Capítulo 6 #2
—El caso es que no soy pianista profesional y, por cierto, te agradezco mucho lo que has hecho hoy por mí.
¿Crees que podrás mantener en secreto todo esto del intercambio de identidad?
Solo estaré aquí una semana o dos más y, cuando vuelva el verdadero Jason, seguirá como si nada hubiera pasado. Nadie saldrá herido, ya verás.
Grayson suspiró.
—Así que esto es de lo que estábamos hablando ayer.
Carl sonrió, un poco avergonzado, y luego le dio un golpecito en el brazo.
—Tengo una pregunta —le dijo y se acercó a él, inhalando el aroma de su aftershave, cuando Grayson le indicó con un gesto que adelante, que preguntara—. Bebí un poco demasiado la otra noche. ¿Qué fue lo que hice para provocar que tuviéramos esa conversación al día siguiente?
—Te sentaste solo en un rincón del pub, mirando el móvil y gimoteando.
Carl se acordaba de forma un tanto vaga de haber estado mirando una colección de fotos de él y Pete. De esas que el móvil te enseña bajo el título «Recuerdos».
—Luego les comentaste a los de la mesa de al lado que se aseguraran de no estar confundiendo su relación. Que igual solo era amistad.
Carl hizo una mueca. Una pareja joven, sí, le sonaba…
—Les dijiste que mejor se cercioraran cuanto antes para que luego no los pillara por sorpresa años después, cuando la otra persona encontrara al «verdadero amor de su vida».
Carl se dio una palmada en la frente. Las palabras eran ciertas, lo pensaba de verdad, pero el hecho de que las hubiera dicho en voz alta…
—Y luego…
—¿Hay más?
Grayson sonrió de medio lado.
—Algo sobre tener futuro y ser alguien de renombre; no sé qué sobre ser una persona con integridad periodística y no un callejón sin salida. Ahí ya se volvió un poco raro: hablaste de la belleza de los bulevares y las autopistas de tres carriles. Y luego…
—Ay, Dios.
—… dijiste que necesitabas pasear y olvidarte de todo.
—Recuerdo pasear, sí.
—Temí que volvieras a subir a la montaña, así que te seguí.
—Ajá. —Carl hizo una pausa y entornó los ojos con suspicacia antes de preguntarle—: ¿Lo del jardín de al lado lo hiciste a propósito?
—Cuando te ayudé a entrar en casa, me di cuenta de que los setos necesitaban una buena poda.
—Claro.
Grayson le guiñó un ojo y entonces Carl recordó algo; lo agarró por el cuello de su camisa gris y acercó la cara a escasos milímetros de ese rostro guapísimo.
—¿Me ayudaste a entrar en casa?
—No encontrabas las llaves. —Grayson se deshizo de su agarre—. Las tenías en el bolsillo, por cierto.
—¿Me metiste la mano en el bolsillo?
—Insististe mucho en que lo hiciera.
—Escandaloso.
—Eso mismo pensé yo. Así que usé un rastrillo de jardinería.
—Yo… Hum… La verdad es que no sé cómo contestar a eso.
—De nada.
Carl se tapó la cara y soltó una carcajada. Cuando miró a Grayson de nuevo, ya había logrado encauzar sus sentimientos y las emociones desbocadas que habían explotado en su interior estaban bajo control.
—Gracias —le dijo en tono serio—. Por ayudarme a volver a casa. Por tener esa conversación conmigo. Por lo de hoy. Bajo todas tus capas, tienes un corazón enorme.
Grayson frunció el ceño y todo rastro de vanidad desapareció. Había algo en su mirada, en la forma en la que se centró en la teclas y negó con la cabeza. Como si estuviera sufriendo, como si estuviera en carne viva.
—¿Por qué rechazas el cumplido cada vez que te lo digo?
También lo había hecho cuando lo ayudó a bajar la montaña aquella primera noche.
Grayson suspiró y Carl, de forma instintiva, llevó una mano a su hombro. Quería darle una palmada, pero, nada más tocarlo, Grayson se tensó y se enderezó, forzando una risa.
—Alguien con un corazón enorme te dejaría salirte con la tuya. —Se levantó de forma abrupta, cogió su bolsa y miró a Carl con ojos tormentosos. Luego, giró la cara y enmascaró sus sentimientos con otra risa.
Carl era consciente de que había algo ahí, una razón, algo más profundo que lo que dejaba ver. Algo de lo que se protegía.
—¿Y tú no? ¿Qué quieres decir con eso?
Grayson salió del salón.
—Que te voy a extorsionar.
A la mañana siguiente, Carl descubrió cómo tenía pensado extorsionarlo. Y no se trataba de dinero. Así que, resignado y con cierta pena, se guardó la cartera en el bolsillo trasero de los pantalones y siguió a Grayson hasta la cocina de Arcoíris.
—Levanta los brazos —le dijo Grayson tras sacudir la harina de un delantal plateado, colocarse tras él y pasárselo por la cabeza.
—No puedo creer que prefieras que te glasee los cupcakes.
—Lo prefiero, sí —contestó, atándole el delantal a la espalda. Luego, en tono descarado, le susurró al oído—: Y aún te queda bastante por tragar.
—Pero ¿no se supone que este tipo de cosas las haces tú solito?
—Siempre es mejor que alguien te eche una mano.
—Vale. —Carl cogió una manga pastelera—. Enséñame.
—No aprietes tan fuerte.
—No pensé que fuera a salir tan rápido.
—Prueba otra vez. Con suavidad. Hasta que veas cómo una pequeña perlita asoma. Ahora empieza a glasear. ¡Los cupcakes!
