Capricornio encara a Escorpio Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

«Ni a ti mismo». Guau. Era como si Grayson supiera cuánto le afectaba hacerse pasar por su hermano, tan perfecto, tan exitoso.

Carl asintió y lo observó en silencio mientras terminaba su smoothie.

Que se tomara lo de ayudarle tan en serio, la forma en la que se lo había dicho…

Había algo en su mirada, en el brillo de sus ojos, que le hacía sentirse seguro.

Era… como un escudo frente al mundo. Grayson se preocupaba por su gente, por sus vecinos. Los de siempre y los recién llegados.

—Tengo otro turno en el pub en un rato. Gracias por el smoothie. Avísame si necesitas ayuda.

¿Eso significaba que le ayudaría a preparar la ponencia para el colegio?

Carl asintió, medio atontado, y lo acompañó hasta la puerta.

Lo siguió con la mirada mientras se abría paso entre las matas de lavanda…

y luego se despertó de la ensoñación en la que estaba sumido.

No. Ni hablar. Él no era uno de sus fans. No era de esos.

—Oye, no te encariñes demasiado con mi camisa.

Carl se puso a Toto, cogió un candado y se fue a dar una vuelta en bici; hizo un recorrido por la costa y hasta se detuvo a darse un baño para despejarse.

Cuando volvía a casa tras dar una vuelta por la ciudad, se vio invadido una vez más por una panda de preadolescentes uniformados.

Solo que, en esa ocasión, lo primero que hizo fue buscar a Leo con la mirada, y al ver que un grupito lo estaba molestando, fue hacia ellos y los espantó.

—¡Gracias, Jason!

Carl se tragó un suspiro.

—Venga, peque, vamos.

—Hoy mi madre sale tarde, así que voy a Arcoíris. ¿Qué es ese ruido?

Ese ruido era el móvil de Carl vibrando contra sus llaves en el bolsillo. Lo sacó y respondió al número desconocido que lo llamaba.

—¿Sí?

—Hola, Jason, cariño.

Eh… ¿quién era?

Por suerte no tuvo que preguntar.

—Soy Linda. Nos conocimos en la reunión de vecinos.

—¡Linda, claro! La de la sonrisa bonita.

—Qué zalamero. Mira, es que mi hijo llega mañana y a mi nieta le encanta tocar el piano. Y como te ofreciste a afinármelo… Qué generosidad la tuya. ¿Podrías pasarte mañana por la mañana?

Carl se quedó petrificado en mitad de la calle. Leo se detuvo en seco a su lado y lo miró con los ojos muy abiertos.

—Me encantaría ayudar, pe…

—Gracias, cielo. Te veo en el número tres sobre las diez.

Carl se quedó mirando la pantalla durante un rato después de que la llamada se cortara. Se llevó el móvil a la frente y se dio varios golpecitos en ella. ¿Cómo iba a salir de esa? ¿Debería confesar y decepcionar a una señora encantadora? ¿O buscarse la vida y aprender a afinar un piano?

Hacer felices a las ancianitas adorables era prioritario. ¿No?

—¿Qué pasa? —preguntó Leo.

—A veces soy muyyy tonto.

—No te preocupes, no pasa nada.

—¿Ah, no?

—No hace falta ser listo —dijo Leo, muy seguro de sí mismo—. Lo importante es ser feliz y buena persona.

Carl notó cómo el alma se le aligeraba al escuchar tanta inocencia. Le revolvió el pelo a Leo con cariño.

—Menudo filósofo estás hecho.

—Es lo que dice mi madre.

—Sage es sabia.

—Sí que lo es, es lo que significa su nombre.

Se sonrieron y caminaron contra un fuerte viento hasta la panadería; Sage estaba dentro, sentada con una calculadora y montones de papeles.

Leo dio unos golpecitos en el cristal de la puerta, que estaba cerrada, y llamó a su madre con un gritito de alegría.

A Sage se le iluminó la cara al verlo y le abrió tan deprisa que los papeles volaron en todas las direcciones.

A ella no le importó, abrazó a su hijo y le regó la cara de besos.

Carl se retiró con discreción, pero la imagen le dejó un nudo en el pecho.

Apretado, doloroso. Su prima —la que en realidad era su madre— debió de tenerlo a la misma edad que tenía Sage cuando dio a luz a Leo.

Sin embargo, Sage había elegido ejercer de madre, a pesar de ser tan joven.

Cora se hacía pasar por su prima y, sí, estaban muy unidos, hablaban todos los días, se reían juntos leyendo los horóscopos, se abrazaban y hasta tenían un saludo especial.

Pero a Carl le faltaba algo. Que su madre le diera besos en la coronilla.

Poder llamarla con un «¡mamá» alegre y entusiasmado.

Carl pasó por delante del pub, e iba a seguir su camino, pero vio que Grayson estaba detrás de la barra con su camisa de franela y rodeado de fans. «¿Por qué no?», se dijo antes de entrar y abrirse paso entre el grupo hasta ponerse frente a él.

