Capricornio encara a Escorpio Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Eso, unido al alzamiento del violín por parte de Leo, hizo que los profesores rompieran a reír y que los niños gritaran de júbilo, deseosos de una buena dosis de azúcar.

La mezcla de ambos sonidos envolvió a Carl por completo; era a eso a lo que se refería cuando decía que ser Jason era adictivo.

Le gustaba sentirse así, aunque también lo tuviera con los nervios a flor de piel.

—Hay muchas cosas de las que os podría hablar; curiosidades musicales fascinantes, anécdotas de mis viajes dando recitales por todo el mundo, los entresijos de ser pianista profesional…

—Apartó la vista para no ver la expresión divertida pero irónica de Grayson—.

Pero he decidido hablar de algo importante para todos los que estáis aquí, tengáis la edad que tengáis: el valor y cómo encarar la adversidad.

Mi viaje personal para triunfar en la música, o cualquier otro camino que queráis emprender, está marcado por incontables desafíos, dudas y obstáculos dignos de Sísifo.

Son cosas a las que todos debemos enfrentarnos con determinación, fortaleza y valentía.

Al ver todos los premios de su hermano, Carl no había podido evitar pensar en el estoicismo que habría requerido llegar hasta donde él estaba. Y esperaba estar dando en el clavo al compartirlo con los niños.

»Soñar con dominar las obras de grandes compositores y emocionar al público con la magia de la música es bonito, pero la realidad, el verdadero camino hacia esa Ciudad Esmeralda, implica dedos doloridos, frustración ante cada equivocación, repetir las piezas una y otra vez durante horas…

También implica luchar contra la inseguridad que cada uno sentimos y negarse a que los comentarios negativos y las miradas de desaprobación de otros nos afecten.

Cada paso cuesta, pero la única forma de alcanzar nuestro sueño es seguir adelante.

La mirada de Carl volvió a desviarse hacia Grayson. En esa ocasión, sin embargo, no se encontró esa sonrisilla divertida que esperaba. No. Sus ojos oscuros estaban fijos en él, atravesándolo.

Carl apartó la vista de forma brusca y se volvió a centrar en los niños. Siguió hablando de afrontar los miedos, de la necesidad de tener valor.

—Aunque a veces resulte incómodo, aunque parezca que el mundo entero está en nuestra contra, tenemos que creer en nosotros mismos.

Confiar. Y puede que no lleguemos al destino que nos proponíamos, pero dar los pasos necesarios que nos lleven a él, los que sean que podamos dar, nos hará sentir en paz.

Carl terminó su discurso entre vítores y aplausos ensordecedores que no hicieron sino crecer cuando sacó al ganador del estuche de dulces.

Después, profesores y padres lo abordaron para darle las gracias; y fue un subidón.

Una parte de él —el setenta por ciento, más o menos— estaba encantado con ese baño de masas, con la atención recibida.

Pero la otra parte —el treinta por ciento restante— estaba agobiado.

Y esa inquietud creció cuando una de las brujas le hizo una pregunta técnica sobre si aprender con un teclado eléctrico era más fácil que con un piano de verdad.

Antes de que la señora terminara de formular la pregunta, Carl buscó con la mirada a Sage, la saludó y se abrió paso entre la gente hasta ella, que le estaba dando unas orgullosas palmaditas en la cabeza a su hijo.

—Leo —dijo Carl—, he oído a al menos tres niños decir que molas un montón.

Leo se sonrojó y su madre lo vitoreó con cariño.

—Pásate por la panadería cuando quieras, estás invitado a cupcakes —le dijo Sage a Carl; luego, para su hijo, añadió—: Disfruta de lo que te queda de día, cariño, y ven directo a casa cuando salgas.

Leo se despidió de ella y luego se giró, escudriñando la sala tal y como estaba haciendo Carl.

Las brujas se estaban marchando también, despidiéndose de sus hijos: los dos chicos que le habían intentado robar la bici y una chica de pelo rojo y trenzas.

Cuando el director les pidió a los niños que quedaban que empezaran a apilar las sillas, Leo agarró a Carl de la manga y le hizo prometer que no lo dejaría solo con ellos.

—Sé que acabas de hablar de valentía, pero yo aún no tengo de eso.

Carl le dio una palmada en el hombro.

—Yo seré tu escudo.

—Eres la persona más valiente del mundo.

Carl pensó entonces en cómo ni siquiera era capaz de hablar con su madre biológica y decirle que sabía la verdad; en cómo había huido de su ex porque no pudo encararlo y decirle que le dolía demasiado ser su padrino; en cómo fingía ser Jason para evitar sentir que no tenía futuro, que se encontraba en un callejón sin salida.

Sonrió con tristeza y negó con la cabeza, preguntándose si esa era la razón por la que Grayson lo había mirado con tanta intensidad durante el discurso. Valor. Vaya tema había elegido.

—No me admires demasiado, Leo. Lo digo todo de boquilla.

Pero Leo ya no lo escuchaba, estaba señalando hacia el otro lado de la sala, donde Grayson, tosiendo contra la cara interior del codo, era acorralado por un puñado de mujeres que lo miraban embobadas.

Ya le valía al tío.

Carl negó con la cabeza y acompañó a Leo hacia el escenario, donde había dejado las bolsas antes llenas de chuches. El niño pasó los dedos por las teclas de marfil del piano de cola, y los pequeños matones que apilaban sillas dejaron de hacerlo para burlarse de él.

La chica de las trenzas rojas se quedó mirándolos y les espetó:

—¿De qué os reís?

—Lograr que ese tío venga a dar una charla es lo más cerca que va a estar de tocar un piano —dijo uno de los chicos lo bastante alto como para que Leo lo oyera, lo que sin duda era su intención.

—Sí —añadió el otro—. No puede permitirse ni un piano, mucho menos un profesor.

Grayson —que había logrado liberarse de sus grupis— se detuvo al oírlos y empezó a caminar a toda prisa hacia los niños. Pero no fue lo bastante rápido como para impedir que Carl abriera la boca. Tenía el micrófono justo al lado, y se aseguró de estar lo bastante cerca cuando dijo:

—Oye, Leo, si te gusta ese piano, deberías venir a casa a ver el mío.

La cara de abatimiento de Leo se transformó en un instante y se iluminó, llena de esperanza; los matoncillos, por el contrario, volvieron a apilar sillas con gestos sombríos.

—¿De verdad?

Carl se felicitó a sí mismo por su agilidad mental; luego, por desgracia, se vino muy arriba y soltó la lengua de más:

—Y no solo verlo… —Vio a Grayson negar con la cabeza a modo de advertencia, como si supiera lo que se venía. Pero ya era demasiado tarde; las palabras se le escapaban de la boca sin querer—, también te enseñaré a tocarlo.