Capítulo 6
Capítulo Seis
Carl apenas durmió aquella noche, y, en los ratos en los que logró hacerlo, un Grayson vestido de gris lo acechó en sueños, mirándolo fijamente con esos ojos oscuros e intensos.
Trataba de huir de él, pero en cada esquina que doblaba, ¡zas!
, se encontraban y sus cuerpos chocaban el uno con el otro.
Menos mal que el tío estaba buenísimo, si no habría sido una pesadilla aterradora.
Por suerte, chocarse con él resultaba agradable y placentero; al menos, durante unos breves instantes; luego Grayson le clavaba la mirada y lo hacía huir despavorido. Así, una y otra vez.
Carl se despertó gritando: «¡No me pongas el mundo patas arriba, escorpio!». Luego fulminó con la mirada la abultada sábana que formaba una tienda de campaña a la altura de su ingle.
—Este tío es de lo que no hay —dijo en voz alta.
Grayson hacía que Carl se sintiera como si navegara por un mar revuelto. Y sabía que se debía a su pseudoconfesión de la noche anterior. Había soltado la verdad y se había largado, así que no sabía qué esperar. Y eso, por sí solo, ya era suficiente para que el estómago se le encogiera.
Pero había algo más… Nervios, excitación. Se sentía descolocado. Como si se cayera por la borda del barco que navegaba esas aguas turbulentas.
Grayson era su salvador de la montaña. El hombre del corazón enorme.
Y era evidente que había más en él que la vanidad que mostraba, más que su fachada de hojalata.
Era amable. Siempre estaba ayudando a los demás; solo había que ver cómo había ido a hablar con él cuando pensó que le pasaba algo.
Rebosaba sinceridad. Y esa mirada penetrante que en un primer momento había parecido juzgarlo…
No, lo que ocurría era que Grayson veía más allá, buscaba algo más profundo, lo auténtico en cada persona.
Con razón había necesitado seguir mirándolo a él.
—Basta. Piensa en otras cosas.
Porque lo cierto era que tenía muchas cosas en las que pensar, como, por ejemplo, en cómo afinaría el piano de Linda.
Soltó un lamento, se levantó de la cama y, al ver que era temprano, decidió ir a dar una vuelta en bici. Cogió a Toto y salió.
El viento era fuerte y pedalear se volvía casi imposible en algunas curvas, pero como procrastinación no estaba mal. Aunque, como era de esperar, la distracción no podía durar eternamente y al final el tiempo pasó, el momento de la verdad llegó, y terminó llamando a la puerta de Linda.
Ella lo hizo pasar, le cogió a Toto —al que Carl se aferraba con manos firmes— y lo colocó junto a su chaqueta, al lado de una enorme pecera.
—El piano está por aquí. Ven.
Con una sonrisa nerviosa y una bolsa llena de herramientas para afinar pianos que había encontrado en el armario de Jason, Carl siguió a Linda hasta un salón lleno de pañitos de encaje y se dejó caer en la banqueta del piano con el pulso desbocado.
Linda le dio unas palmaditas en la cabeza y lo miró con cariño.
—Eres un buen hombre, y vas por el buen camino. Tu sigue así, hacia delante, llegarás a pastos más verdes. Y encontrarás tu felicidad. Ya lo verás.
La señora estaba un poco chalada, pero era un encanto.
Carl se secó las manos sudorosas en los ajustadísimos vaqueros de Jason y, tras asentir un par de veces, preguntó:
—¿Podría tomar una taza de té?
Linda lo dejó solo en el salón anunciando que volvería enseguida con un Earl Grey calentito.
Carl sacó su móvil y abrió la pestaña que había dejado preparada sobre cómo afinar un piano.
Todas las páginas que había consultado coincidían en que era una tarea complicada que debía hacer un profesional cualificado.
Sin duda, Jason tendría las habilidades necesarias; Carl, por otro lado…
Y no era algo que pudiera fingir, podría salirle caro. Peeero… tenía un plan.
Abrir la tapa del piano: hecho.
Sostener la cosita esa que llamaban afinador cromático electrónico: hecho.
Pulsar unas teclas con expresión solemne: hecho.
Y cuando Linda volviera a entrar en la habitación —hecho—, Carl fingiría un suspiro, haría una mueca y diría: «Lo siento, Linda. Mi equipo está fallando. Parece que tendremos que llamar a otro profesional».
Hecho, hecho y hecho.
—Ay, mecachis. ¿Y será muy caro? —le preguntó la pobre mujer, dejando su té sobre un tapete en la mesita de centro.
Pues a saber. Pero casi seguro que sí. Jason sabría qué presupuestos se manejaban y sin duda tendría conocidos que le podrían hacer un buen precio. Para empezar, su hermano no habría puesto a Linda en una situación así.
—Déjame que haga una llamada, a ver si puedo solucionarlo.
Marcó el número de un técnico de pianos que había encontrado esa mañana. Lo contrataría, pagaría él y ahí no había pasado nada.
Pero nadie contestaba. Y Linda lo estaba mirando como si fuera su salvador.
«Rápido, rápido, necesito un plan B».
La llamada hacía rato que había terminado, pero Carl siguió con el teléfono pegado a la oreja, sonriendo, asintiendo y murmurando:
—No tardará, Linda. Lo arreglaremos. El piano estará listo para cuando llegue tu nieta, seguro.
