Capricornio encara a Escorpio Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Y esa sensación de miedo se hizo aún más pronunciada al escuchar pasos por el pasillo. No sabía qué era más aterrador, el cuadro espeluznante o el hecho de que Grayson se estuviera acercando.

Trató de incorporarse lo más rápido que pudo, pero no lo logró y, en el preciso instante en que Grayson entraba en la habitación y encendía la luz, estaba semitumbado y apoyado sobre un codo.

Carl entrecerró los ojos ante el repentino resplandor y parpadeó, mirando a Grayson ahí de pie, helado y con la boca abierta.

Carl no necesitó más de un segundo para darse cuenta de cómo podía interpretarse esa escena, los ojos perplejos de Grayson lo dejaban claro.

Carl llevaba la camisa desabrochada —mostrando una porción generosa de pecho y abdomen— y estaba recostado de forma provocadora sobre la cama.

Vamos, que le faltaba hacerle un gesto con el dedo y soltar un gruñido felino a modo de invitación.

Su postura decía claramente «ven, te estoy esperando, grrr».

Grayson cogió un frasco de pastillas de la cómoda.

—Venía a por esto.

Carl no sabía qué hacer con su vida. Empezó a abrocharse los botones mirando al techo, como si pudiera maldecir al cielo y echarle la culpa de todos sus males.

—No es lo que parece.

—¿Y qué parece?

—¿Que una persona desequilibrada se ha colado en tu cuarto y se ha postrado medio desnuda en tu cama con la vana esperanza de seducirte?

—Así que eres consciente.

Carl se incorporó.

—Pero no es eso…

—¿Y qué es?

—Estaba mirando el cuadro que tienes sobre la cama y juzgándote muy fuertemente.

¿Qué narices es…? —Carl alzó la vista y dejó la pregunta sin terminar.

Con luz, la imagen no era ni de lejos tan amenazadora como había parecido en la penumbra.

De hecho, no era un cuadro, sino una fotografía de un niño bailando en un escenario.

Un niño que se parecía mucho al hombre que lo miraba con la ceja alzada, esperando una explicación—. Eres tú de pequeño.

—Qué mono eres, ¿te has colado en mi cuarto para buscar fotos de mi infancia?

—¿Hay alguna forma de salir de esta habitación sin que parezca que estoy locamente enamorado de ti?

—No te preocupes. —Grayson se acercó a la cama—. No pasa nada si sientes cosas por mí. —Se inclinó sobre él, su respiración, una caricia contra su mandíbula—. Aunque yo no corresponda tus sentimientos —terminó susurrándole al oído.

Carl se apartó de él.

—¿Sentimientos? Mira, si hubiera sentido algo por ti, cosa que no hago, hubiera dejado de hacerlo con solo ver tu foto.

—¿Qué le pasa a mi foto?

—Sé que tienes un gran concepto de ti mismo, pero ¿hasta el punto de colgar una enorme foto tuya encima de la cama?

—Me gusta esta foto.

—Claro que te gusta.

—Nunca me cansaré de mirarla.

—Si lo que me extraña es que no haya un espejo en esta habitación. Uno bien grande, que ocupe toda la pared.

—Mi madre ganó un concurso de fotografía con esa imagen.

Su madre…

Dios, ¿por qué cada vez que hablaba metía la pata? Formó un puño con la mano y se lo llevó a la boca para ver si así no se le escapaban más chorradas. Luego se aclaró la garganta y, tras observar la foto con más atención, dijo:

—Es… O sea, tiene una gran estética y… capta la atmósfera del momento. Sí.

Grayson se cruzó de brazos.

—Soy una persona horrible —Carl se dejó caer al suelo de rodillas frente a él, pero calculó mal y quedó mucho más cerca de lo esperado, estaba a puntito de rozarle…

Grayson se echó hacia atrás—. Perdóname —añadió Carl, haciendo una mueca—.

He invadido tu intimidad y encima he tenido la osadía de juzgarte.

Esta foto es significativa. Claro que debería estar sobre tu cama. A ti no te acojona.

Grayson se inclinó hacia él y lo ayudó a ponerse en pie.

—Me encanta esta foto… —le dijo y, tras una breve pausa, añadió—: pero a oscuras da un poco de miedo.

—Madre mía, gracias a Dios —Carl le dio un palmada en el brazo, sobre el mullido pelo de la bata—. ¿Te asustas cada vez que la miras?

Grayson le dedicó una miradita, como diciéndole «tampoco te pases», y Carl fingió cerrarse la boca con una cremallera imaginaria.

—La hizo durante un festival del colegio.

—Ganaste, ¿no? Primer premio al más aterrador… —Al ver cómo le clavaba la mirada, sonrió y añadió—: Así que ¿bailabas?

—Sí, claqué. Durante varios años. Quita esa sonrisilla.

—¿Todavía se te da bien?

Grayson se encogió de hombros y Carl se acercó a lo que parecía la puerta de un armario.

—Si miro ahí dentro seguro que encuentro unos zapatos plateados, ¿a que sí?

Grayson se plantó delante, bloqueándole el paso.

—¿Es que tú no tuviste algún momento así de niño?

—¿Te refieres a que si en algún momento fui una marioneta siniestra? Déjame que piense…

Grayson le dio un golpecito con un nudillo en la frente y Carl se echó hacia atrás, riéndose.