—¿Estás bien? —articuló sin llegar a decirlo en voz alta.

Qué intuición tenía el tío. Siempre daba en el clavo.

—Necesito ayuda —respondió él también sin levantar la voz.

En cuestión de segundos, Grayson se quitó el delantal, pidió a voces que alguien lo reemplazara, cogió una chaqueta de la pared y le hizo un gesto para que lo siguiera a la calle.

A pocos metros del bar había un banco de madera flanqueado por dos jardineras; Grayson le tiró de la manga y lo llevó hasta allí.

Se sentaron, un poco de lado ambos, quedando uno frente al otro, sus rodillas rozándose.

Grayson le puso su chaqueta por encima, un gesto caballeroso en exceso que a Carl no le disgustó ni un poquito.

Esperó, porque era paciente. Carl estuvo unos segundos en silencio, palpando el bulto que sobresalía de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta y jugueteando con el suave material.

—He venido para ver si podías ayudarme.

—Estoy aquí. Sé escuchar.

—Uy, no, no voy a intentar tocar nada ahora.

Grayson lo miró con el ceño fruncido.

Carl siguió hurgando en el bolsillo, tirando del tejido mullido, pensando cómo seguir la conversación.

—Necesito ayuda; no sé cómo voy a lidiar con Linda. Espera que vaya mañana a las diez a afinarle el piano.

Grayson lo miró. Y parpadeó. Varias veces.

—¿Qué?

Carl también lo miró. Y parpadeó.

—Dijiste que acudiera a ti si necesitaba ayuda.

—Si tenías… pensamientos tristes. No cuando necesitaras ayuda con… ¿Con qué la necesitas, exactamente?

¿Pensamientos… tristes?

Carl sacó lo que había en el bolsillo: era una bufanda.

Una bufanda que le era familiar. Una que a oscuras no había logrado apreciar del todo; había pensado que el estampado era de pececillos; o pájaros… Pero no, se trataba de ratoncitos plateados.

Carl la levantó y se quedó mirándola.

Y entonces se dio cuenta, y fue como un golpe en el estómago, como un rayo atravesándolo; dio hasta un salto. Miró la bufanda, luego a Grayson, que también la miraba, frunciendo el ceño.

Estaba ante el hombre que lo había rescatado la noche que bebió en exceso y se resbaló en el saliente.

El hombre que había evitado que se cayera montaña abajo.

El que le había echado la bronca por hacer senderismo borracho.

El que había comprobado con cuidado y dedos fríos cómo tenía el tobillo.

El que se lo había cargado a la espalda y lo había puesto a salvo.

«Menos mal que te pillé a tiempo», le había dicho esa mañana.

No se refería a que lo hubiera pillado mintiendo. Lo había «pillado» de forma literal.

Toda la conversación que habían tenido en la cocina… Grayson había estado tan serio…

Carl negó con la cabeza.

Ahora sabía por qué. Normal que quisiera asegurarse de que tenía a alguien con quien hablar, alguien que le ayudara si…

Dios…

Desde que lo había ayudado con la bici robada lo había estado mirando con intensidad.

De ahí venía el recelo. Porque, para él, aquel no había sido su primer encuentro.

Y Carl no recordaba la primera vez, por eso nunca la había mencionado.

Y Grayson debía de pensar que efectivamente todo él era un problema.

—Eres el tío del gran corazón —murmuró Carl.

—¿No me habías reconocido?

—¡Llevabas media cara tapada con la bufanda! ¡Y era de noche! ¡Estaba borracho!

Grayson cogió su bufanda; tenía el ceño fruncido, como tratando de entender la situación.

—Esto es un malentendido enorme —dijo Carl—. Aquella noche no pretendía… Yo solo estaba… preparándome para un nuevo comienzo y… Siento haberte preocupado. Y, por supuesto, no sabes cuánto te agradezco que quisieras ayudar.

Grayson dejó de mirar la bufanda y levantó la vista.

—Si no me habías reconocido de aquella noche en la montaña…, ¿de qué se supone que hemos estado hablando esta mañana?

Ah.

Ups.

Entonces, ¿Grayson aún no había atado cabos?

Bueeeno…, pues quizá fuera mejor que no se enterara.

—La franela te favorece. —Carl le puso las manos en el cuello de la camisa y se lo recolocó—. Te la regalo.

—Jason —dijo Grayson en tono de advertencia.

Carl tragó saliva con dificultad. Miró las casas al otro lado de la calle, las luces que empezaban a encenderse colina arriba.

Grayson seguía mirándolo, la intensidad en sus ojos había alcanzado un nivel insoportable.

Carl no podía aguantarlo más. Y, además, era cuestión de tiempo que se diera cuenta del asuntillo de la doble identidad.

Así que se levantó de un salto —la chaqueta cayó sobre el banco— y echó a correr cuesta arriba gritando:

—¡No soy Jason Lyall!