Capricornio encara a Escorpio Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

Sin embargo, volvió a ver sus ojos oscuros ese mismo día.

La primera vez, en la rotonda. Cuando Carl se detuvo en seco al ver el casco arcoíris de Jason colgando de los cables eléctricos y un coche tuvo que frenar también de golpe.

Carl dio un salto del susto; el «lo siento» se le quedó atascado en cuanto vio que se trataba de la furgoneta del rompecorazones del barrio y que dicho rompecorazones iba al volante.

El pitido que le dedicó sonó al asombro que también pudo ver en sus ojos cuando sus miradas se cruzaron al pasar con cuidado a su lado.

La segunda vez fue después de comer. Carl había salido a explorar el vecindario de su hermano a pie, pero un patinete eléctrico casi se lo llevó por delante.

Al esquivarlo, apoyó la mano contra una valla recién pintada de verde, a través de cuyos huecos se encontró con unos ojos oscuros que lo miraban parpadeando mucho y muy deprisa, incrédulos.

Carl le devolvió la mirada, y el rompecorazones de Berhampore —que estaba en cuclillas— se levantó con la brocha goteando pintura verde y, tras asomarse por la valla y sin decir ni media palabra, borró la huella de la mano de Carl.

La tercera vez, a media tarde, cuando fue al supermercado con el fin de llenar la despensa y recibió una llamada de su gemelo; Jason le contó que estaba fingiendo tener un novio falso en su nombre.

Y mientras lo escuchaba y negaba con la cabeza, el rompecorazones de Berhampore entró en su pasillo; y lo hizo en el preciso momento en el que Carl decía: «Un poco de exhibicionismo no está mal».

Y el tío lo miró como si se lo estuviera diciendo a él o lo hubiera dicho adrede para que lo escuchara. ¡Como si lo estuviera acechando!

Regresó a casa, dejó la compra, tendió una colada que se había olvidado de sacar de la lavadora y se dirigió a un bar cercano para ahogar los momentos mortificantes que esos ojos oscuros le habían provocado en cada encuentro. En serio, ¿quién era este hombre?

Cuando llegó, el camarero estaba agachado detrás de la barra desembalando una caja de sidra. Carl aprovechó para echar un vistazo a la carta de cervezas.

—¿Qué quieres?

—Una IPA… —Carl levantó la vista y dejó la frase a medias, quedándose con la boca tan abierta que incluso creyó que un hilillo de saliva se le escapó por un lado. Lo que le faltaba ya, que pareciera que estaba babeando ante toda esa belleza frente a él.

Y ahí lo tenía, ese alzamiento de ceja; seguro que pensaba que Carl era un grupi más que bebía los vientos por él.

Intolerable.

Se limpió cualquier posible rastro de saliva y espetó:

—Una cerveza, por favor.

Pagó, se fue directo a la mesa más alejada y se escondió tras un menú.

La cerveza apareció ante él; se escuchó el deslizar del vidrio sobre la superficie de madera y de soslayo vio unos dedos agarrando el vaso, pero se negó a levantar la vista hasta que estuvo seguro de que el «camarero» estaba de nuevo tras la barra.

Bien, bien; que se quedará allí, donde Carl pudiera vigilarlo y asegurarse de que no desaparecía de repente solo para reaparecer a su lado entre las sombras.

Un grupo de chicos y chicas elegantemente vestidos entró al bar y se sentó en los taburetes de la barra.

Carl se moría de ganas de apuntarlos con un dedo y decir: «¡Eso!

¡Eso es coquetear y no lo que yo he hecho!

». Pero negó con la cabeza y rezongó con la boca pegada a su cerveza.

Y rezongó un poco más al ver cómo el club de fans de la barra recibía dulces y educadas sonrisas.

Él no era como uno de esos fans, por el amor de Dios.

En una mesa a su derecha, justo detrás de una columna, había tres mujeres de mediana edad vestidas en distintos tonos de verde brindando y chocando sus copas de vino.

—Venga, chicas, bebámonos esto y vayamos a la reunión de vecinos.

¡La quedada vecinal! Carl lo había olvidado. Y probablemente eso era señal suficiente para tomar la decisión correcta y no asistir haciéndose pasar por su gemelo.

—Antes fui a recoger unos palitos de pan y vi a Sage —dijo una—. Dice que ha visto a Jason Lyall y que lo ha invitado a pasarse.

—Bueno, seguro que lo que ocurrió fue que lo vio cuando volvía a casa y le dejó un folleto en el buzón. Siempre lo exagera todo.

—Tiene que hacerlo, si no, no tendría nada de qué hablar.

—Es que es un poco lentita.

—¿Qué tipo de conversación esperas de una madre que se quedó embarazada a los quince años?

—Ahí vas a tener razón. Solo nos queda asentir y sonreír.

—Por educación. Y tampoco tenemos que hacerlo durante mucho rato, ninguna conversación le da para mucho.

—¿Entonces no le preguntamos por Jason?

Una de ellas soltó un bufido.

—No seas cruel. Sabes que Jason nunca viene a estas quedadas. No va a aparecer.

—Mirad, es que cada vez que pienso que Sage significa «sabia» o «erudita», me da la risa. No le podía pegar menos.

—Bueno, también significa «salvia», ¿no? ¿Y no se usa salvia para hacer panes? Pues eso.

Todas se rieron.

A Carl se le revolvió el estómago.