—Vale, una vez perdí el bañador durante una competición de natación. ¿Estamos en paz?

—¿Tienes una foto?

Carl negó con la cabeza.

—Entonces no estamos en paz.

Riéndose, Carl se sacó el móvil, se hizo una foto poniendo una cara ridícula y se la envió a Grayson.

—Ahí tienes. Para que te rías de mí cuando quieras.

Grayson comprobó la foto y asintió.

—Desde luego es suficiente para espantar a cualquier posible pareja.

Un fuerte ataque de tos protagonizó los siguientes treinta segundos y Carl, con el ceño fruncido, agarró a Grayson del codo y lo llevó al baño.

—Lávate los dientes y aséate un poco. Te vas a la cama.

Lo dejó ahí, cerró la puerta y fue a por un vaso de agua, unas pastillas para la tos que encontró en la cocina y un analgésico, por si lo necesitaba. Puso las cosas en la mesita de noche y, con todo el morro del mundo, abrió el armario en busca de aquellos zapatos plateados.

Los encontró encima de un álbum de fotos y, al levantarlos para echarles un vistazo —sentía curiosidad por cuánto pesaban—, una fotografía suelta se cayó al suelo.

Era una imagen de Grayson abrazando a un hombre con hoyuelos. Y la mirada en sus ojos… Carl había visto muchas veces esa mirada en el pasado. Cada vez que Pete miraba a Nick.

Grayson entró entonces en la habitación y Carl se dio la vuelta con una sonrisa llena de culpabilidad.

—He visto tus zapatos de claqué; y he visto que Sam es Samuel.

—No pongas esa cara de satisfacción.

—¡Lo sabía!

—Lo deseabas, que es distinto.

—Que te den. —Carl devolvió las cosas a su sitio, cerró el armario y levantó el edredón—. Venga, métete.

Grayson lo miró con recelo, pero obedeció y, mientras lo hacía, Carl colgó su bata en un gancho detrás de la puerta.

—Por cierto, he tenido una epifanía mientras te lavabas los dientes.

—¿Una epifanía? —repitió Grayson.

Carl se acercó y se sentó en la cama, a su lado.

—Tú y yo hemos pasado por mucho ya, ¿eh? Y hemos tenido nuestros más y nuestros menos. Además, eres el único que conoce mi secreto. Deberíamos ser amigos.

Grayson se apartó un poco de Carl y lo miró con unos ojos tan oscuros que parecían de obsidiana.

—¿Qué clase de amigos?

—¡Sin beneficios!

Grayson arqueó una ceja. Carl se apresuró a matizar:

—De los que quedan y pasan tiempo juntos, ya sabes. Mientras siga viviendo aquí…

—No tengo mucho tiempo libre.

—No nos pongamos tiquismiquis con los detalles. —Carl sonrió y le tendió la mano para cerrar el trato—. Tú sé amable y yo seré amable. Seremos amables entre nosotros.

El apretón de manos de Grayson le vibró en la piel durante horas y, a la mañana siguiente, aún lo sentía en los dedos.

Como si con su toque le hubiera transferido una cantidad enorme de energía, se le hubiera filtrado en las venas y le recorriera todo el cuerpo, insuflándole…

ganas, ganas de hacer miles de cosas. Recorrió las bahías en bici y, no satisfecho con eso, se dirigió a paso ligero a casa de Grayson.

Había visto su agenda; aquel día, contra todo pronóstico, no tenía ningún trabajo ni compromiso.

Le abrió la puerta vestido con un traje bonito y elegante, pero del gris más deprimente que Carl había visto jamás. Su expresión abatida era igual de gris. Como su nombre.

—Este no es el mejor mome… —Grayson se interrumpió cuando Carl le puso la palma de la mano en la frente.

No tenía fiebre.

—No tienes buena cara, Gray. —Lo empujó con suavidad hacia el interior de su casa y no retiró la mano de su frente hasta que estuvieron a mitad del pasillo—. Te haré una taza de té.

Grayson abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla. Siguió a Carl hasta la cocina y lo ayudó a encontrar las cosas que necesitaba en los armarios.

Carl le hizo un té con mucha miel, parecía necesitar algo dulce con urgencia a pesar de que aquella mañana no tosía tanto; pero sí se le habían escapado varios suspiros, como si estuviera teniendo un mal día.

Carl conocía bien esa sensación. ¿No había estado él mismo así hacía unas noches?

—Bébete esto. ¿Y qué te parece si luego nos vamos a hacer la pedicura y nos pintamos las uñas?

Grayson se atragantó con el té con miel, que le salió disparado por la boca, y se lo quedó mirando.

—Los colores te pueden elevar el ánimo con solo mirarlos —le explicó Carl—.

Pueden sacarte una sonrisa en momentos inesperados, como cuando estás solo en casa o miras hacia abajo en la ducha y de repente recuerdas que te has pintado las uñas y sonríes.

No sé, animan en momentos en los que uno se siente más triste; o más solo.

—¿Sueles hacerlo?

—Ajá. Con mi… verdadera madre. Sí, hum…, vamos a una especie de spa de pies y nos pintamos las uñas con los colores del arcoíris. Te mejora el ánimo de solo mirarlas. Te lo prometo.

—¿Tu verdadera madre?