Capricornio encara a Escorpio Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Negó con la cabeza con vehemencia y dejó el atuendo elegido.

Vaya tontería. Que Jason se hiciera pasar por él en la víspera de la boda de su ex era una cosa, y era comprensible; por un lado, protegían el corazón roto de Carl y, por otro, Jason tenía la oportunidad de conocer a su familia biológica.

Pero fingir ser quien no era solo para creer que tenía un futuro —o un presente— brillante, lleno de amplias avenidas y sin ningún callejón sin salida, era un poco caprichoso por su parte.

Así que se puso sus propios vaqueros y una de sus camisas de franela con capucha, cogió la chaqueta roja y a Toto, y salió a la oscura y húmeda mañana.

Apenas eran las cinco, pero le encantaba madrugar.

En Aussie se solía levantar a las cuatro y media de la mañana.

No había nada como el silencio de esas horas; el aire limpio y puro; los primeros cantos de los pájaros.

Caminó bajo la luz de las farolas —todavía encendidas— y pasó por las tiendas cerradas hasta llegar a Arcoíris, el único edificio iluminado y con señales de vida.

Llamó a la puerta con los nudillos y se asomó por la pequeña ventana.

Un figura rodeó el mostrador, pero no pudo identificarla porque el cristal estaba empañado.

Entonces la puerta se abrió y su rescatabicis apareció ante él en vaqueros color carbón, una camiseta gris y un delantal del color del papel de aluminio lleno de harina.

Tenía el pelo oscuro recogido en una redecilla y los ojos —más oscuros aún— le brillaban bajo sus cortas pestañas.

Frunció los labios en una especie de sonrisa inconsciente que pareció escaparse sin su consentimiento.

—El chico que trata de evitar los problemas. —Miró los bultos rojos que Carl tenía en los brazos—. ¿Te ha costado encontrarme?

—Nah, sin problema. —Carl hizo una mueca por su elección de palabras.

El rescatabicis —y supuesto rompecorazones de Berhampore— se cruzó de brazos.

—¿Y a qué se debe esta entrega tan temprana? Aún ni ha salido el sol.

Había algo en la forma en la que lo había dicho, como si insinuara que Carl estaba loco por él y por eso había ido tan temprano, que era un acosador que se moría por sus huesos o algo así.

Como si le hubiera llegado el eco del estremecimiento que había recorrido a Carl de pies a cabeza nada más verlo.

Bueno, pues más le valía al surfista quitarse esa idea de la cabeza.

¡Y cuanto antes! Él no podía controlar esos estremecimientos.

Y eran solo físicos; una respuesta involuntaria y automática.

Había una única razón por la que Carl estaba ahí:

—Como suelen decir, a quien madruga…

Carl fue a dejar las cosas en la mesa del interior —quería evitar todo contacto con ese delantal lleno de harina y acabar con la visita cuanto antes—, pero no se dio cuenta de que había un pequeño desnivel en la puerta, se tropezó y le hizo una especie de placaje al rescatabicis, que cayó al suelo de espaldas.

«Guau». Carl notó otra de esas descargas eléctricas involuntarias.

El casco y la chaqueta salieron disparados por el suelo de madera mientras ellos caían en un enredo de brazos y piernas. Ambos soltaron una especie de jadeo ante el golpe; Carl cerró los ojos mientras despegaba su mejilla de la entrepierna del surfista.

—… Dios lo ayuda —terminó de decir, muerto de vergüenza.

El rescatabicis soltó una breve carcajada e intentó sentarse mientras Carl trataba de separarse de él y… sus frentes chocaron en un sonoro «pum» y volvieron a caerse al suelo, los labios de ambos entreabiertos para dejar salir sendos quejidos.

Se quedaron helados, suspendidos en el tiempo unos instantes, conmocionados ante lo cerca que estaban, cómo sentían el aliento del otro en la piel…

Unos ojos oscuros se encontraron con los de Carl, que lo miró con atención; tenía pecas en la comisura de los ojos y eso hacía que sus pestañas parecieran más tupidas.

Había algo en él, la forma de las cejas, algo… , que le resultaba familiar.

Carl notó una mano contra el pecho, empujándolo, y aunque le costó lo suyo, logró separar sus caras y hacerse a un lado.

—Este umbral tiene un peligro…

—¿Seguro que el que tiene peligro es el umbral?

Antes de llegar, Carl había pensado que podría preguntarle cómo se llamaba y sugerirle ir a tomar algo para agradecerle el rescate de la bicicleta, pero había descartado del todo la idea.

Normal, después de haberlo vapuleado de esa forma.

Lo último que necesitaba era que se malinterpretara lo que acababa de ocurrir.

¡Que nadie creyera que Carl tenía segundas intenciones!

Se puso de pie de un salto, recolectó todas las cosas rojas que había traído consigo, las dejó en una mesa y, tras agradecerle «sus servicios» al tipo y darse una palmada en la frente porque estaba sembrado, se fue de Arcoíris con intención de no regresar jamás.

Si era necesario, Carl haría su propio pan en casa.

También haría magdalenas. Y la crema para decorarlas.

No necesitaba volver a ver esos ojos oscuros y recelosos jamás de los jamases.