Capricornio encara a Escorpio Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Termino a las siete y empiezo a las cuatro y media. Me da tiempo a cenar, a recoger y a dormir.

Su horario era una locura. Incluía hasta fines de semana. El único sábado que aparecía como libre era el siguiente; un solo día, eso no era nada.

—¿Cuántos trabajos tienes? —le preguntó de nuevo.

Grayson le restó importancia con un gesto, guardó el móvil y abrió una de las cajas.

—Vamos a ponernos con esto. La letra del señor Wilson es… peculiar, tú vete preguntándome lo que no entiendas. —Se tocó la garganta e hizo una mueca—. Pero primero un té.

Lo prepararon, pero a Carl se le quedó frío; ni un sorbo le dio.

La letra del señor Wilson no era peculiar, era horrorosa.

Mientras, Grayson, tecleaba sin parar; sus ojos volaban por las hojas del diario y las palabras fluían en la pantalla con una precisión increíble.

Carl se limitaba a entornar los ojos ante las páginas amarillentas, tardando un buen rato en encontrar las letras en el teclado y otro rato más en pulsarlas con dos dedos.

Cuando logró terminar la primera página, Grayson llevaba ya unas diez.

—¿Cómo va la cosa? —preguntó Grayson, haciendo una pausa para prepararse otro té—. ¿Tienes frío?

¿Frío? ¡Pero si estaba sudando! Era superconsciente de su falta de habilidad mecanográfica y de todas las ondulaciones rojas que se marcaban bajo sus faltas de ortografía.

—La cosa va estupendamente —mintió. Como si no tuviera suficiente con sentirse inútil, encima iba a reconocerlo en voz alta… Sí, ya.

—Qué dulce.

Carl se giró sobresaltado, creyendo durante un segundo que se refería a él, que lo estaba consolando por ser un negado. Pero no, estaba echándose más miel en el té y le acababa de dar un sorbo.

También le hizo un té a él, pero Carl estaba seguro de que aquel también se le enfriaría sin tocarlo.

—Un par de horas más aquí, luego paramos para comer, y después vamos a la biblioteca.

—¿A hacer qué?

Por lo visto, Grayson iba a la biblioteca a echarle una mano a la gente que necesitaba revisar currículums, corregir cartas de presentación… Hasta ayudaba a montar páginas web.

El servicio a la comunidad estaba muy bien, pero Carl no sabía hacer nada de eso. Ni siquiera con las plantillas que Grayson le proporcionó nada más llegar. Así que sonrió mucho, asintió más aún y derivó a la mayoría de la gente a Grayson.

Cuando terminaron, Carl solo quería que la tierra se lo tragara y no volver a ver la luz del sol. Ni la cabecita pensaba sacar. Pero justo cuando pensó que el día no podía ir peor, lo llamó su hermano.

Salió en silencio y, antes de descolgar, fingió una risa.

—Oh, oh, ¿qué he hecho ahora? —le preguntó aparentando jovialidad.

—Nada —respondió Jason demasiado rápido. Luego, tras una pausa, añadió—: Bueno, nada aparte de enseñarle el culo a tu madre.

Carl se quedó sin palabras.

Jason carraspeó.

—El motivo por el que te llamo… —Otra pausa—. Cora necesita saber lo mucho que la quieres. Que sabes que tuvo gemelos y que los dio en adopción. Que has encontrado a tu hermano y que la sigues respetando.

La idea lo asfixiaba. El mero hecho de pensar en decirle a su verdadera madre que lo sabía… ¿Qué supondría para su relación? ¿Se estropearía? ¿Mejoraría?

—No puedo…

—Tarde o temprano se enterará. No dejes que renuncie a vivir su vida junto a un buen hombre y las hijas de este solo por conversación incómoda.

Cora llevaba un tiempo con su pareja; parecían estar bien juntos. Pero era raro verla implicarse en la vida de las niñas. Durante el último año, quizá sin que ella misma se diera cuenta, se había convertido en una figura materna para las pequeñas, y verla con ellas… dolía.

Las abrazaba, las llevaba de excursión, compartía cenas con ellas en una mesa familiar a la que él no estaba invitado.

Carl cerró los ojos, tragó saliva con dificultad. ¿Por qué no había cuidado de ellos? ¿Por qué no se los había quedado a pesar de ser demasiado joven, como había hecho Sage con Leo?

Se le atascó la voz, las palabras le salieron ásperas.

—Yo… No le digas nada. Aún no. Se lo diré. Después de la boda. Solo necesito un poco más de tiempo. ¿Puedes seguir con la farsa, por favor? Será más fácil cuando Pete se haya casado.

Y, una vez más, ahí estaba él haciendo lo mismo de siempre: poniendo excusas. Huyendo. Porque sabía que siempre sería igual de difícil, pasara el tiempo que pasara. Carl era un cobarde. Punto.

Las puertas de la biblioteca se abrieron a su espalda y se apresuró a guardar el móvil.

Grayson salió al exterior, carraspeando y frotándose la garganta, y se puso a su lado.

—Ya he recogido. Podemos irnos —le dijo, y Carl suspiró, aliviado, antes de escuchar lo siguiente—: Solo nos queda una cosa más.

¿Más? Carl estaba reventado. Lo siguió arrastrando los pies hasta donde habían dejado las bicis.

—¿Qué quieres que haga ahora?

—Algo divertido.

—¿Divertido?

—¿Y ese tono? ¿No te lo crees? —le preguntó con una sonrisa que mantuvo hasta que le vibró el móvil y contestó—: ¡Hola! ¿En qué puedo…? No me digas. Vale. Supongo que me puedo pasar ahora. Ajá. Enseguida estoy.

Colgó y se quedó mirando a Carl mientras se daba golpecitos en el mentón con el móvil. Luego asintió con un prolongado «hum», como si acabara de tener una gran idea.

—¿Qué pasa? —preguntó Carl, poniéndose a Toto.

—¿Eso tan divertido que íbamos a hacer? Tendrás que cubrirme tú solito hasta que llegue.

Carl le dedicó una pequeña sonrisa.

—¿A dónde tengo que ir, jefe?