Capítulo 4
Capítulo Cuatro
ACarl le latía el corazón a mil por hora.
Había saltado la valla sin pensárselo dos veces, sí, pero había esperado caer sobre un suelo de hojas o sobre césped mullido.
No pisar una manzana del suelo, resbalarse y estamparse contra Grayson, que tuvo que soltar el cesto lleno de fruta que llevaba en las manos para atraparlo.
Le rodeó la cintura con los brazos y lo sujetó con dedos firmes.
Carl notó su cálido suspiro en la oreja izquierda y cómo una de sus manos le apretaba la parte baja de la columna vertebral.
Y ahí estaban, tambaleándose a punto de caerse hasta que Grayson logró estabilizarlos a ambos.
Y menos mal; aunque estaban tan cerca… Tenían los torsos pegados, los muslos pegados…
, y el calor era abrumador y un contraste tremendo con el aire fresco que traía el viento.
Cuando sus narices se rozaron, una inesperada corriente eléctrica pareció pasar entre ellos.
Carl abrió los ojos como platos, horrorizado, y Grayson arqueó una ceja
—Así que no te gusto, ¿eh?
Dios santo. Su vida era un mal chiste.
Se escabulló de los brazos de Grayson con un gruñido, pero al posar la mirada sobre la chaqueta que llevaba puesta —la de Jason— volvió a acercarse a él como un resorte y empezó a quitársela.
—¿Estáis bien? —preguntó una voz perpleja a su lado.
Carl se quedó helado, con las manos contra el pecho de Grayson, metidas por dentro de la chaqueta.
Vale…, a simple vista podía parecer una escena no apta para todos los públicos.
Carl sacó las manos y fingió sacudirle las solapas. Al hacerlo, sintió bajo las palmas la vibración de la risa contenida de Grayson y, muy digno, se volvió hacia Leo, que los miraba con los ojos muy abiertos.
—Ah, te he traído algo —le dijo Carl antes de sacarse la porción de tarta de manzana.
Se la ofreció. Estaba un poco apachurrada.
—¿Gracias?
—De nada. Sin problema.
Leo los miró: a Carl, luego a Grayson, luego a la valla, y volvió a mirar a Carl.
—¿Estás seguro de eso?
Bueno…
Desde el jardín de al lado les llegó una voz diciendo a gritos «su» nombre.
—¿Jason? ¿Jason? ¿Dónde se ha metido? Ya tengo el piano listo.
Carl se hizo una bolita a los pies de Grayson y empezó a arrastrarse hacia la casa de Sage, llamando a Leo con el dedo y susurrándole:
—¿Dónde estaba ese escondite del que me hablaste?
Grayson dio un paso hacia él y se agachó, poniéndose a su altura. Su expresión era una mezcla de desconcierto y sospecha. Y, aun así, la mano que le tocó el hombro e hizo que se sentara sobre sus talones fue suave, delicada. ¿Una grieta en esa fachada de hojalata?
Pero no, el gesto inquisitivo en sus labios hizo que a Carl se le quitara la idea de la cabeza bien rápido. Sonrió.
—Ya he alcanzado mi cupo social de hoy, no puedo socializar más. Me voy. —Empezó a rodearlo a gatas, pero Grayson lo agarró con suavidad por el codo y lo ayudó a ponerse de pie.
—En vez de esconderte —murmuró Grayson—, vámonos. Tengo algo para ti.
—¿La chaqueta? Puedes devolvérmela aquí.
—Es otra cosa.
¿Otra cosa? ¿Qué, una advertencia? ¿Quería decirle en privado que no estaba interesado en él, que dejara de intentarlo?
A ver, un planazo tampoco era, pero si se quedaba y…
—¡Encontradlo! ¡Sería estupendo que tocara El trino del diablo! —se oyó que decía la bruja cada vez más cerca.
Carl levantó las manos en señal de rendición.
—Llévame lejos de aquí. Muy lejos.
Le dijo un «¡hasta luego!» rápido a Leo, que los miraba con curiosidad mientras mordisqueaba su trocito apachurrado de tarta, y de pronto estaban metidos de lleno en la reunión de vecinos.
La gente los rodeaba y Carl, de forma instintiva, se agarró al codo de Grayson mientras avanzaban a empujones entre coquetos movimientos de pestañas y preguntas constantes.
—¿No vas a dar ningún concierto en Europa? —preguntó alguien.
Y, por primera vez esa noche, Carl pudo decir la verdad:
—Me he cogido unas semanas de vacaciones.
—¡Ay, estupendo! ¿Podrías dar un discurso en la asamblea del cole?
—¡Sí, por favor, necesitamos ponentes que nos inspiren!
—Tengo que mirar la agenda —dijo Carl.
Esa agenda que estaba llena de citas falsas a las que no asistiría. ¿Y de qué hablaría en una ponencia? No era músico. Subiría al escenario, soltaría disparates y… Y… todo un auditorio lo aplaudiría.
Carl se mordió el labio. No. Ni de broma. Mala idea. ¿Es que no había aprendido nada de esa experiencia de la que aún no había librado?
Grayson tiró de él y, poco después, lograron salir; se libraron de la multitud y doblaron la esquina hacia otra calle, hacia las tiendas y la libertad.
Mientras caminaba a su lado, Carl le dijo:
—Creí que estabas en el pub. Pero fuiste tú el que pasó con la bici antes, ¿no? Eres el ladrón de chaquetas. Pensé que tenías una camioneta.
—Si llevo la tabla de surf o herramientas, uso la camioneta. Si no, voy a todas partes en bici. Y estaba en el pub para cubrir al jefe, que llegaba tarde.
—¿A qué te dedicas?
—Hago un poco de todo.
