Capricornio encara a Escorpio Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Salió corriendo hacia la tienda y regresó instantes después con dos cafés humeantes. Carl se colocó bien la bufanda, metiéndosela por dentro del cuello de la camisa, y cogió uno de los vasos de papel.

El primer sorbo fue un placer caliente y cremoso, y, solo por eso, Carl decidió concederle a Grayson el beneficio de la duda.

—Siento haber llegado tarde —le dijo alzando la vista y fijándola en él—. Siento haberte dejado solo. Siento haberte hecho daño.

La disculpa hizo que el nudo en la garganta de Carl se apretara un poco más.

—¿Por qué? ¿Por qué querías que hiciera todo esto?

—Pensé que si te mantenías ocupado lograrías distraerte, adormecer tus sentimientos. Pero lo entendí mal y lo he empeorado. Me equivoqué.

«Adormecer tus sentimientos».

Carl observó cómo Grayson bajaba la mirada y la fijaba en el café. Le llevó unos instantes, pero, tras un corto silencio, habló de nuevo:

—La he cagado, lo siento. —Se secó otra vez la frente con la manga—. Y con respecto al intercambio de gemelos, no te preocupes, no se lo diré a nadie.

—¿Nada de chantaje?

—Soy gilipollas.

Carl se rio entre dientes y miró a Grayson de soslayo durante unos largos segundos.

—¿Sabes qué? No es fácil admitir que uno se ha equivocado.

Y pedir perdón es todavía más difícil. Puede que ahora mismo te respete un poco.

—Se inclinó hacia Grayson y, cuando habló, el vaho de su respiración flotó entre ellos—: Yo también quiero pedirte disculpas.

Por desahogarme contigo como lo he hecho.

Por decirte que no tienes corazón… Lo he dicho por pura frustración.

Ha sido un comentario cruel y, además, no es verdad.

Grayson sonrió, pero había tristeza en sus ojos, una muy profunda. Y cuando se dio cuenta de que Carl estaba prestando excesiva atención, forzó una risa despreocupada y dijo:

—No ibas tan desencaminado. Lo tengo roto. El corazón, digo.

Su risa se convirtió en tos y se apartó de Carl, sentándose un poco más lejos. Era como verle levantar un muro entre ellos, uno acompañado de una enorme señal de «cambiemos de tema, por favor».

Carl no quería detenerse frente a ese muro, pero, como tampoco sabía cómo encararlo, optó por aligerar el ambiente y, dándole una palmadita en el muslo, bromeó:

—Si algún día decides arreglarlo, tienes un buen fándom dispuesto a ayudarte.

Grayson permaneció en silencio unos segundos, como si estuviera sopesando la forma de cambiar de tema. Tragó saliva y se quedó mirando la mano de Carl.

—Fándom al que por lo visto perteneces.

Carl bufó y le dio un pellizcó en el muslo antes de apartar la mano.

Una vez más, la risa de Grayson acabó en un ataque de tos, y en esa ocasión, más fuerte que el anterior.

Lo que hizo que Carl lo observara con atención: el ligero sudor en la frente, los ojos llorosos, la marca roja de la garganta, que Grayson no dejaba de tocarse. Aquello no era una tos nerviosa.

Carl le puso la mano en la frente y dio un respingo.

—¡Buf, cómo estás!

—No te rindes nunca, ¿eh? —jadeó Grayson.

En respuesta a su descaro, Carl le echó la cabeza hacia atrás de un suave empujón.

—Puede que te haya dicho que te respeto un poco y puede que admire tu capacidad de estar en todas partes a la vez; o a ti, así, en general. Pero quiero dejar algo claro: no me gustas.

—Claro que no.

—Eres increíble.

—Muchas gracias por el cumplido.

Carl puso los ojos en blanco y ayudó a Grayson a ponerse en pie.

—Parece que te gusta mucho gustarle a la gente. —Le dio una palmada en el pecho, a la altura del corazón—. El siguiente paso, el más natural, debería ser que también ellos te gustaran a ti.

—Demasiados «gustar» juntos; estoy un poco mareado. ¿Podrías… llevarme en coche a casa?

Sin quitarle la vista de encima, Carl cogió la bici, la llevó hasta la camioneta y la cargó en la parte trasera. Grayson lo esperaba apoyado en la puerta del copiloto, medio dormido.

—¿Grayson? ¿Grayson?

Su única respuesta fue un gemido y una cabezada hacia delante con los ojos aún cerrados. Quizá la fiebre le estaba subiendo.

Carl lo dejó un momento ahí y entró corriendo en la tienda para comprar ibuprofeno y una botella de agua; cuando estuvo con él de nuevo, le dio una suave palmada en la mejilla e intentó que se lo tomara.

—Despierta, tienes que tomar esto. Hay que bajar esa fiebre.

Grayson se dobló sobre sí mismo, agarrándose la tripa, y se desplomó en la acera, acurrucándose como si se dispusiera a pasar la noche ahí tirado.

Vaya, vaya, así que Grayson era como un niño pequeño cuando se ponía enfermo…

Carl se arrodilló a su lado con el agua y las dos pastillas que tenía que tomarse preparadas.

—Abre la boca.

Grayson se acomodó contra su brazo doblado como si de una almohada se tratara.

—Como no la abras te meto el dedo en la boca.

Todavía sin respuesta.

