Capítulo 3 #2
Carl pensó en las madres que había conocido hasta ahora y secundó cien por cien ese estremecimiento.
—¿Y la tarta de manzana?
—¡Eso sí que es un dilema!
Carl se rio.
—¿Qué tal si te paso un poco a escondidas?
—¿Sí? ¿De verdad vas a volver?
Carl hizo una mueca, imaginándose todas las posibles preguntas musicales que le podrían hacer si se quedaba ahí fuera con esa gente.
—Estoy bastante seguro de que pronto volveré a esconderme en el baño.
—Pues yo soy muy bueno escondiéndome. ¡Te puedo enseñar los mejores rincones! —Leo se animó y salió de debajo de la mesa—. Primero encuentra a Grayson. Su tarta es la mejor. Las otras madres intentan hacerla, pero les queda demasiado ácida.
—Buscar la tarta de Grayson, entendido.
Carl se puso de pie y salió de la casa, pero no fue hasta que cerró la verja de Sage y Leo que se preguntó quién sería ese Grayson y cómo se suponía que debía encontrarlo.
No vio a Sage, pero una de las señoras mayores más amables —¿Linda?—, cuyo piano había prometido afinar, le sonrió y lo invitó a sentarse con ella en una de las mesas de pícnic de la acera.
—Pareces perdido.
—Necesito encontrar a alguien.
—Por supuesto que sí, cariño.
Carl se rascó la cabeza.
—Se llama Grayson.
—Es un joven agradable. Pero lleva su pasado a cuestas como una carga.
Eso era… mucha más información de la que necesitaba.
—¿Alguna idea de dónde puedo encontrarlo?
—Será todo un viaje.
—¿Sí? ¿Vive muy lejos? ¿Sabes cuándo llegará?
—Al final, os encontraréis el uno al otro.
Sage apareció entonces con su risa alegre, le dio un abrazo a Linda, le acarició los rizos blancos con ternura y luego le hizo un gesto a Carl como diciéndole que a la pobre se le iba un poco la cabeza.
Linda no le molestaba en absoluto; quienes sí le molestaban eran las brujas, que de repente estaban de nuevo a su lado.
—Bien, ya has vuelto. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí; hablábamos de la Sonata del trino del diablo —dijo una.
—Sí, cuéntanos —dijo otra.
—¡Sí! Por favor —comentó la tercera.
Carl comenzó a sudar bajo su elegante chaleco cruzado y tuvo que hacer una pequeña pausa para canalizar a su Jason interior: al sabio, al superprofesional, al exitoso.
Movió los dedos. Vale. A ver. La Sonata para violín en sol menor de Giuseppe Tartini, a menudo interpretada con acompañamiento de piano. Carraspeó y contó la historia que acababa de buscar en internet.
—Giuseppe Tartini soñó que hacía un pacto con el diablo: su alma a cambio de genialidad musical.
El diablo cogió el violín de Giuseppe y tocó la sonata más maravillosa que jamás hubiera escuchado el músico, que, al despertar, se apresuró a plasmar en pergamino todo lo que había escuchado en su sueño.
El trino era difícil de conseguir, a muchos violinistas les costaba, y esta sonata estaba llena de ellos.
Tan llena que así fue como llamó a la pieza, en honor al diablo que se la había dado: El trino del diablo.
—¡Fascinante! ¿Te sabes más historias musicales?
Carl se arregló la corbata.
—Tantas que no sabría por dónde empezar.
—¿Qué tal si…? —empezó a proponer una de las brujas, pero Carl señaló la jarra de limonada que había en la mesa junto a unos vasos de plástico.
—Perdón —dijo, tras carraspear—. Me duele un poco la garganta. Ya hablaremos otro día.
Salió disparado hacia la limonada y Linda le ayudó a servirla. Sage, sentada en una silla a su lado, se llevó la mano a la barbilla y lo miró con admiración.
Carl se sintió un poco culpable. Pero recordó cómo se había alegrado Sage al ver a Jason Lyall llegar a su quedada vecinal y se autoconvenció de que lo que estaba haciendo no estaba tan mal, que era incluso lo correcto, dadas las circunstancias.
—¡Grayson! —dijo Sage con entusiasmo saludando a alguien detrás de Carl.
¿Grayson el de la tarta de manzana?
Carl se giró y… se le cayó la limonada sobre el precioso chaleco de su hermano. ¡El tal Grayson llevaba puesta la chaqueta de Jason que había volado con el viento! Y no solo eso… ¡Grayson era el rescatabicis de ojos oscuros como el azabache!
