Capricornio encara a Escorpio Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

Carl no tenía ninguna prisa por escuchar lo que Grayson —con mucha razón, sin duda— tenía que decir respecto a su declaración de que sería el nuevo profesor de piano de Leo. Así que hizo lo que mejor se le daba: se despidió de Leo con la mano, bajó del escenario de un salto y salió corriendo.

Cuando entró en casa, se encontró con las mantas dobladas, la tetera y la taza limpias, y una nota al final de la que él había dejado con el número y la dirección de Grayson.

Carl se quedó mirando el papel durante un buen rato antes de guardar el contacto en el móvil con el nombre «Rompecorazones de Berhampore».

Luego volvió a mirar la dirección. ¿Qué significaba aquello?

¿Quería que Carl fuese a visitarlo? ¿O era una manera de decirle que si en el futuro volvía a desmayarse ya sabía dónde llevarlo?

Fuera cual fuese el motivo, Carl sintió un escalofrío atravesarle el cuerpo.

Era una señal. Lo cierto era que se había sentido ridículo al salir corriendo como lo había hecho; sobre todo después de la madurez que había mostrado Grayson la noche anterior.

Hablando las cosas cara a cara, disculpándose; y comunicándose, en general, como una persona normal. Y estando enfermo, encima.

Carl debería aprender algo de él.

Así que se puso la chaqueta y se dispuso a… irse a montar en bici. Durante horas.

La casa de Grayson estaba al final de un cul-de-sac.

Era una bonita vivienda de ladrillo, con leña apilada a un lado de la valla y una chimenea humeante.

Tanto los marcos de las ventanas como la puerta relucían en un tono verde esmeralda.

Carl, nervioso como estaba, se alisó la camisa de franela que había decidido ponerse porque no creía que fuera a ver a nadie más.

Grayson abrió la puerta vestido con la bata gris más mullida que Carl había visto en su vida. Se tomó un momento para mirarlo bien, desde la capucha que le enmarcaba la cara hasta las zapatillas con forma de conejo a juego.

—Dios mío, eres adorable.

Grayson puso los ojos en blanco antes de quedarse mirando el cómodo look por el que Carl había optado.

A Carl se le puso la piel de gallina y levantó el recipiente de sopa que le había llevado.

—Me han enseñado que nunca hay que presentarse en casa ajena con las manos vacías.

—Pasa.

Carl se quitó los zapatos en la entrada y siguió a la bola de pelo gris por el pasillo.

—Vives en un callejón sin salida.

—Los callejones sin salida son lo mejor. Tranquilos, agradables, acogedores.

A Carl se le escapó una risita nerviosa y Grayson se giró para mirarlo con una ceja alzada, interrogante.

Carl se aclaró la garganta.

—No lo entenderías —dijo cuando llegaron a una bonita cocina de acero inoxidable y madera—, pero me gusta cómo piensas. ¿Dónde pongo esto?

Grayson señaló una esquina de la encimera, donde otros cinco recipientes, llenos hasta los topes, descansaban unos encima de otros.

Carl miró su pequeño táper hermético y luego volvió a mirar la pila.

Claro. Su superfándom. Seguro que lo habían visto tosiendo y malito en la asamblea y se habían puesto manos a la obra.

Un momento…, ¿eso dónde lo dejaba a él?

Gimoteó y se dejó caer en un taburete, colocando su sopita en la isla de la cocina frente a él.

—Mi intención no es la misma que la del resto.

—¿No? La intención del resto es ayudar a que me ponga bien, ¿cuál es la tuya?

—Pues…, esa misma…, pero…

Grayson asintió y sonrió con satisfacción.

—Mira, da igual, paso. Llevo currándome esta sopa toda la tarde y tengo hambre. Comamos juntos.

Grayson volvió a asentir e intentó coger el táper de Carl, pero él lo apartó, señalando con el pulgar los otros recipientes.

—Calienta uno de esos.

—Creía que te lo habías currado mucho y querías que la probara.

—Se me quemó, ¿vale? He estado toda la tarde quitando grumos carbonizados.

—¿Y aun así la has traído?

—Por eso de no poder ir a casa ajena con las manos vacías, ya sabes.

—Eres todo un caballero.

Grayson le dio instrucciones para que sacara los manteles individuales, la sal, la pimienta y los vasos de agua, mientras él calentaba la sopa en el microondas, la servía en cuencos y observaba a Carl como si se estuviera conteniendo.

Y se contuvo. Al menos hasta que ambos estuvieron sentados aspirando el vapor de sus platos.

Entonces, tras un arranque de tos, Grayson lo señaló con la cuchara y preguntó:

—¿Te sentiste bien en el escenario, dando el discurso?

Carl alzó la vista y suspiró.

—La verdad es que sí. Siendo Jason me sentí seguro.

—Podrías haber dado el mismo discurso siendo Carl.

—¿En base a qué? Jamás he hecho nada valiente; cero coraje tengo.

—Te conozco desde hace poco, pero, por lo que he visto, he de diferir.

Tienes un fuerte sentido de la justicia, has estado ayudando a Leo y defendiéndolo desde que lo conociste.

—Grayson se inclinó hacia él—. Hasta el punto de convertirte en su profesor de piano.

No sé cómo vas a hacerlo, todo sea dicho, pero entiendo por qué se lo ofreciste.

Carl tragó saliva.

—¿No vas a echarme la bronca por eso?

