Capricornio encara a Escorpio Capítulo 7
33%

Capítulo 7

Capítulo Siete

Aquello estaba muy lejos de ser divertido. Estaba claro que Grayson no sabía que Carl —como buen capricornio— se decepcionaba con tremenda facilidad. Si no estaba a la altura de las expectativas, perdía la confianza en sí mismo. Y ya había tenido problemas con cada uno de los retos de aquel día.

Pero una noche de trivial en un bar deportivo era pedir demasiado. El mero concepto ya era motivo suficiente para salir corriendo.

Lo único que lo empujó a entrar fue imaginarse la decepción de Sage y Leo cuando descubrieran que no era el famoso pianista Jason Lyall.

Las brujas se reirían de Sage a la cara y Leo sería el blanco de las burlas de los abusones del colegio.

No. Tenía que entrar; y al día siguiente iría al colegio y daría un discurso en la asamblea.

Carl se acercó al grupo de tíos vestidos de verde que Grayson le había dicho que lo estarían esperando; lo saludaron de forma un tanto arisca.

—¿Se te da bien la historia? Esta noche es la final. Si ganamos nos espera un fin de semana de escapada con todo incluido. No es buena noche para que Grayson llegue tarde.

Una campana retumbó por el pub con olor a lúpulo y uno de los hombres de verde le trajo un taburete para que se sentara.

Carl se apoyó en la mesa pegajosa e intentó pensar qué sabía de historia mientras trataba de recordar lo aprendido en el instituto.

Las preguntas salían disparadas por el micrófono; empezó el miembro del equipo especialista en música; luego, el de deportes; después le llegó el turno al de geografía; otro tipo se encargó de la literatura y, finalmente, tocó responder a las preguntas de historia y… la cosa no fue bien. Nada nada bien.

Todas las preguntas eran de opción múltiple y contestó a todas y cada una de ellas al azar. Y mal. Las contestó todas mal.

Los de la mesa de atrás, el equipo amarillo, vitorearon y celebraron cuando obtuvieron la puntuación más alta de la noche, y los compañeros de Carl —a los que acababa de bautizar como los Vinagrillos Verdes— mascullaron improperios entre dientes.

Carl se pasó una mano por el pelo y les dedicó una mueca de disculpa.

—¿De verdad nos ha mandado a este tío en su lugar? —murmuró alguien.

—Shhh, que está aquí mismo.

—Estábamos a nada de ganar. Solo tenía que acertar dos. ¡Dos!

—La historia no es lo mío —se disculpó Carl bajándose del taburete con toda la dignidad que pudo antes de soltar una risa llena de autodesprecio.

—Dentro de veinte minutos hay una ronda rápida de cultura general… —dejó caer otro.

Un par de bufidos llegaron hasta sus oídos.

—¿En serio le estás pidiendo que se quede?

A Carl le ardían el cuello y las orejas.

Forzó una sonrisa y rechazó con un movimiento de mano la oferta de quedarse a otra ronda de preguntas.

El espacio que separaba la mesa de la salida debía de ser de unos diez o doce pasos, no más, pero se le hicieron eternos.

Y cada chof-chof pegajoso de sus zapatillas contra el suelo pareció atraer más y más miradas.

«¿Quién es el que ya se va?». «Creo que es el que ha hundido a los verdes». «Pobrecillo».

Uno de los Vinagrillos salió tras él y lo alcanzó cuando Carl inhalaba su primera y honda bocanada del aire fresco del exterior.

—Siento lo que ha pasado. Lidiar con la decepción no es el fuerte del equipo.

Carl no creía que se le pudiera revolver más el estómago. «Decepción». Guau. Pero sí, eso era lo que había provocado.

Se encogió de hombros y se metió en la tienda de ultramarinos que había junto al bar.

—Les diré que se callen, que no tienen por qué expresar su opinión en voz alta.

Carl se encontró dando vueltas por la tienda sin ningún objetivo claro, fingiendo buscar algo. Hasta que vio las revistas. Fue directo hasta ellas, cogió una de sus favoritas y se puso a hojearla.

—¿Seguro que no quieres quedarte otra ronda?

Aunque ese chico lograra que el resto no opinara, sería solo eso, la ausencia de opinión en voz alta; para nada significaba que no lo pensaran igualmente.

Otro de los Vinagrillos Verdes entró en la tienda buscando a su compañero.

—Ah, ahí estás. ¿Por qué te…? —Se interrumpió cuando vio a Carl y la expresión le cambió. Con una mueca de desaprobación, agarró a su amigo del brazo y añadió—: Vamos. Déjalo con sus… zodiacos. Vale, eso lo explica todo.

El Vinagrillo número dos sacó casi a rastras de la tienda al Vinagrillo número uno.

En cuanto desaparecieron de su vista, Carl notó cómo las manos le empezaban a temblar.

Los horóscopos ante él se volvieron un borrón de palabras sin sentido, así que cerró la revista, la devolvió a la estantería y salió corriendo tras ellos.

Los pilló justo antes de que entraran al pub.

—¡Música! —les gritó—. ¡Las preguntas de música las habría clavado! ¡Soy pianista!

Y dicho eso, con la cabeza gacha, se dio media vuelta; solo para encontrarse con Grayson, que estaba de pie junto a su camioneta con la bufanda subida hasta la nariz y toda la intensidad de su mirada fija en él.

