Capítulo 5
Capítulo Cinco
Carl bebió más de la cuenta aquella noche.
Buscaba inspiración sobre cómo fingir ser un genio musical y poder dar una charla en el colegio de Leo, pero no funcionó.
Eso sí, reírse se rio un rato; carcajadas de autodesprecio, de «por favor que alguien se compadezca de mí».
Y más cuando vio quién apareció para echar una mano tras la barra del bar de Berhampore en el que estaba ahogando sus penas.
Lo único que Carl hizo al respecto fue apuntar a Grayson con un dedo acusador, negar con la cabeza y pedir otra cerveza.
Doce horas después, ya a media mañana, se preparaba un smoothie que esperaba que le ayudara con la resaca. La noche era un borrón.
Se frotó las sienes.
Pero su cabeza daba igual; había algo más urgente: hacer un plan para la asamblea de Leo.
El sonido del móvil interrumpió su planificación. Su hermano —el que sí era músico— lo llamaba.
Carl escuchó las aventuras de su gemelo durante varios minutos, solidarizándose con el agobio de Jason. Estaba claro que él y su doble tenían algo en común: una facilidad tremenda para meterse en líos.
A mitad de llamada, le llegó un zumbido estridente desde el exterior, lo que no hizo sino aumentar su dolor de cabeza. Apretó los dientes y sacó los ingredientes que necesitaba para su smoothie: plátano, manzana, yogur, frutos rojos…
—¿Qué tal por Wellington? —le preguntó Jason al otro lado de la línea, tras un sonoro suspiro—. ¿Hay algo que deba saber? ¿Me ha llegado alguna carta?
A Carl casi se le cayó la batidora. Eh… Tragó saliva.
—¿Carl?
Carl dejó la batidora en la encimera con un golpe sordo antes de que se le cayera al suelo.
—Uy, mira qué hora es. Tengo que dejarte. Luego hablamos.
Colgó, dejó el móvil sobre la isla de la cocina y empezó a pasearse de un lado a otro.
El zumbido del exterior parecía rebotar en la amplia estancia y decidió seguir el rastro del ruido hasta la zona donde sonaba más fuerte.
Acabó en el dormitorio principal, donde las ventanas daban a la pequeña valla que separaba el jardín de Jason del de la casa contigua.
—Madre mía, ¿quién está armando semejante escándalo?
Abrió la ventana de golpe.
El zumbido se detuvo de inmediato. Y de detrás de la valla salió Grayson, con una podadora eléctrica en la mano. Intercambiaron varios parpadeos y Carl se inclinó sobre el alféizar.
—¿Qué signo eres?
Grayson se quitó los cascos.
—¿Perdón?
—Eres el escorpio que ha venido a ponerlo todo patas arriba, ¿no?
Ya no eran solo sus ojos los que lo miraban con recelo; sus cejas alzadas también lo juzgaban.
—Sí que lo eres. Qué molesto. —Carl cerró la ventana y aproximadamente diez segundos después la volvió a abrir para lanzarle una camisa de franela—. Y deja de alardear de abdominales perfectos.
Diez minutos más tarde, Grayson apareció en la puerta principal con la camisa abotonada.
—¿Puedo pasar?
Carl estaba demasiado ocupado mirando cómo le sentaba la prenda como para prestar atención a otra cosa. Perfecta. Le quedaba perfecta nivel «me cago en todo». Casi prefería que no llevara nada; así, al menos, su camisa seguiría quedándole mejor a él que a Grayson.
Tuvo que contenerse para no intentar quitársela como había hecho con la chaqueta de Jason.
—¿Puedo?
Carl alzó la vista y entrecerró los ojos.
—¿Qué?
—Que tenemos que hablar.
Había algo en la mirada de Grayson, una profundidad que sugería que el tema era serio, lo que hizo que a Carl le diera un vuelco el estómago; pero se apartó y lo dejó entrar.
Fueron a la cocina y Carl rodeó medio corriendo la isla para tener algo entre ellos cuanto antes. Su smoothie estaba casi listo y él se limitó a sonreír y asentir mientras la fruta daba vueltas y vueltas con un ruido intermitente que rivalizaba con el que había estado haciendo Grayson en el jardín.
—Me has preguntado si estoy aquí para ponerte el mundo patas arriba… —Sus palabras iban y venían, solo escuchaba fragmentos entre los zumbidos de la batidora—. Nos hemos visto varias veces… La primera vez… rescaté…
Grayson le tocó el antebrazo y, sobresaltado, Carl levantó el dedo del botón de la batidora y se giró hacia él.
—¿Te acuerdas? —le preguntó mirándolo con intensidad; había una especie de súplica en sus ojos.
Carl parpadeó. ¿La primera vez? ¿Un rescate? Ah, lo de la bici. Claro que se acordaba.
—Claro que me acuerdo.
Grayson asintió y le dio una palmadita en el brazo. Carl presionó de nuevo el botón de la batidora, como si eso pudiera bloquear las chispas que le recorrían el cuerpo cada vez que lo tocaba.
Decidió poner la batidora a máxima potencia.
—… problemas… cuidado… salvar…
Carl soltó el botón. ¿Qué? ¿Salvar? Quizá «salvar» era un poco demasiado para referirse a una bici; ah, sería por el casco. La seguridad era lo primero. Los cascos salvaban vidas. Carl asintió.
—La verdad es que siempre apareces cuando menos me lo espero.
—¡Y menos mal! —Grayson retiró la mano de su brazo y sacó un vaso limpio del armario como si estuviera en su propia casa.
—¿Eh?
