder de las teclas.

Grayson tenía razón. Era muy convincente a la hora de soltar trolas y chorradas varias.

—¿Qué vamos a hacer en nuestra primera clase? —preguntó Leo, entusiasmado.

Carl miró al chico, tan feliz en la banqueta, y luego los libros que había traído.

—De lo que se trata hoy es de ver qué nivel tienes. Toca alguna de las piezas que te sepas y yo me encargaré de observar tus hábitos; nos quedaremos con los buenos y corregiremos los malos.

—Vale. ¿Minueto en fa mayor?

—Minueto… —¿Qué leches era un minueto? ¿Era posible sudar más?—. Excelente elección.

Leo tocó mientras Carl asentía con gesto serio y tomaba notas en una libreta.

Aunque las notas que tomaba tenían más que ver con los rasgos de Escorpio y sus compatibilidades que con la música.

Reflexionó sobre lo que Grayson le había dicho; lo había animado a comprar sus revistas, a leer los horóscopos, a que se pusiera sus camisas informales si con ellas estaba más cómodo…

Tachó todo lo que había anotado y frunció el ceño.

Hasta ese momento, cuando fingía ser Jason siempre sentía cierto miedo a que lo descubrieran, sí, pero también era un subidón.

Los elogios le daban seguridad, le hacían sentirse validado.

Pero, en esa ocasión, lo único que le estaba generando era ansiedad.

—Toca un poco más —le dijo al niño.

Leo lo hizo. Apenas había pasado media hora y Carl estaba tan empapado en sudor que le extrañaba que no se hubiera formado un charquito a sus pies.

—Lo vamos a dejar por hoy.

—¿Qué has apuntado ahí? ¿Algo malo?

Carl negó con la cabeza.

—Es evidente que te encanta la música, y eso es lo que transmites cuando tocas. Ojalá conserves ese entusiasmo; ayuda mucho cuando tienes que interpretar una pieza con la que no te sientes tan cómodo.

Leo asintió.

—¿Y qué haremos en la próxima clase?

—Lo verás cuando llegue el momento. Tocar el piano requiere mucha paciencia. Considera esta espera parte del aprendizaje.

—¡Vale! Oye, me dijo mi madre que si podías pasarte por la panadería cuando termináramos.

—Maestro Leo, haga usted los honores —le dijo al niño, haciéndole un gesto para que emprendiera la marcha.

Carl lo siguió hasta Arcoíris, pero lo hizo arrastrando los pies, como si le pesaran. Su intención inicial había sido ayudar a Leo con los abusones del colegio, pero… ¿no se estaba pasando? ¿No estaba llevando la situación demasiado lejos y convirtiéndose él en el bully?

Tragó saliva. Tenía que terminar con aquello, no podía darle al chico más «clases» de piano. Lo último que quería en el mundo era que alguien saliera dañado.

—Leo —dijo con voz ronca—. Hay algo que…

—Mira, Grayson está aquí —dijo el chico al abrir la puerta, y entró corriendo en la panadería.

Carl soltó el aire despacio, entró tras él y, al verlo charlando de forma animada con Grayson, que estaba sentado en un rincón, tecleando algo en el portátil, se dirigió al mostrador, donde estaba Sage.

—Gracias por pasarte —dijo ella sonriendo de oreja a oreja al verlo—. Quería invitarte a cenar esta noche. Vendrás, ¿verdad? Por favor.

—Claro —respondió Carl.

¿Cómo iba a decirle que no cuando lo miraba con ojos de cachorrillo abandonado bajo la lluvia?

—¿A ti te apetece venir? —preguntó Sage por encima del hombro de Carl.

—Yo…, hum…, no. Gracias —dijo Grayson.

Esa vez fue Leo quien se encargó de mirarlo con ojitos suplicantes, y Grayson se pasó una mano por la mandíbula, donde ya podía verse una sombra de barba.

—Es que quiero agradeceros todo lo que estáis haciendo por Leo —añadió Sage.

Por supuesto que Grayson ayudaba a Leo. Seguro que le daba clases de informática. Lo mismo ya le había enseñado a redactar un currículum.