Carl pasó rápido por su lado, obviando aquellos ojos que parecían capaces de mirar en su interior y encontrar lo que fuera que buscaba.

—Ahórrate lo que vayas a decir —le espetó.

Ese día había aprendido algo: que era mejor ser Jason Lyall. Ser Carl era… vergonzoso.

Forcejeó con el candado de la bici y lo sacudió varias veces antes de intentarlo de nuevo. Cuando logró abrirlo, se colocó bien a Toto en la cabeza y arrastró la bicicleta por la acera sin subirse a ella.

Grayson carraspeó y lo llamó. Una vez. Dos. Tres.

Carl lo ignoró cada una de ellas.

Hasta que le puso una mano en el hombro y lo hizo girar y quedar cara a cara con él, frente a sus ojos sorprendidos y preocupados.

—¿Qué ha pasado?

El teléfono de Grayson empezó a sonar entonces; lo llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta —la chaqueta de Jason, qué provocación— y la luz de la pantalla se le iluminaba, traspasando la tela; era como si de un corazón mecánico latiendo desbocado se tratara.

Igual de desbocado que el de Carl, al parecer, que el muy ridículo le iba a mil por hora.

—Serán tus colegas preguntándose por qué narices me mandaste a mí a cubrirte. Cógeselo, te pondrán al día.

Grayson no contestó. Ignoró las luces parpadeantes que le nacían del pecho y le apretó el hombro con más fuerza.

—¿De qué estás hablando?

Carl se zafó de su agarre y siguió caminando con la bici.

—Por favor, no te vayas así. ¿A dónde vas?

—A casa. Pásatelo bien jugando al trivial.

—Se supone que eres mi asistente durante toda la semana. Venga, ven a…

Carl se giró con brusquedad; la bici se cayó contra una farola, el casco le salió despedido y se quedó enganchado al manillar.

—¿Estás de coña? He odiado todos los trabajos que me has dado, pero este sin duda ha sido el peor. ¿Me mandaste venir para reírte de mí? ¿Para comprobar lo idiota que soy?

Grayson retrocedió medio paso, sorprendido.

—Pero ¿qué…?

—No sé usar Excel. No sé escribir a máquina.

Nunca en mi vida había redactado un currículum, ¡ni siquiera el mío!

Llevo todo el día sintiéndome muy poquita cosa, ¿sabes?

No todo el mundo es como tú, un dechado de talentos.

—Con el pulso martilleándole de pura frustración, Carl dio un paso hacia Grayson y llevó un dedo a su pecho, empujándolo—.

Al principio pensé que lo de la extorsión era para enmascarar tu propio…

lo que fuera que me pareció percibir en casa de Linda.

Luego creí que a lo mejor lo estabas haciendo en plan venganza divertida, como un juego, haciéndome trabajar para comprar tu silencio.

Pero ahora me empiezo a preguntar si no me equivoqué al pensar que tenías buen corazón…

Eres igual que los demás; tratas de hacer que me vea a mí mismo como el inútil que parezco ser.

—Carl le agarró la camisa con ambas manos, tragó con dificultad el nudo que se le había formado en la garganta y le sostuvo la mirada, perdiéndose en sus ojos oscuros—.

¿Acaso es tan terrible llevar una tienda de autoservicio?

¿Que me gusten los horóscopos me hace menos merecedor de ser feliz?

—Carl respiraba con dificultad y las manos seguían temblándole—.

¿Es por eso que fingir ser Jason es tan adictivo?

Que la gente me mire y piense: «Qué tío más guay».

Ser alguien con talento, alguien que merece…

Que merece… —Carl se rio sin ganas. ¿Qué estaba haciendo?

Dejar que sus emociones se apoderaran de él de esa forma no iba a cambiar nada.

Y perder los papeles así delante de alguien a quien apenas conocía era ridículo.

Soltó a Grayson y dio un paso atrás—. Mira, da igual.

Entra. Pásalo bien, que yo ya me dejo de dramas.

Se volvió hacia la bici, pero Grayson le cogió la mano y lo hizo girar.

Y entonces se vio envuelto en un fuerte abrazo con olor a bosque.

Carl se sobresaltó ante lo abrupto del movimiento, pero Grayson lo apretó más, dejando salir un suspiro contra su nuca.

Hicieron falta varios segundos, varias respiraciones entrecortadas por parte de Carl, antes de que fuese capaz de hablar:

—¿Grayson? —logró articular.

—¿Podemos… sentarnos un momento en algún sitio? —contestó él aflojando el abrazo y señalando calle abajo, hacia un banco rodeado de césped y matorrales que daba al puerto.

El banco estaba frío y ninguno iba lo bastante abrigado para el helador viento procedente del sur, pero las emociones que ardían en su interior eran tan potentes que los templaban a ambos. Bueno, tanto como templarlos…, tampoco había que pasarse; seguía haciendo frío.

Grayson se pasó una mano por la frente —perlada con una fina capa de sudor, quizá debido a los nervios de la discusión—, abrió la boca como si fuera a decir algo, la volvió a cerrar y, al ver que Carl tiritaba, se quitó la bufanda plateada que llevaba al cuello y se la colocó a él sobre los hombros.

—Espera un minuto.