Capricornio encara a Escorpio Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

Carl arrastró a Grayson por el paseo que llevaba al centro y entró a pedir cita en un salón de belleza. Le dijeron que en esos momentos no tenían hueco, pero que podrían darles cita para un par de horas después. Carl aceptó.

—Mientras tanto, podemos ir de tiendas, comer algo…

Caminaron sin prisa por la concurrida calle hasta que Grayson se metió en una librería, también abarrotada.

Carl hubiera elegido otro comercio, pero cualquier cosa para levantarle el ánimo a Grayson, que se fue directo a la sección de novelas con integridad.

Él, sin embargo, acabó en la de las revistas.

Pero, cuando de forma instintiva fue a coger una para hojearla, un escalofrío le recorrió el cuerpo y se quedó helado, así, con el brazo extendido y todo…

«Eso lo explica todo». Las palabras de uno de los Vinagrillos Verdes volvieron a él y las sintió como una desagradable risilla al oído.

Bajó la mano y dio un paso atrás, chocando con Grayson, que lo sujetó por las caderas para estabilizarlo antes de mirar hacia la revista y luego de nuevo a él.

—Si la quieres, cógela.

A Carl casi se le escapa un suspiro, pero logró reprimirlo a tiempo; señaló la puerta y la calle al otro lado.

—Voy a ver si hay sitio en la cafetería de enfrente. Tómate tu tiempo.

Encontró una mesa pequeña junto a la ventana y se sentó con la mirada fija en el exterior.

Se sentía bajo de ánimo, apagado. Pero entonces, el sol salió de golpe, asomándose desde detrás de unas nubes blancas y densas, y bañó la calle de tonos amarillos.

Entre la multitud de peatones que iba de un lado a otro, la figura de Grayson sobresalía, avanzando hacia él con paso firme.

Aún envuelto en gris, con su estatura, con el pelo oscuro y los ojos más oscuros aún, resultaba difícil de ignorar.

Abrió la puerta del local y entró acompañado de un soplo del aire frío del exterior y de una sensación que Carl notó recorrerle la piel; como cuando veías a alguien conocido después de un día entero sin clientes en la tienda, como una promesa de contacto.

Y a Carl se le puso la carne de gallina.

Le hizo un gesto para que se acercara y Grayson se sentó frente a él, rozándole las rodillas con las suyas al hacerlo; el espacio era reducido. Sacó la revista que llevaba debajo del brazo y la dejó en la mesa. Carl la reconoció al instante, era la que casi había cogido en la librería.

Y no pudo dejar de mirarla. Mientras pedían café y algo de comer, Carl le echaba vistazos de soslayo. Grayson, en cambio, lo observaba a él con esa intensidad que lo hacía retorcerse y rellenar los vasos de agua aunque no fuera necesario.

—Te van los horóscopos, ¿no? —dijo Grayson—. Un día me dijiste que seguro que era el escorpio que lo iba a poner todo patas arriba.

Carl jugueteó con una servilleta solo para evitar que su mano saliera disparada hacia la revista. Lo único que lo mantenía alejado eran las palabras del Vinagrillo resonando en su cabeza.

Grayson se quedó mirando la servilleta de papel que Carl había destrozado y abrió la revista.

—Veamos. ¿Cuál es tu signo?

Carl tragó saliva. Era absurdo tomarse el horóscopo tan en serio. Ni que fuera real… Quizá, si leyera más libros de verdad, le iría mejor en la vida.

Grayson se sacó el móvil.

—Bueno, como sois gemelos, busco a Jason y ya está.

—No te funcionará. Él nació antes de medianoche, yo después. Estamos justo en la frontera entre Sagitario y Capricornio.

—Capricornio. Estupendo.

—Oye, ¿me has hecho el lío adrede?

—Quizá sea un rasgo de Escorpio. A ver qué dice de Capricornio…

Carl le arrancó la revista de las manos y pasó las páginas hasta llegar a Escorpio.

—Los dos tenemos carácter fuerte.

Llegaron los cafés y la comida. Grayson empezó a picotear sin quitarle la vista de encima mientras esperaba a que le leyera su horóscopo, pero lo observaba con tal atención que Carl no pudo hacer más que quedarse ahí, sintiéndolo en cada poro de su piel.

Una de las primeras frases decía: «Escorpio irradia intensidad y emana carisma»; sí, era del todo cierto.

Omitiría esa parte, no hacía falta inflarle más el ego.

También ponía que era difícil de ignorar, lo cual…

Sí, también era cierto. Que era inteligente; sí.

Astuto; sí. Que siempre se podía contar con él; vale, sí.

—Bueno, ¿y qué dice de mí? —preguntó Grayson.

Carl se aclaró la garganta y leyó:

—Que no desconectas nunca del trabajo. Y mira, he visto tu agenda, así que no puedes negar que ha dado en el clavo de todas todas.

Que eres un investigador nato, que donde hay algún secreto, ahí estás tú.

Ya ves, tal y como me has sonsacado a mí los míos, podemos decir que también encaja.

Que tu curiosidad es insaciable y que eres capaz de descubrir lo que sea.

Madre mía, parece que te está describiendo.

Uy, y mira lo que dice: «Escorpio es el signo con más probabilidades de formar una secta».

—¿Y eso lo dices por…?

—El fándom que te has montado.

—Ya, sigue.