El turista que se había metido con sus revistas. Su ex casándose con Nick, el veterinario superinteligente. Su tiendita de barrio, con sus dónuts y su comida para gatetes. El «tío sin futuro» y el «callejón sin salida» que se repetían en su cabeza una y otra vez.

Aquellas mujeres riéndose de Sage a sus espaldas bien podrían estar riéndose de él.

Dejó lo que le quedaba de cerveza, se cubrió con la capucha de su camisa de franela, pasó junto al club de fans del camarero surfista y apretó los puños hasta llegar a casa de su hermano. Allí, en un nubarrón de autodesprecio, abrió de un tirón el armario de Jason.

Recién afeitado y muy bien peinado, Carl se dirigió a la quedada vecinal que organizaba Sage.

De camino hacia allí, se miró en el cristal de un escaparte y cuadró los hombros, seguro de sí mismo.

Llevaba un traje gris carbón que se le ajustaba al cuerpo a la perfección y le quedaba de maravilla con el blanco impecable de la camisa y la corbata negra. Estaba estupendo. Parecía alguien.

Pero, santo cielo, cuánto le apretaba. Sobre todo la chaqueta, en la zona de los bíceps. Quizá podría prescindir de ella; al fin y al cabo, llevaba un elegante chaleco debajo y eso ya le daba un toque distinguido.

Así que, según caminaba por la calle principal, antes de girar hacia la casa de Sage, se quitó la chaqueta; con la mala suerte de que, justo en ese momento, una fuerte ráfaga de viento de esas que había aprendido que eran típicas de Wellington le diera de lleno y la prenda saliera volando.

Intentó perseguirla, pero todo pasó demasiado rápido: la chaqueta chocó contra un ciclista que pasaba por allí a quien pareció adherirse, cubriéndole del todo la cara.

Y lo único que Carl pudo hacer fue escuchar a la persona maldecir bajo la carísima seda gris.

De hecho, no quiso ni mirar, no se atrevía; se tapó los ojos con la mano y observó entre las rendijas de los dedos cómo el ciclista trataba de quitarse la chaqueta de encima sin dejar de pedalear. Tendría que comprar otra, porque al de la bici ya ni lo veía.

Pues nada…

Giró en la esquina y avanzó hacia el final de la calle. Fue como entrar en otro universo; el atardecer lo bañaba todo de un precioso tono dorado y los vecinos allí congregados se quedaron mirándolo, boquiabiertos.

—¿Ese es Jason Lyall?

—¿El músico?

—¡Dios mío! He ido a todos los conciertos que ha dado en la ciudad.

—Ja, pues yo he ido también a los de Auckland.

—¡Necesito su autógrafo!

—Quiero escucharlo tocar.

—¡Me pregunto cuáles son sus temas favoritos!

—¡Qué dedos tiene!

—Es un prodigio.

¿Alguien acababa de llamarlo «prodigio»?

¿Y de verdad se estaban apartando para dejarlo pasar?

—Es tan reservado…, no suele prodigarse mucho.

—¿Quién logró sacarlo de su escondite?

—¿Conocerá a Sage? ¿Serán…?

—¿Cómo va a conocer ella a alguien como él?

Carl divisó a Sage al fondo, detrás del grupo, tratando de escabullirse; tenía la cabeza gacha, señal de que lo había escuchado todo.

—¡Sage! —la llamó Carl, pasando por delante a las tres pu… brujas del bar, justo cuando ella empezaba a escabullirse—. ¡Me alegro de verte de nuevo! ¿Cómo está Leo?

Sage levantó la vista y una sonrisa floreció en sus labios. Dios, qué satisfactorio fue ver a las otras madres derretirse en charquitos de asombro mientras ellos se saludaban con un abrazo y un alegre «¡hola!».

Ser Jason Lyall era embriagador.

Y eso fue durante un rato: Jason Lyall. Y sonrió a los vecinos, firmó camisetas y cuadernos, y prometió ayudar a un par de ancianas a afinar sus pianos.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Decir que no?

No era opción; lo que haría sería ir posponiéndolo hasta que regresara el verdadero Jason y Carl le dijera que ayudar era bueno para el karma.

Dejó que Sage le presentara a todos y, cuando una de las tres brujas le pidió que contara la historia tras la Sonata del trino del diablo, de Tartini, Carl se excusó diciendo que tenía que ir al baño con urgencia.

Sage lo acompañó a su casa y una vez dentro le dijo a Leo que saliera.

—¡Grayson va a traer tu tarta de manzana favorita! —le dijo al niño, que no estaba a la vista—. La ha hecho con manzanas de nuestro árbol.

No hubo respuesta y, tras unos segundos, añadió más para Carl que para su hijo:

—Quizá ya lo ha encontrado. Voy a ver.

Y salió de nuevo al jardín, dejando a Carl allí para que buscara él solo el baño; que no es que necesitara ir, pero cuando lo encontró entró de todos modos. Se sentó sobre la tapa acolchada del váter mientras buscaba historias tras algunas piezas musicales.

Al salir, vio a Leo asomándose por debajo de la mesa.

—Psst.

Carl miró hacia atrás para asegurarse de que le estaba hablando a él y, cuando al señalarse a sí mismo, Leo asintió, se acercó a la mesa y se agachó para estar a su altura.

—¿Están ahí fuera? —le susurró el niño.

—¿Los vecinos? Sí.

—¿Las otras madres?

Carl asintió de nuevo.

Leo se estremeció.

—Entonces me quedo aquí.