Capítulo 8 #3
Carl le quitó importancia con un gesto y se llevó la taza a los labios.
Mientras le daba un sorbo al té, sus ojos se posaron en una foto enmarcada en una esquina de la encimera, apoyada contra la pared, justo donde el día anterior habían estado las sopas del amable fándom de Grayson.
Dejó la taza, cogió la foto y observó a la mujer de pelo negro y ojos oscuros; unos ojos muy parecidos a otros que conocía bien.
Un pelo ondulado y brillante enmarcaba su rostro dulce y pálido, y su mirada era tan profunda y expresiva que hacía que no pudieras dejar de mirarla, como si te atrapara.
Tenía pequeñas arrugas —de esas que te salen por una vida de risas— alrededor de los ojos y la boca, y una sonrisa pícara que había visto en Grayson más de una vez. Sin duda, era su madre.
«No habla del tema, pero ha sido así desde que murió su madre y rompió con su ex», recordó que le había dicho Sage.
Carl alzó la vista para mirar a Grayson, que tenía los ojos fijos en el reverso del marco.
—Es preciosa. Te pareces a ella —dijo Carl dejando la foto.
En esa ocasión, fue Grayson quien la cogió.
—A ella también le gustaba hacerse las uñas; de los pies y de las manos.
—¿Tenía un color favorito?
—El magenta.
—Háblame de ella.
—¿Qué pretendes, Carl? —preguntó, sus ojos oscuros atravesándolo.
Carl se pasó una mano por el pelo.
—Ahora somos… amigos, ¿no? Puedes hablar conmigo de estas cosas. Desahogarte. Sacártelo todo de dentro. Si lo piensas, soy la mejor opción. Mi estancia aquí es provisional, así que no tendrás que agobiarte por cruzarte cada día con alguien que conoce tus secretos.
Grayson se pasó las manos por la cara y, con ella todavía cubierta, suspiró. Luego levantó la vista y buscó los ojos de Carl.
—¿Sería correspondido? ¿Una calle de doble sentido?
¿Quería que Carl también compartiera sus secretos? De hecho, ¿no había empezado ya a hacerlo?
—Pues… sería un calle que no me importaría transitar.
Grayson asintió, meditabundo; se levantó y tiró de Carl por el pasillo hasta sacarlo de casa.
—Lo pensaré.
Luego, le cerró la puerta color esmeralda en toda la cara.
Carl frunció el ceño y se alejó calle abajo; luego subió las escaleras que le llevaban hasta la avenida principal, donde vio a Leo entrando en Arcoíris y lo siguió.
Sage estaba ocupada con una larga fila de clientes y una sonrisa en los labios, y Carl se dirigió hacia la mesa que Leo se había agenciado.
—¿Cuándo tendremos nuestra primera clase? —le preguntó el niño nada más verlo.
Carl se tomó su tiempo para sentarse y entrelazó las manos.
—La teoría es fundamental. Durante las primeras semanas eso será lo que hagamos.
Las semanas que a Carl le quedaban allí.
—¡Se me da genial la teoría! Ya verás, pregúntame. Me lo sé todo.
—Este giro no me lo esperaba —murmuró Carl en una especie de lamento.
—Giro, perfecto, lo sé. Un símbolo con forma de S tumbada que se pone encima de algunas notas. Significa que la nota superior no se toca sola sino en una secuencia: después de la principal, la inferior, y luego vuelves a la principal.
Carl hizo una mueca.
—Vaya, parece que la teoría sí es tu fuerte.
—En música se dice «forte», no sé si querías que picara. También tenemos «fortissimo», que significa muy fuerte; y «mezzo-forte», moderadamente fuerte.
—Ahí está la clave, sí —dijo Carl mientras asentía.
—La clave es un símbolo que fija la altura de las notas.
Carl decidió que mejor se callaba; apoyó el codo en la mesa y se tapó la boca con la mano, limitándose a sonreír y asentir a lo que Leo decía.
—¿Eso significa que podemos empezar a practicar ya?
—Leo —dijo Sage, negando con un dedo mientras se acercaba a la mesa con unos cupcakes—. Te dije que no lo presionaras. El hecho de que se haya ofrecido ya es bastante.
Leo agachó la cabeza y se disculpó, pero Carl se sintió fatal y lo detuvo:
—No hay problema. No pasa nada, de verdad.
—¿Entonces empezamos mañana? —preguntó Leo, radiante—. Ahora que estoy de vacaciones tengo un montón de tiempo libre, podríamos dar un montóóón de clases.
A Carl se le cortó la respiración, el aire se le quedó atascado en los pulmones y la mente, en blanco. Del todo. No se le ocurrió ninguna excusa, y dos pares de enormes ojos lo miraban esperanzados y a la espera de una respuesta.
—¡Claro! —soltó—. Sí. ¿Mañana por la mañana te viene bien?
—Eres lo más, Jason. El mejor del mundo.
—No, no, lo mejor del mundo son estos cupcakes —dijo Carl engullendo uno antes de decir algo más que no debiera.
—Cómo te gustan —dijo Sage—. Leo te llevará mañana unos cuantos. Tengo que volver al mostrador, Jason, ¡nos vemos!
Sage se fue a atender a los clientes, y media hora después, Carl abandonó el local.
Caminó sin rumbo por Berhampore y, cuando estaba a punto de volver a casa, vio a Grayson girando hacia el paseo que iba a la playa.
Verlo no era raro en sí mismo —ya se había acostumbrado a encontrárselo a cualquier hora del día—, pero el enorme ramo de flores que llevaba, sí.
Lo siguió con sigilo, ocultándose tras cada árbol del camino.
Tomó la cuesta hacia la colina, llegando al saliente donde Carl había tenido su percance, y siguió hasta un árbol que crecía, lleno de nudos y ramas retorcidas, entre la hierba alta.
Allí, Grayson se arrodilló y colocó las flores.
Inclinó la cabeza y Carl tragó saliva con fuerza.
De repente, la foto enmarcada de la encimera y su agenda inusualmente libre de obligaciones cobraron sentido.
Carl se quedó allí, oculto entre las sombras unos pasos por detrás, y también inclinó la cabeza en señal de respeto. Esperó en silencio durante unos minutos antes de escabullirse con cuidado.
—Quédate —dijo Grayson—. Sé que estás ahí.
Carl se pegó al tronco, notando la savia en la espalda, y esperó, sintiéndose culpable, mientras Grayson se secaba los ojos con la manga, se levantaba y se acercaba a él.
—Lo siento —dijo Carl.
—¿Por seguirme? ¿O por…? —Grayson no terminó la frase, solo miró con pesar hacia el árbol, hacia el ramo, y a Carl se le formó un doloroso nudo en el pecho.