—Tenías la mano en medio. Lámetela y ya.
—¡Eso tampoco es un cupcake!
—Es que yo también quiero probar.
—Suelta. Ya lo hago yo. ¿Y a qué viene esa cara? ¡Si desde el principio has dicho que no querías hacer esto!
—He cambiado de idea. Y además quiero darle un mordisco a ese cupcake.
—Deja mis cupcakes en paz. Fuera.
Carl rodeó el mostrador y se dejó caer en un taburete en la barra.
—¿Seguro que no puedo pagarte para que me guardes el secreto?
Agachado frente a los hornos, Grayson soltó una carcajada.
—Serás mi asistente personal durante una semana, Carl Birch. Me aseguraré de que estés demasiado ocupado para andar por ahí fingiendo que sabes tocar el piano.
—Ya, respecto a eso…
Grayson se incorporó y retomó su trabajo con la manga pastelera, mirándolo de reojo.
—Mañana tengo que ser pianista profesional otra vez. Es la última, lo prometo.
Grayson dejó de glasear y lo miró fijamente.
—Esta vez es importante —explicó Carl—. Es para la asamblea del colegio de Leo.
—¿Una asamblea escolar? Pero ¿tú estás mal de la cabeza? Ayer te pedí que pulsaras el do y pulsaste el fa.
—Es que esta profesión plantea sus retos…
—¡No eres pianista profesional!
—A veces fingir es lo mejor. Puede ser sanador. Lo voy a hacer por Leo.
Grayson agitó la manga pastelera en su dirección.
—Lo mejor es ser uno mismo siempre, al final compensa. Te lo demostraré. Ah, tengo otro trabajito para ti.
Grayson dejó los cupcakes, se acercó al mostrador y sacó una caja de recibos y un portátil. Lo encendió, tecleó algo y lo giró en su dirección.
—Es bastante sencillo. Pasas los totales de estos recibos a esta hoja de cálculo y los metes en la categoría correspondiente para poder cuadrar los gastos.
Carl miró la marea de números y asintió.
En su tienda también lo hacía, aunque no en Excel.
Tantas celdas imponían un poco, pero se apañaría.
Fue sumando cada tique con la calculadora del móvil y metiendo el resultado en la hoja.
Pasó una hora, la panadería abrió al público y Carl se llevó el ordenador a un rincón para seguir.
Otra hora más tarde, cuando solo quedaban unos pocos recibos pendientes, llegó Sage, radiante y llenísima de energía.
Puso una canción en el móvil y Grayson la sacó a bailar; se movían y reían como si hicieran aquello todos los días, como si fuera un ritual matutino.
Carl miraba de soslayo, divertido, fascinado.
Qué complicidad; qué gusto trabajar así.
A mitad de un giro, Grayson lo pilló mirándolo y sonrió, engreído. Así que Carl apartó la vista y la clavó en la pantalla del ordenador. No. Escorpio no le iba a poner patas arriba nada. En ningún sentido. Se negaba, y era cabezota a más no poder.
Además, había otras razones para negarse, aparte de la cabezonería. Pete le había roto el corazón. Estaba allí para curarse, para sanar, no para entregárselo a este galán y que se lo destrozara todavía más.
Cuando la canción terminó, Grayson dijo que su turno había acabado, se colocó detrás de Carl y se inclinó sobre su hombro.
—Gracias por… ¿Qué estás haciendo?
Carl lo miró y vio cómo observaba su Excel con el ceño fruncido.
—Sumando.
—No necesitabas hacer tú las cuentas. Esta pestaña ya está configurada para eso. Solo tienes que poner los importes en esta columna.
El rubor le tiñó las mejillas y cerró el portátil, agradecido de que Grayson estuviera a su espalda y no le viera la cara.
—Bueno, no hay problema. Luego lo arreglo. Vamos —dijo Grayson, que luego, para Sage, añadió—: Me llevo el portátil.
—Claro. ¿Qué le ha pasado al tuyo?
Grayson le dio un golpecito en el hombro a Carl.
—Hoy necesito dos.
Carl siguió en silencio a Grayson a su siguiente trabajo: mecanografiar para el señor Wilson, un antiguo piloto de las Fuerzas Aéreas, que había escrito a mano sus aventuras y ahora quería pasarlas a ordenador para autopublicar su biografía.
Lo acompañaron por su casa hasta el patio trasero, donde había un pequeño módulo con una cama, un escritorio, una cocina y una docena de cajas llenas de diarios.
—¿Cuánto crees que tardarás? —preguntó el señor Wilson.
Grayson dejó los portátiles en el escritorio.
—Voy por la mitad. Con la ayuda de Jason, quizá podamos tenerlo para fin de mes.
—Bien, bien. Quiero verlo publicado antes de estirar la pata. —Señaló la pequeña cocina—. Tenéis té y café, y en ese armario hay vitaminas. Servíos lo que gustéis.
—Gracias —dijo Grayson, indicándole que trajera una de las cajas—. Lo haremos.
Carl cargó la caja mientras el anciano salía con su andador.
—No cerréis del todo la puerta, está atascada. Si os quedáis encerrados, llamad al teléfono fijo; si gritáis no os oiré.
—Sé cómo va la cosa, gracias.
El señor Wilson alzó una mano a modo de despedida y volvió a la casa principal.
Carl dejó la caja junto a Grayson.
—Ahora en serio, ¿cuántos trabajos tienes?
Grayson se sacó el móvil, desbloqueó la pantalla y se lo pasó. Carl miró el horario lleno de colores donde tenía más de quince horas al día marcadas.
—¿Cuándo duermes?