Carl lo miró, seguía con la vista clavada en la pantalla y, cuando habló, lo hizo sin apartar los ojos del ordenador:

—No es para tanto. Y no hace falta que me lo agradezcas.

—Venga, porfi.

Grayson empezó a guardar sus cosas; seguía sin mirar en su dirección. ¿Qué le pasaba?

—Lo siento, esta noche no puedo. Estoy hasta arriba. —Miró el móvil—. Tengo que irme.

Se despidió de Leo con la mano y se peleó con un par de sillas en su camino a la puerta.

Sage chasqueó la lengua.

—Bueno, pues parece que seremos solo nosotros —dijo.

—¿Llevo algo? —ofreció Carl.

—Tu presencia. Estás soltero, ¿no?

—¿Eh?

—Mi primo Poppy lleva tiempo queriendo venir a cenar. ¿Puedo invitarlo también? A lo mejor conectáis.

—¿Tu primo se llama Poppy? ¿Como las amapolas?

—Bueno, en realidad se llama Alex, pero lo llamamos Poppy, sí, como la flor.

Se escuchó el chirriar de las patas de una silla contra el suelo y Carl giró la cabeza hacia Grayson, que había vuelto de repente y parecía buscar algo en el suelo… ¿Se le habría caído alguna cosa al salir? Podría ser, con la prisa que parecía haber tenido…

—Es que estoy recuperándome de una ruptura —dijo Carl cuando vio que Sage lo miraba esperando una respuesta.

—Lo siento mucho. ¿Cuándo ocurrió?

—Hace más o menos un año.

—¿Un año? Pues ya va siendo hora de meter los piececitos en la piscina del amor, ¿no?

—Hum…

Carl estaba allí para recomponer su corazón, no para que se lo aporrearan hasta rompérselo otra vez.

—Vale, pues no hablemos de amor. ¿Y un rollo? Podría ser una aventura sin compromiso.

Un rollo… Sin compromiso…

De solo pensar en la palabra «rollo» sentía una enorme sensación de vértigo en la tripa.

Porque le aterraba volver a enamorarse, pero quizá un lío sin complicaciones no estuviera mal; ceder al deseo, pasarlo bien…

Había algo liberador en la sugerencia de Sage.

Significaba vivir el momento. Significaba… sexo sin ataduras. ¿Qué se lo impedía?

—Bueno…, sí que estoy soltero —admitió.

Otra silla se deslizó de manera ruidosa por el suelo, y Grayson, mucho más despacio en aquella ocasión, se dirigió de nuevo a la puerta.

—Venga, pues esta noche tienes una cita —dijo Sage, juntando las manos y dando una palmada.

—No es una cita.

—No, no, vienes a cenar y conoces a mi primo. Solo eso, conoceros. Aunque seguro que le encantas. Eres su tipo.

La puerta se cerró con un golpe sonoro, sobresaltando a Sage y a Leo.

—Vaya —murmuró Carl—. El viento de Wellington es indomable.

Se quedó allí unos minutos más, disfrutando de un café, y luego se dirigió a casa dando un paseo. Al llegar se encontró a Grayson, que lo esperaba junto a la verja con una bicicleta.

—Creía que estabas ocupado —dijo Carl, acercándose.

La mirada de Grayson, más oscura bajo la sombra del casco, lo golpeó como una descarga eléctrica.

—Mi cliente se ha puesto enfermo y lo ha cancelado. ¿Te apetece dar una vuelta en bici?

Carl cogió la de Jason, se encasquetó a Toto y le dijo a Grayson que fuera él delante, que lo seguía. Fue una vuelta relajada, pedalearon sin prisa hasta la playa y siguieron por la costa bajo un cielo despejado y más sereno de lo habitual.

El olor a sal impregnaba el aire de tal forma que uno parecía inhalar el golpe de las olas contra las rocas.

Las gaviotas graznaban sobre ellos y las ruedas de sus bicis rodaban sobre el pavimento.

Pequeños barcos salpicaban el agua tornasolada, que iba del azul marino al turquesa, y Grayson, pedaleando unos metros por delante de él, parecía salido de una película.