—Creo que empezamos con mal pie —le dijo sirviéndole el smoothie—. Y quizá no quieras oír lo que tengo que decir, no viniendo de mí. Pero no pretendo ofender; solo quiero que sepas que no tienes por qué guardártelo. Que puedes hablar conmigo.
—¿Hablar?
Grayson le pasó el vaso y, en voz baja y paciente, le dijo:
—Es mejor que beber y hacer algo de lo que te puedas arrepentir.
Carl se quedó muy quieto, la mano húmeda sobre el cristal frío. ¿Qué coño había hecho la noche anterior? ¿Qué había provocado la visita de Grayson, su seriedad, esa súplica que podía leerse en sus ojos oscuros?
—Sí…, eh…, tengo que dejar de beber.
—Y quizá también…, no sé, sincerarte. Ser honesto.
¿Sobre lo de hacerse pasar por Jason? ¿Lo había confesado y no se acordaba? ¿Se había delatado a sí mismo?
Grayson lo miraba con menos recelo de lo que era habitual, lo cual... no tenía mucho sentido. Estaba demasiado serio, lo que hacía que Carl respirara con dificultad y de forma irregular. ¿Y si había atado cabos y lo había descubierto?
Carl dejó el smoothie a un lado y, en esa ocasión, fue él quien llevó una mano al antebrazo de Grayson; pero no fue una palmadita suave, no, lo agarró con fuerza, a modo de plegaria.
—Por favor, no se lo digas a nadie —le dijo en tono suplicante.
Grayson colocó su mano cálida encima de la de Carl, moviendo los dedos con suavidad sobre su piel de gallina. ¿Se suponía que estaba tratando de tranquilizarlo?
¡¿Cómo iba a estar tranquilo?!
Tenía la piel erizada. Acababa de descubrir que Grayson sabía su secreto. Porque lo sabía, ¿no?
—¿Cómo lo supiste?
—Era evidente. Y menos mal que te pillé a tiempo. —Grayson retiró la mano, rozándole los nudillos en el proceso.
¿Eh? ¿A tiempo de qué? ¿Cómo que lo había pillado a tiempo?
—¿Por qué? —le preguntó.
—¿Cómo que por qué? —Grayson alzó un poco la voz—. Porque no se trata solo de ti. Puedes hacer daño a otros.
Carl bajó la cabeza. A ver, si descubrían que no era Jason, habría gente que se sentiría mal, sí.
Pero… ¿no lo estaban pasando ya mal aunque fuera por otros motivos?
Y Jason volvería pronto. Era mejor seguir con la farsa.
Fingiría que había sido él quien había estado en la reunión de vecinos, iría a la asamblea de Leo. De ese modo…
—Quizá nadie salga malparado.
—Puede que creas eso, pero… —Grayson le levantó la barbilla con dos dedos hasta que los ojos de ambos se encontraron—. Podrías romperle el corazón a alguien.
Un pesado silencio se instaló entre ellos durante unos segundos. Grayson carraspeó.
—¿No debería haber dicho nada?
—A ver, si es tan evidente, entiendo que lo digas. Pensaré en ello, de verdad. Pero mientras… ¿podrías no decírselo a nadie?
—No soy de los que cotillean. Pero sí tengo algo que pedirte.
—¿Qué?
—Cuando tengas ese impulso de…, bueno, ya sabes, ¿puedes buscarme y hablar conmigo? Te ayudaré.
—¿Me ayudarás?
—Siempre. Me aseguraré de que nadie salga herido.
—¿Cómo?
—Tengo orejas. Sé escuchar.
¿Era una referencia musical? ¿Podría ayudarle a sonar como un músico de verdad?
—¿Por qué frunces el ceño? —le preguntó Grayson.
—Me sorprende que quieras ayudarme con algo así.
—Y no solo yo; puedes hablar con alguien más. Puedo darte un par de números…
—¡No! No, no. Con que lo sepas tú es suficiente.
Grayson hizo una mueca y asintió.
Y Carl se quedó mirándolo, no podía dejar de hacerlo.
Su pelo oscuro, esos ojos más oscuros aún, la línea recta de la nariz, la firmeza de sus labios, la camisa —la de Carl— en ese cuerpazo y la forma en la que se inclinaba hacia él; tan sincero, tan pendiente, tan entregado.
El espacio entre ellos estaba cargado de electricidad, de la intensidad de Grayson, de su amabilidad. Carl se abanicó con la mano.
—Ya entiendo por qué tienes tantos grupis.
Grayson sonrió, y Carl levantó la mano al instante para detener cualquier cosa que fuera a decir.
—Quiero decir que entiendo que otras personas puedan… —lo señaló de pies a cabeza, a él entero— caer rendidas a tus pies. Yo no. Yo no soy una de ellas.
La sonrisa dulce de Grayson se convirtió en una enorme y divertida.
—Si tú lo dices…
Carl negó con la cabeza, entrecerrando los ojos, pero sacó otro vaso y le sirvió un smoothie.
—Lo cierto es que… me siento mejor ahora que sabes la verdad, como menos pesado. Me tranquiliza saber que puedo contar contigo.
—De eso se trata.
—Bebe, escorpio —le dijo, deslizando el vaso hacia él y observándolo mientras le daba un par de tragos. Luego, en un murmullo, le preguntó—: ¿Crees que debería evitar a la gente?
—No. Creo que eso sería peor.
—¿Crees que debería contarles la verdad?
—Eso es cosa tuya. Es un asunto muy personal.
—Ya… ¿De verdad crees que sufrirían si…?
—Sí.
—Entonces tienes que ayudarme —dijo Carl tras unos instantes—. No quiero hacer daño a nadie.
—Ni a ti mismo.