Capricornio encara a Escorpio Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¿Y a qué le has dado voz?

¿A nada en absoluto?

—A nada que conozcas. ¡Sage! —Carl se puso en pie de golpe y corrió hacia ella, que venía con una quiche humeante—. Deja que te ayude.

Llevó el plato hasta la mesa mientras Sage le agradecía —bueno, a Jason Lyall— que hubiera acudido a la reunión de vecinos.

Se metió un trozo de quiche en la boca y levantó ambos pulgares en señal de «esto está riquísimo».

Cuando pareció que Grayson iba a decir algo más, Carl cogió otro trozo y se lo metió a él en la boca antes de que pronunciara una sola palabra.

—Mira qué rica. Prueba, prueba.

Mientras Grayson masticaba la quiche que no había pedido, Carl le deseó a Sage una buena tarde y salió escopetado hacia la puerta.

—¡Ay, se me olvidaba el casco! —exclamó, y volvió sobre sus pasos para cogerlo y salir de nuevo pitando.

¿De verdad no era suficiente con habérselo cruzado cinco veces ese día? ¿Por qué encima tenía que aparecer en la reunión de vecinos?

Lo mejor sería evitarlo.

Sí. Evitarlo a él y a todos. No podía permitir que aquello de fingir ser Jason se le fuera de las manos. Ya había hecho su buena acción del día, ya había disfrutado del subidón de que lo admirasen.

Era el momento de ponerle fin.

Carl evitó Berhampore a la mañana siguiente y decidió ir a tomar café a Newtown, el barrio de al lado.

Le resultaba extraño no tener que ir a trabajar, y no estaba seguro de que le gustara la sensación; lo de andar sin rumbo no era lo suyo.

Lo mejor sería hacer planes; turismo, visitar a antiguos compañeros del colegio que se habían asentado allí…

Tras una visita al museo nacional, se reunió con esos viejos amigos para comer.

Resultó que los dos eran abogados y que ambos acababan de comprometerse con las mujeres de sus sueños.

Carl observaba sus trajes impecables y sus sonrisas perfectas e intentaba no hacerse pequeñito en el asiento de cuero del reservado en el que almorzaban. Se dedicó a remover sus fideos vietnamitas con la cuchara y a asentir ante todas sus historias sobre viajes varios.

—Probablemente volvamos a Europa otra vez este año. Ruta gastronómica por Georgia.

—Nosotros esta vez iremos a Portugal.

Carl no iba a ir ningún sitio.

—Genial. Qué bien —les dijo.

—¿Y tú? —preguntó uno de ellos mientras Carl sorbía un fideo—. ¿Cuándo fue la última vez que visitaste Tasmania?

—Pues es que aún vivo allí —respondió.

—¿De verdad? Dime que no sigues en Earnest Point. ¡Con lo enano que es!

—Ahí sigo, sí.

—¿Y qué haces allí? No debe de ser fácil labrarse una carrera en un pueblo tan pequeño. ¿A qué universidad fuiste al final?

Carl negó con la cabeza.

—No fui.

El «aaah» que soltaron al unísono los abogados sonó al principio del fin de su reencuentro.

—¿Formación profesional?

—Tampoco. Trabajo en la tienda de autoservicio del pueblo.

—¿No era ese el trabajo a tiempo parcial que tenías en el instituto?

A Carl se le revolvió el estómago.

—Sí, ahora la llevo yo.

—¿Y se sigue manteniendo a flote con las grandes superficies repartiendo a domicilio todo lo habido y por haber?

—Estamos bastante aislados de todo. Os sorprendería saber cuánta gente del pueblo necesita su ración diaria de dónuts recién hechos.

—Claro, claro.

Después de eso hubo un silencio incómodo. Los abogados apuraron sus fideos, insistieron en pagar y que él «se guardara su dinerito», y se marcharon deseándole suerte.

Carl deambuló por la ciudad dando un rodeo hacia casa de Jason, incapaz de quitarse de encima la sensación de pena que le habían dejado.

Como si fuera algo decepcionante, como si la única opción de un futuro mejor pudiera deberse a un golpe de suerte.

Como si le faltara cerebro para convertirse en un «buen hombre», como lo eran ellos.

Carl se metió en una tienda, compró una revista y trató de animarse leyéndola en un parque cercano.

«Advertido quedas, capricornio; esta semana estará llena de sorpresas…».

Carl soltó una carcajada. Más razón que un santo tenía su horóscopo.

Siguió leyendo y se quedó unos instantes pensando en la última parte: «Esta semana conocerás a tres personas.

Un géminis necesitado. Un leo que necesita un poco de suerte.

Y un escorpio especializado en ponerlo todo patas arriba.

Puede que tu primer instinto sea esconderte, pero respira hondo y piensa que tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ellos».

—Se supone que tienes que ser una cosa amena, no ofrecer presagios ominosos —le dijo a la revista, que se metió en la mochila antes de ponerse en marcha.

Carl cruzó Newtown y subió la cuesta hacia Berhampore.

Ya estaba llegando a la cima de la colina cuando una marea en tonos amarillos y verdes —preadolescentes en patinete con el uniforme del colegio— inundó la calle, y tuvo que sentarse en un pequeño muro de ladrillo para dejarlos pasar y que no lo arrastraran en su corriente.

Cuando pareció seguro retomar el camino, se bajó de un salto y continuó andando por la acera, pero apenas había dado unos pasos cuando vio a Leo con el mismo uniforme amarillo y verde, solo que el suyo estaba… empapado. Y llevaba la cabeza baja, hundida contra el pecho.

Un grupo de chicos mayores se reían mientras doblaban la esquina; tenían toda la pinta de ser los mismos gamberros que le habían robado la bicicleta.

Puñeteros niñatos malcriados.

Carl corrió hacia él, se quitó la camisa de franela y se la puso a Leo para que entrara en calor.

Iban en la misma dirección, así que decidió hacer el camino de vuelta a casa con él.

Le preguntó su signo del zodiaco, y no le sorprendió que fuera leo —aunque esas cosas nunca se podían dar por sentadas—, y procedió a leerle su horóscopo.

—Dice que las cosas mejorarán a final de semana.

—Lo dudo —murmuró Leo—. Me toca ayudar en la asamblea. La semana pasada, Davy trajo como invitado a su padre, que es médico, y dio polos de electrolitos a todos. Yo no voy a llevar a nadie. He preguntado a varias personas, pero no pueden.

«Un leo que necesita un poco de suerte».

Carl se reprendió a sí mismo por pensarlo siquiera. No podía. ¡No podía!

Leo se sorbió la nariz; una gota del agua que esos chicos le habían tirado encima le cayó de un rizo a su mejilla, resbalando por su cara como una lágrima.

Capricornio estaba regido por Saturno, y Saturno era el planeta de la responsabilidad.

¿Y no se había convertido esto en su responsabilidad social?

Igual que aquel desconocido sexi y estupendo que lo había rescatado en el saliente de la montaña.

El destino le había echado un cable. Él debía hacer lo mismo.

Carl posó una mano en el hombro de Leo. Ya se preocuparía de los detalles más tarde.

—Arriba ese ánimo. Este pianista famoso será tu invitado especial.