Capricornio encara a Escorpio Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

No vio ninguna; pero vio a dos personas que bajaban corriendo los escalones de la playa y los reconoció al instante: sus antiguos compañeros de instituto, ahora abogados de éxito y triunfadores en la vida en general.

Se le hizo un nudo en el estómago y se sonrojó; se cubrió la cara con la mano para que no lo vieran.

Grayson recogió la toalla amarilla que había dejado junto a Carl y empezó a secarse el pelo, mirándolo de soslayo.

—¿Qué haces?

—Shhh. —Carl lo agarró de la pierna y tiró de él para colocarlo más cerca, con la esperanza de poder esconderse tras su cuerpo. Se asomó un poco por detrás de uno de sus muslos.

—¿De quién te escondes? —murmuró Grayson desde arriba.

Carl alzó la vista y se encontró con su expresión curiosa y, sí, también divertida. Con un gesto de la mano le indicó que se pusiera a su altura y Grayson se inclinó hacia él; las gotas que le caían del pelo le salpicaron la cara.

—Es que no puedo con ellos —le dijo.

Grayson se agachó y se convirtió en un muro entre Carl y los excompañeros triunfadores.

—Piensan que soy un paleto sin estudios ni futuro, atrapado en un pueblucho de mala muerte.

Una especie de gruñido hizo que Carl apartara la vista del peligro inminente que suponían los superabogados y la fijara en los labios de Grayson, tensos y apretados en una fina línea. Tenía pinta de estar a punto de girarse y encararlos. Carl le sujetó la muñeca para retenerlo.

—Eso es lo que leí entre líneas. No me lo dijeron tal cual.

—¿Leíste entre líneas todo eso?

—Me invitaron a comer.

Grayson ladeó la cabeza y repitió en voz baja:

—Te invitaron a comer.

Carl le apretó un poco más la muñeca.

—Fue por cómo lo hicieron. Fueron las formas.

Grayson puso una mano sobre la suya.

—El hecho de que tú te sintieras inferior tras estar con ellos es más que suficiente.

Carl sostuvo la mirada decidida de Grayson y, una vez más, la tripa se le llenó de mariposas.

—Ay, madre, vienen hacia aquí.

Si se seguían acercando no podría esconderse; el cuerpo de Grayson no era suficiente. Cerró los ojos con fuerza y se preparó para una conversación incómoda… Entonces notó una toalla húmeda sobre la cabeza.

Carl abrió los ojos y parpadeó. Grayson los cubría a ambos con la toalla como si fuera una de esas fortalezas de mantas que hacen los niños.

La luz del sol se filtraba a través de la tela amarilla y llenaba de un cálido resplandor el reducido interior, donde las respiraciones de ambos se entremezclaban.

Los ojos oscuros de Grayson estaban fijos en él; había ternura en su mirada, comprensión, pero también brillaban con ese toque divertido tan suyo.

Como si de verdad quisiera ayudarlo, pero, al mismo tiempo, la situación le hiciera gracia y tuviera la excusa perfecta para picarlo.

Así era muy difícil saber cómo reaccionar.

¿Qué hacía? ¿Le apretaba la muñeca con fuerza hasta borrarle esa sonrisa ladeada?

¿O se la acariciaba y acompañaba el gesto con un «gracias» en voz baja?

Carl optó por un término medio entre una cosa y otra.

Notó el pulso de Grayson bajo sus dedos, su rítmico latido contra la piel, y eso, unido a lo cerca que estaban el uno del otro, convirtió el gesto en algo…

intenso. Estaban sentados a una distancia tan corta que Carl casi podía sentir la sombra de barba que se le empezaba a notar en la mandíbula.

Un rayo de sol pareció colarse entonces en su escondite e iluminó la expresión de Grayson; se le habían oscurecido los ojos y la sonrisa le había desaparecido.

Aquello era… demasiado.

Carl retiró la mano de golpe y dejó caer la toalla entre ambos.

No había pretendido que el gesto pareciera algo romántico, pero seguro que Grayson iba a pensar que sí y se reafirmaría en su teoría de que Carl estaba loco por él.

Y, por si fuera poco, como si el corazón no le fuera ya lo bastante rápido, sus excompañeros estaban mucho más cerca y, a esa distancia, que lo vieran era inevitable.

Los abogados levantaron la cabeza…

Lo miraron…

Y apartaron la vista a toda prisa.

Uno de ellos señaló hacia el agua, como si de pronto hubiera algo fascinante mar adentro, y el otro se giró en esa dirección. Parecía que… Era como si… no quisieran que Carl los viera. Y…, vale, lo entendía; no pasaba nada. Él tampoco había querido que lo vieran.

Sin embargo…

Notó un vacío en la tripa y un nudo en la garganta.