Ambos se miraron y parpadearon. Carl, incrédulo, con un «¡¿en serio?
!» en la punta de los labios. El parpadeo de Grayson, sin embargo, fue más un «no esperaba menos de mi grupi más reciente».
Y encima no dejaba de mirarlo, lo examinaba de pies a cabeza, desde la corbata de seda hasta sus zapatos Oxford bien pulidos.
¡Y cómo lo miraba! Como si lo estuviera juzgando.
Y eso le molestaba muchísimo. Se negaba a que pensara que Carl era un fan más. ¡No lo era!
—¡No me gustas! —le gritó.
—¿Os han presentado? —Sage los señaló a uno y a otro con el dedo—. Grayson, Jason Lyall; Jason, Grayson Woods. Menudo trabalenguas. Déjame que coja ese plato, Grayson.
Sage cogió la tarta de manzana y la llevó a la mesa, ejerciendo por unos instantes de barrera entre ellos. Carl retrocedió, negando con la cabeza, incrédulo, mientras dos veinteañeras con vestidos negros ajustados se acercaban a Grayson.
Una le ofreció una tarjeta.
—Toma, es para agradecerte que ayudaras a mi tía a pintar la valla.
—No hay problema —dijo Grayson con una sonrisa educada.
—M-me… gustaría invitarte a cenar; para darte las gracias y eso.
Grayson se guardó la tarjeta.
—Esto es más que suficiente.
Tras decirlo, se alejó de ellas y se dirigió… ¡a él! ¡Se dirigía hacia él! Y justo cuando pasaba por su lado, se detuvo y se le acercó mucho, diciéndole al oído:
—Por cierto, Giuseppe no se pronuncia así.
A Carl le dio un vuelco el corazón y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. ¿Grayson lo había estado observando desde entonces? ¿Y él había pronunciado mal el nombre del compositor?
Mierda.
¿Por eso lo había mirado así? ¿Lo había pillado y la pantomima había llegado a su fin?
Carl se giró para ver al hombre entrar en casa de Sage, que apareció a su lado, enlazó un brazo con el suyo y, con una sonrisa, le dijo:
—Todos lo miramos así.
—¿Cuál es su problema? —preguntó Carl señalando a Grayson.
—¿Por qué nos rechaza a todos, quieres decir?
Pues no, Carl lo preguntaba en un sentido un poco más metafórico, pero Sage continuó:
—No está claro. No habla del tema, pero ha sido así desde que murió su madre y rompió con su ex. Hace dos años de eso.
Se escuchó un chirrido y el crepitar de un megáfono antes de que una voz amplificada anunciara que los números cinco, siete, nueve y once habían abierto sus patios traseros para que todos pudieran admirar sus jardines.
Tras un «oooh» entusiasmado, Sage se fue y lo dejo solo; Carl vio que una de las brujas se acercaba a él, así que cogió un trozo de tarta de manzana lo más rápido que pudo, lo envolvió en una servilleta y se dirigió a buscar a Leo.
Pero entonces, otra de las brujas empezó a caminar en su dirección —¿lo estaban flanqueando, en plan estrategia militar?
—, dejándole como única opción la casa de al lado, que, por suerte, era la número once y tenía las puertas abiertas.
Allá que fue; y emergió en un jardín impecable donde la tercera bruja estaba recibiendo a los vecinos.
Cuando lo vio, lo saludó con la mano y, a voz en grito, le pidió a su maridito —así lo llamó— que la ayudara a sacar el teclado eléctrico.
Pillado. No tenía escapatoria.
Podría confesar, decir la verdad; pero, si lo hiciera, todo el vecindario se reiría de Sage a sus espaldas.
Y a espaldas de Carl.
No, no creía que pudiera soportar eso. Así que se escabulló por un lateral de la casa hasta que vio un atisbo de tela verde entrando al jardín delantero y tuvo que retroceder.
Dio media vuelta y se adentró más en la parte de atrás, buscando un árbol detrás del cual esconderse o…
¿Y si…? La casa de Sage estaba al lado… Vale, tenía un plan.
Se guardó la servilleta que contenía la tarta de manzana en el bolsillo del pecho y, a toda prisa, porque la estridente carcajada de la bruja se escuchó demasiado cerca para su gusto, cogió impulso para saltar la valla y, ¡fiuuu!
, eso hizo, aterrizando en… unos brazos abiertos y cubiertos por una elegante chaqueta color carbón.
.