Eso no ayudaba a Carl a saber cómo evitarlo en el futuro, porque en el presente, visto lo visto, era muy inevitable.
Grayson le soltó el codo y abrió la puerta de Arcoíris —que tenía un cartel de «cerrado»— y Carl, muy avispado él, levantó el pie todo lo alto que pudo para cruzar el umbral sin tropezarse.
Y como estaban lejos de miradas indiscretas, decidió que un último intento era aceptable.
Después, adiós. Hasta nunca. Que le fuera bonito.
Se acercó a Grayson y, con dedos rápidos y ágiles, empezó a forcejear con la chaqueta, tratando de quitársela, deslizándola a la fuerza por sus hombros firmes, tirando de las solapas…
Grayson se apartó y lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.
—Odio romperte el corazón, pero…
¿Romperle el corazón?
Carl no oyó nada más. Retrocedió e, incrédulo como estaba, soltó una carcajada.
—No puedes romperme el corazón. ¡Ya lo tengo roto! —Entonces procesó lo que acababa de soltar y, a toda prisa, añadió—: Quiero decir, que no me gustas. ¡No me gustas! ¡Y esa chaqueta es mía!
Grayson volvió a abotonársela con un brillo travieso en los ojos.
—Voló directa a mi cara. Casi me caigo de la bici. El susto que me llevé… Creo que llevarla esta noche es una compensación más que justa.
Lo cierto era que Carl se había sentido muy aliviado de que lo de la chaqueta voladora no hubiera provocado un accidente de verdad. Podría haber sido serio. Mejor no tentar a la suerte; se la repondría a Jason antes de que volviera.
Así que nada, tema zanjado, había llegado la hora de largarse de allí.
—Bueno, pues me voy yendo.
—Un momento.
Carl suspiró y se preparó mentalmente para una bronca o, peor aún, para otro rechazo; ¡y él ni siquiera se le había insinuado!
Pero no fue eso lo que ocurrió. Grayson rodeó el mostrador de la panadería y volvió con el casco rojo. Lo empujó contra el pecho de Carl.
—Toma. Para que vayas seguro. Y para que dejes de acumular multas.
—Espera… ¿Cómo sabes que me multaron?
—Te vi ayer llevando a Leo a casa. No parecías muy feliz de ver al agente de policía.
—Estás en todas partes; literal —dijo Carl, dando un paso hacia Grayson, la curiosidad apoderándose de él—. ¿Cuál es tu secreto?
Grayson también se acercó, lo justo para que, al hablar, su aliento le rozara la mejilla.
—¿Cuál es el tuyo?
A Carl se le escapó una risita nerviosa, se le iba a salir el corazón por la boca.
—¿Qué quieres decir?
De verdad, ¿qué querría decir? ¿Había…? ¿Lo había pillado? ¿Sería por su pronunciación atroz de «Giuseppe»? ¿O por la poca dignidad que había mostrado escondiéndose detrás de la valla?
Grayson lo observaba con atención, con esa mirada que decía: «Te tengo en el punto de mira».
Ya estaba bien de tanta miradita.
—Siempre me miras así. —Carl le clavó un dedo en su pecho firme y duro—. ¿Seguro que no eres tú quien está colado por mí?
Grayson se echó hacia atrás, sorprendido, soltando una carcajada. Pero antes de que pudiera regalarle alguna pullita, la puerta de la panadería se abrió y Sage entró con una sonrisa tímida y una pregunta en los ojos; «¿molesto?», parecía preguntarles con la mirada.
—Os he visto salir a toda prisa. Ninguno de los dos ha comido.
En un mundo ideal, Carl habría aprovechado y se hubiera escaqueado. Pero parecía que todo el mundo ponía excusas a la pobre Sage, y él no quería ser como esa gente ni hacerle sentir que había hecho algo mal.
Con una sonrisa y un asentimiento, arrastró una silla y se dejó caer en ella. Grayson se sentó enfrente y Sage dejó en la mesa el plato que traía antes de dirigirse a la cocina.
—Empezad por los sándwiches. La quiche estará mejor calentita.
Carl, sin parar de mover el pie de los nervios que tenía encima, le dio un mordisco a un sándwich y calculó cuántos minutos tendrían que pasar antes de poder irse sin quedar mal.
Grayson seguía mirándolo.
—Podemos hablar, si quieres.
—Ah, no. Estoy bien, gracias —le contestó Carl.
—Te pasas el día cayéndote encima de mí. Nos hemos tocado en partes cuyo roce uno reserva para la tercera cita. ¿Qué daño va a hacer compartir un par de palabras?
Carl alzó la vista de golpe, intentando no recordar esas partes que se habían tocado sin querer.
—Vale. ¿Cuántos grupis enamorados tienes?
—¿Perdón?
—Ya sabes, chicos y chicas que te idolatran.
Grayson se inclinó sobre la mesa con una sonrisa ladeada.
—¿Contándote a ti o sin contarte a ti?
Carl le tiró la corteza del pan, que Grayson cogió al vuelo y se metió en la boca.
—Deberías comerte los bordes, están riquísimos —le dijo.
—¿Por qué me miras así? Siempre pareces estar juzgándome con la mirada.
—Curiosidad.
—¿Eso es curiosidad? ¿En serio?
—¿De dónde eres? —preguntó Grayson.
Un fogonazo de pánico atravesó a Carl de pies a cabeza.
—¿Qué?
—Tu acento me despista. Primero era muy muy australiano. Ahora es… como si hubieras estado viendo telenovelas kiwis sin parar.
Carl dejó escapar una risita nerviosa.
—Yo…, bueno…, lo que pasa es que… llevo tiempo practicando distintos acentos. Además de ser pianista, hago mis pinitos en doblaje.
Grayson lo miró con una ceja arqueada.