Carl hizo una mueca, tratando de no sonreír, y echó un vistazo a la lista de cosas que repelían a Escorpio: la gente aburrida, estúpida…

Cerró la revista de un manotazo y la dejó sobre la mesa.

—La comida está buenísima.

—¿Y eso te enfada? —preguntó Grayson ante su repentina brusquedad.

Carl lo amenazó con un tenedor.

—Deja de mirarme así.

—Soy un investigador nato. Curioso por naturaleza y… —Grayson dejó de hablar al ver que Carl levantaba el vaso de agua como si se lo fuera a tirar encima—. Vale, dejo el tema.

Carl dio un sorbo a su agua y dijo:

—Chico listo.

Pero, tras unos minutos comiendo en silencio, tuvo que preguntar:

—¿Me he manchado la camisa o algo? ¿Por qué frunces el ceño cada vez que la miras?

—¿Puedo hablar ya? ¿Es seguro? —dijo Grayson, mirando el vaso de agua.

Carl se cruzó de brazos y le indicó que procediera con un gesto de cabeza.

—Al principio, las primeras veces que nos encontramos, te ponías camisas de franela. Ahora vas con ropa cada vez más ajustada.

—Intento parecerme a Jason, para que cuando vuelva no sorprenda tanto a la gente.

—¿Y te gusta vestirte así? ¿Estás cómodo?

Carl descruzó los brazos y se echó hacia atrás en la silla.

—Me aprieta un poco.

—Estás más a gusto con tus camisas de franela, ¿no? Tu ropa te gusta más, es lo que de verdad querrías ponerte.

Carl lo miró con ojos entrecerrados.

—¿Estás tratando de ser sutil? En plan, ¿«lee entre líneas»?

—Y luego dices que no eres listo.

Carl cogió uno de los bordes de su sándwich, se lo metió a Grayson en la boca y le apuntó con un dedo.

—Prometí que no volvería a meterte nada en la boca. Pero hay algo en ti que me da ganas de romper esa promesa una y otra vez.

Grayson masticó y tragó. El brillo que de repente iluminaba su mirada traspasó la piel de Carl y se coló en su interior, donde se quedó dando vueltas como un eco.

—Dijiste que esta calle sería de doble sentido: tú dices cosas, yo correspondo diciendo cosas. —Se inclinó hacia él y, en voz baja, añadió—: ¿Sabes que me estás mirando con el ceño fruncido pero, a la vez, estás sonriendo?

Carl no consiguió que los saltitos en la tripa cesaran, pero al menos se cubrió la boca con la mano y se tapó la sonrisa.

El ceño fruncido desapareció un segundo después.

Le fastidiaba que Grayson le hubiera dicho que era mejor que fuera él mismo, y a la vez, le halagaba ese elogio velado a su inteligencia.

En realidad, todo en Grayson era… Bueno, daba igual, era posible sentir varias cosas en apariencia contradictorias, ¿no?

El problema era que todas ellas le bailaban en el pecho a la vez.

Se sonrojó y le hizo un gesto a Grayson para que terminara de comer.

—Venga, que nos tenemos que ir.

Carl se dejó caer en un sillón mullido con un suspiro de satisfacción.

El agua burbujeante, perfumada y a la temperatura perfecta les cubría los pies mientras unas manos suaves se ocupaban de ellos; cortándoles las uñas, limándoselas, quitándoles cutículas.

El masaje con crema le dejó los pies tan suaves como la piel de un bebé, y no pudo evitar los gemidos que se le escaparon.

Estaba en la gloria. Grayson no dejaba de mirarlo de soslayo, pero, aparte de pedir que le pintaran las uñas de los pies de color magenta, no dijo nada.

No habló hasta que las chicas se marcharon, indicándoles que esperaran al menos cinco minutos antes de ponerse los zapatos.

—Ha sido increíble —murmuró Carl—. Me encanta que me toquen. Que me masajeen.

—A todos los presentes nos ha quedado claro, te lo aseguro —respondió Grayson, aclarándose la garganta, lo que derivó en un fuerte ataque de tos.

Carl dejó su sillón y se sentó en el de Grayson, a su lado, dándole unas palmaditas en la espalda.

—¿Estás bien?

Grayson asintió, aunque volvió a toser; Carl mantuvo una mano en su espalda, acariciándosela hasta que al fin la tos cesó.

—Sí, no es nada, solo me picaba la garganta.

Del resfriado estoy mucho mejor. —Carl apoyó la muñeca en el hombro de Grayson y le dijo que esperara un par de minutos antes de levantarse.

Tan cerca como estaba de él, se fijó en sus mejillas, enrojecidas por el arranque de tos; luego, su mirada vagó hasta sus orejas, que estaban aún más rojas y…

Nunca se había fijado, pero tenía una cicatriz en una de ellas, en la parte interior.

Se inclinó un poco más hacia él y se la acarició, siguiendo con un dedo el suave contorno.

—¿Cómo te hiciste esto? —le preguntó en un susurro, acercándose a su oído para que nadie lo oyera.

Grayson se quedó inmóvil a su lado, muy quieto, como si hubiera dejado de respirar durante unos instantes.

—¿Está libre este asiento? —preguntó un cliente, señalando la silla de Carl.

Grayson se levantó de un salto, y lo hizo de forma tan brusca que Carl acabó en el suelo. Cuando logró incorporarse y decirle al cliente que adelante, que podía sentarse, Grayson ya estaba en el mostrador pagando la pedicura de los dos.

—Quería invitar yo —dijo Carl, acercándose.