—¿Por eso saliste corriendo?

—Habías empezado a negar con la cabeza.

—A ver, me preocupa. Pero tu intención era buena.

—Debería haberme quedado, no tendría que haber huido. Oírte decir algo así me alivia, la verdad.

—¿Has pensado cómo vas a enseñarle?

—Tengo un plan. Haré que Jason lo siga cuando vuelva.

—La de nuevas obligaciones que se va a encontrar tu pobre hermano a su regreso.

—Encontraré la forma de compensarlo. —Carl observó a Grayson en su bata de peluche, tomando sopa de pollo; la forma en que soplaba la cuchara…

, cómo se la llevaba con cuidado a la boca y tragaba con un pequeño gesto de satisfacción…

—. Ahora mismo eres la encarnación del típico «siempre se desea lo que no se tiene».

Grayson lo miró, parpadeando.

—¿Qué?

—Que la sopa está buena, pero verte a ti comerla hace que parezca aún más rica. Quiero tu cuenco.

Grayson rodeó su cuenco con el brazo en un gesto protector y bloqueó la cuchara de Carl, que intentaba cogerle un poco.

—¿Puedes ser más mono?

—¿Mono? Me suelen llamar cosas como «guapazo».

—Eso es porque no te han visto con una bata de conejo picoteando la sopa. Debería hacerte una foto.

Grayson le apuntó con la cuchara.

—Ni se te ocurra.

Sus cucharas chocaron con un clic-clac que pronto los tuvo a ambos riéndose y fingiendo un duelo.

Fue Grayson —entre risas y tosidos— quien se rindió primero, y Carl se aprovechó; hundió la cuchara en su sopa y se la llevó a los labios.

La adrenalina del triunfo, Grayson negando con la cabeza, divertido, y el brillo en su mirada oscura lo hicieron sonreír.

—No sabía que tuvieras tantas ganas de que te contagiara —dijo Grayson, subrayando sus palabras con una tos.

—No lo había pensado —admitió Carl, que a punto había estado de volver a bajar la cuchara.

Pero entonces notó un sabor raro, un deje ahumado.

Se quedó mirando la sopa de Grayson y luego, de forma abrupta, alzó la vista—.

No es la misma sopa. —Agarró el cuenco de Grayson y lo arrastró por la mesa para mirarlo más de cerca, para olerlo mejor—. ¿Te has calentado mi sopa?

—A mí también me educaron bien; me enseñaron a respetar el esfuerzo de la gente. Y según parece —añadió, haciendo una mueca—, soy muy muy educado.

Luego recuperó su cuenco y se obligó a tomar un poco más.

—No tienes que comértela, de verdad.

—Anoche cuidaste de mí.

—Eso fue… Fue… responsabilidad social. ¡No tienes que sacrificar tus papilas gustativas por eso!

Grayson tomó más sopa, mirándolo con terquedad, lo que hizo que Carl… hipara.

Una vez. Dos.

De hecho, se tuvo que dar unas palmadas en el pecho, porque no podía parar. Probó a dar un sorbo al agua, pero hipó mientras lo hacía y escupió como una fuente, empapándose la camisa. Madre de Dios, estaba sembradito.

Grayson se sacó un clínex del bolsillo y se lo empezó a ofrecer, pero, tras echarle un vistazo al estado del pañuelo, lo volvió a guardar.

—El baño está por ahí —le dijo, señalándole el pasillo.

Carl llegó al baño y cerró la puerta tras él, escondiéndose. Vaya pinta, tenía la parte delantera de la camisa empapada. Se desabrochó los botones y la estrujó un poco, escurriéndola en el lavabo. Soltó el aire que había estado conteniendo y se miró en el espejo.

—Como vuelvas a hipar te mando directo a encarar a tu ex y a tu madre.

La amenaza era tan potente que, por supuesto, el hipo le desapareció.

Suspiró. Una cosa menos.

Se abrochó la camisa deprisa y salió del baño, pero bajo la luz del pasillo se dio cuenta de que había metido los botones en los ojales equivocados, así que se desabrochó de nuevo y, mientras se arreglaba, se detuvo ante una puerta abierta.

Debía de ser el dormitorio de Grayson. La luz estaba apagada, pero distinguió una cama grande, mesillas y… ¿Qué era ese cuadro sobre la cama?

La curiosidad le picó tanto que entró a hurtadillas y se acercó para poder verlo mejor. Era una especie de…

Carl se tropezó con la esquina levantada de una alfombra, perdió el equilibrio y empezó a caerse hacia delante. Estiró el brazo, pero no logró frenar su caída y, como un idiota, aterrizó en la cama, dándose de bruces contra un mullido edredón.

—¿Se puede ser más tonto? —se preguntó en voz alta, con la boca pegada a un cojín.

Con una especie de gruñido, se dio la vuelta y se quedó helado al ver el cuadro cerniéndose sobre él. ¿Qué tipo de persona era Grayson? ¿Por qué tenía una cuadro como ese? ¿Y por qué lo colgaba ahí, donde dormía?

Se quedó mirándolo en la oscuridad, descifrándolo.

Era una figura extraña, como una muñeca envuelta en sombras, bailando con los brazos y piernas levantados como si un titiritero tirara de sus hilos.

Todo era muy oscuro, inquietante, como la profundidad insondable de los ojos de Grayson.

E, igual que esos ojos, le provocó un escalofrío de pies a cabeza.