Se puso en pie de un salto y caminó por la arena tan rápido, en su prisa por llegar a la camioneta de Grayson, que casi se tropezó en un par de ocasiones.

Una vez en el asiento del copiloto, apoyó la frente contra el cristal de la ventanilla, sintiendo el traqueteo de la carretera, mientras regresaban en silencio a Berhampore.

—Carl…

—No.

—Me prometiste que esto sería una calle de doble sentido.

Carl tragó saliva y siguió mirando por la ventanilla hacia las casas y las colinas que parecían fugaces a su paso.

—Esos tíos te hicieron daño —dijo Grayson en voz baja—. Volver a verlos ha debido de afectarte.

Carl notó un dolor en el pecho.

—No son ellos per se. A esos dos en concreto apenas los conozco.

Pero últimamente me da la sensación de que no soy…

lo bastante interesante; que no tengo suficiente que ofrecer.

—Forzó una risa y trató de quitarse el escozor de los ojos—.

Si en vez de una persona fuera una revista, no tendría ni un mínimo de integridad periodística.

Grayson se detuvo frente a la casa de Jason y el aire entre ellos se espesó, sus respiraciones cargadas de palabras no dichas. Carl se dedicó a tocarse las uñas, cortas y romas, mientras un rubor le enrojecía las mejillas y le abrasaba la garganta bajo la atenta mirada de Grayson.

—Cuando uno se siente así, la sensación de soledad es inevitable.

A Carl casi se le escapó un sollozo; reprimirlo hizo que le escociera la garganta.

—Hablamos de tener un perro, y yo estaba tan feliz por poder regalarle una caseta… Pero ¿qué es una caseta comparado con veterinario gratis de por vida?

Grayson no tenía ni idea de qué iba aquello, claro, pero lo escuchó sin interrumpir.

Carl se pasó la mano por el pelo y siguió hablando:

—Mi ex se enamoró de un veterinario. Estaba fascinado con él, con lo increíble que era, con lo listo que era. Y no te lo voy a negar, Nick es muy buen tío. Entiendo por qué Pete lo eligió a él.

—Espera un momento. Uno no mide un enamoramiento en términos de inteligencia.

Uno se enamora cuando encuentra una determinada conexión.

Da igual a qué se dedique el otro si esa extraña chispa salta.

Aunque no quieras que salte y aunque te repitas que es una locura y que no estás preparado, te… enamoras igual.

Carl respiró hondo y frunció un poco el ceño. Lo que decía Grayson era reconfortante, esperanzador…, pero no estaba del todo seguro de que las decisiones que había tomado en su vida, las que le habían llevado dónde estaba, no hubieran influido en la elección de Pete.

Grayson pareció notar que no estaba del todo convencido, apretó el volante con más fuerza y continuó:

—Puedo conocer a la persona más brillante y exitosa del mundo y, aun así, aburrirme con ella; puedo llegar a quedarme medio dormido a mitad de conversación y sentirme agotado por tener que seguirle el ritmo.

—Grayson hizo tamborilear los dedos en el volante, miró hacia la casa de Jason y tragó saliva—.

O puedo conocer a una buena persona, a la que le gusten los paseos en bici, las caminatas y madrugar, y no aburrirme jamás.

Carl entendía a lo que se refería. Si conocía a un chico y este empezaba a hablarle, por ejemplo, de los entresijos del periodo bizantino medio y tardío, él se limitaría a sonreír en piloto automático mientras repasaba en silencio la lista de la compra de la semana.

Así que quizá tenía sentido lo que decía.

¿Podía ser que la atracción por una persona no estuviera vinculada a su inteligencia?

Verlo bajo ese enfoque… ayudaba bastante. Y de repente, parte del peso absurdo que le oprimía el pecho desapareció y pudo respirar con algo más de soltura. Carl apuntó a Grayson con un dedo.

—Esto de la calle de doble sentido es oro.

Grayson curvó los labios en una media sonrisa.

Carl también sonrió.

—Ahora me tengo que ir a trabajar, pero… —Grayson se quedó mirando al frente, los ojos perdidos en la distancia, como si se le acabara de ocurrir algo; luego hizo una mueca y asintió, antes de decir—: ¿Qué vas a hacer el resto del día?

—Leo viene luego. De eso también tenemos que hablar…

Grayson emitió un ruidito, algo entre una risa y un lamento.

—Pero ahora no.

Carl se rio bajito y forcejeó con el cinturón, incapaz de soltarlo. Grayson se inclinó hacia él y se lo quitó. Los pulgares de ambos se rozaron y una corriente eléctrica los sacudió. Ambos se apartaron y Carl salió del coche a toda prisa.

—Haz algo divertido —dijo Grayson tras aclararse la garganta—. Algo que te distraiga.

Carl lo miró y le sonrió antes de cerrar la puerta.

—Lo haré. Lo prometo.