Bueno, eso fue lo que dijo en voz alta. Por dentro solo gimoteaba y se llamaba a sí mismo «idiota» una y otra vez.
Alguien llamó al timbre, que resonó por toda la casa, y Linda —bendita fuera ella— salió del salón a atender la puerta.
Carl se desplomó sobre la banqueta. Quizá debería llamar a su hermano, contarle que se estaba metiendo en un lío tras otro y preguntarle si era posible que usara alguno de sus contactos para hacerle un favor.
Tenía el pulgar suspendido sobre el botón de llamada cuando Linda volvió. Carl levantó la vista y ya no pudo apartar la mirada: Grayson estaba a su lado con una bolsa al hombro cruzando la estancia hacia él.
—Me prometiste que me ayudarías a perfeccionar el arte de afinar, ¿te acuerdas? —le dijo, y alzó ambas cejas en un claro «sígueme la corriente».
—Ah, sí, claro —dijo Carl despacio—. Por desgracia, mi… cosita está estropeada.
Grayson dio una palmada a su bolsa.
—La mía funciona.
«¿La tuya? ¿Es que también afinas pianos?».
Carl parpadeó muchas veces y a toda velocidad.
—¿Empezamos? —preguntó Grayson—. ¿Puedo intentar hacerlo yo solo y tú me guías si ves que hay algo que no hago bien?
Carl seguía mirándolo y parpadeando.
Grayson apartó la bolsa de Carl y se sentó a su lado en la banqueta, rozándole el brazo con el suyo y poniéndole la piel de gallina.
—Estás babeando —le dijo muy bajito al oído.
Carl se tapó la boca con la mano y lo miró con el ceño fruncido. No estaba babeando.
Grayson le dedicó una sonrisa socarrona. Ahí estaba otra vez ese lado travieso y presumido suyo, ese al que le encantaba la idea de que Carl fuera su nuevo y entregadísimo fan.
—Afina el piano y a lo mejor empiezo a babear de verdad —le dijo en voz baja tras darle un codazo en las costillas. Luego giró la cabeza hacia Linda y, sonriendo, añadió—: Te agradecería que nos dejaras solos; cualquier ruido de fondo podría afectar a la calidad de la afinación.
Linda salió del salón con una sonrisa, diciéndoles que se tomaran su tiempo.
Grayson pulsó la tecla do y miró de reojo a Carl.
—Suenas tan convincente cuando metes esas trolas…
—Mira, tú encárgate del piano y ya luego me echas la bronca si quieres.
Y Grayson se puso a ello. Abrió y cerró tapas, desempolvó cuerdas, comprobó si había alguna dañada o apagada, y afinó con cuidado las que estaban bajas. Al final, el piano sonaba perfecto y Carl no podía negarlo, estaba impresionado. Y así se lo hizo saber:
—Estoy impresionado —dijo, mirando esos dedos diestros y hábiles, perdiéndose durante unos instantes en el recuerdo de su suavidad, de la delicadeza con la que lo había ayudado a levantarse—. ¿Cómo sabes hacer esto? No me digas que eres un pianista consumado.
Grayson negó con la cabeza.
—Sam tocaba el piano. Por eso aprendí.
—¿Sam?
Grayson se quedó mirando las teclas de marfil.
—Mi ex.
El dolor era evidente en su voz; sonaba a corazón roto. Carl podía oírlo, no, podía incluso sentirlo; era como una pulsación en el aire, un zumbido a su alrededor. Asintió. Y se inclinó un poco hacia él.
—¿Sam de… Samuel? ¿O Sam de Samantha?
Grayson lo miró de reojo y negó con la cabeza. Le pasó un brazo por el cuello y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Sam a secas.
El gesto, divertido y condescendiente, hizo que Carl gruñera y se apartara de golpe.
—No pretendía sonsacarte información.
—Claro, claro, seguro que no.
—Lo digo en serio. Era mera curiosidad.
—Sí, sí, te creo.
Dios, qué hombre más exasperante. Muy útil, había que reconocerlo, pero muy muy muy molesto.
—Soy de un pueblo pequeño. Ser cotilla es un requisito indispensable para vivir allí. Lo de meter las narices en la vida de la gente es algo que se lleva en la sangre.
Grayson lo miró con la cabeza ladeada, una ligera sonrisa en los labios.
—Todo empieza a tener sentido. Y ese pueblo ¿no estará en Oz, por casualidad?
Tarde o temprano, la conversación tenía que llegar a ese punto, estaba claro.
Desde que Grayson había entrado en el salón de Linda, Carl había sabido que se acercaba la hora de dar explicaciones.
Apretó los labios, respiró hondo para calmarse y se giró en la banqueta, haciendo que sus rodillas chocaran.
—En Tassie. Llevo una tiendita allí. Y me llamo Carl Birch; Jason Lyall es mi hermano gemelo. Digamos que… hemos intercambiado vidas. De forma temporal.
—Suena a argumento de peli antigua.
—¿De dónde crees que saqué tan ingeniosa idea?
—¿Ingeniosa? —Grayson sonaba escéptico.
Vale, podía entender que pusiera en duda su plan maestro, porque, a simple vista, parecía estar metido en tremendo lío. Y, aun así, la situación seguía siendo mejor —mucho mucho mejor— que ayudar a su ex a preparar su boda con otro tío.