Pues nada, él lo había querido…

Carl le colocó las pastillas sobre la lengua y le puso la botella de agua abierta entre los labios. Grayson tragó por reflejo y terminó succionando su dedo en el proceso.

—¡Oye, que no es una piruleta, suelta! ¡Ey, tampoco es una zanahoria!

Carl consiguió liberar su pobre dedo palpitante y fulminó con la mirada al enfermo somnoliento que se lo había chupado y mordido.

—No pienso volver a meterte nada en la boca; jamás, lo juro.

Aunque para sacarle las llaves, sin embargo —¿dónde había un rastrillo cuando uno lo necesitaba?—, tuvo que volver a meterle el dedo dolorido en el bolsillo. Lo hizo con cuidado y, en cuanto lo logró, abrió la camioneta y sentó a Grayson en el asiento del copiloto.

—Sin duda, el momento menos sexi de toda mi vida.

Grayson hizo un sonido muy parecido a un bufido. Carl se dijo que pellizcar a un enfermo estaba feo y lo dejó pasar.

Cuando llegaron a Berhampore, Grayson hasta roncaba.

En lugar de despertarlo para pedirle su dirección, Carl fue a casa de Jason y aparcó en el camino de entrada.

Sacó varias mantas de dentro, abatió el asiento, lo dejó lo más cómodo que pudo y se sentó a su lado, donde pasó un buen rato tomando notas para su discurso.

Solo se ausentó un momento para ir al baño y, al salir, casi se da de bruces con Grayson, que se tambaleaba tosiendo por el pasillo.

—Baño —dijo entre tosidos, apoyándose en uno de los diplomas enmarcados de Jason.

Carl le indicó el camino y esperó; unos minutos después, Grayson apareció medio arrastrándose y se dejó caer en la primera superficie blanda que encontró: el sofá.

—Voy a descansar aquí un ratito.

Y allí seguía a las cinco de la mañana; con las mantas que Carl le había puesto tiradas por el suelo junto a la chaqueta de Jason y a una camiseta interior empapada en sudor.

Carl se encargó de avisar a Sage para decirle que Grayson no iría a trabajar a primera hora; luego le susurró un «de nada» al hombre aún dormido en el sofá y siguió con su discurso.

—Necesito una excusa para no tocar el piano —murmuró un rato después.

La voz áspera del paciente tumbado a su lado le proporcionó una solución brillante.

—Excelente. ¿Estás despierto?

—No.

—Pues sigue durmiendo un rato más.

Carl le dejó más analgésicos, una tetera llena de té de jengibre y una nota, y salió a comprar las cosas que necesitaba. Unas horas después, cargado con varios cientos de pequeños sobornos, se dirigió al colegio de Leo.

Leo lo esperó en la puerta y lo acompañó, mostrando su admiración y gratitud en todo momento.

Estaba feliz de que Jason lo ayudara, caminaba dando saltitos y todo, Carl nunca le había visto andar así; y eso, sumado a la conclusión a la que había llegado la noche anterior, lo convenció de que hacerse pasar por Jason Lyall había sido la decisión correcta.

El salón de actos bullía; la gente hablaba de forma animada mientras una marea de estudiantes en uniformes verdes y amarillos tomaba asiento. Leo llevó a Carl hasta el escenario, donde había un imponente piano de cola que él trató de no mirar mientras se acercaba al micrófono y saludaba al público.

Hablar ante todos aquellos niños lo tenía de los nervios, pero cuando se fijó en las tres últimas filas —reservadas para los padres de los alumnos— creyó que el corazón se le saldría por la boca. Y, para su desgracia, allí, las primeritas, estaban las tres brujas locales.

Buscó a Sage y la encontró de pie en un rincón junto a otros padres que no habían conseguido asiento. Ella le dedicó una enorme sonrisa de felicidad y lo saludó con la mano, lo que hizo que Carl se metiera aún más en el papel; supercomprometido, él.

—Hola a todos. Tenía pensado empezar esta presentación con una breve actuación, pero —se subió la manga de la chaqueta que había tomado prestada del armario de su hermano y dejó ver un vendaje— me he hecho un esguince en la muñeca y debo evitar cualquier actividad que requiera algo de esfuerzo.

Se oyeron algunos suspiros de resignación, algún que otro «hum» mostrando solidaridad y comprensión y, allí, entre «aahs» y «oohs», una sonrisilla de «sí, claro».

Carl cuadró los hombros. ¿Qué hacía Grayson allí? Debería estar lamentándose en alguna superficie mullidita, no de pie en un salón de actos lleno, vestido con todas las prendas de franela que debía de haber encontrado en el armario de Jason.

Grayson tosió y se apoyó contra la pared junto a Sage. Alzó las cejas para que Carl continuara, e incluso se pasó un dedo por la boca como si se la estuviera cerrando con una cremallera, recordándole de esa forma la promesa que le había hecho de no decir nada.

Carl tragó saliva y se aclaró la garganta.

—Leo, mi ayudante, va a repartir pianitos de gominola. Cada uno tiene un número en la parte de atrás. Cuando acabe haré un sorteo con el móvil y veremos quién es el ganador. ¿Leo?

El niño dio un paso al frente y levantó un violín de plástico transparente lleno de chucherías. No era un piano, pero era algo musical, así que valía.

—Chuches para recompensar lo muchísimo que sin duda estáis estudiando.