Capricornio encara a Escorpio Capítulo 2 #3
9%

Capítulo 2 #3

Carl se puso la chaqueta y el casco recién bautizado como Toto, encontró uno de sus zapatos y decidió que así se apañaría.

Por lo menos la chaqueta era calentita. Y cómo olía…

No podía parar de inhalar e inhalar el agradable aroma a aftershave que se había adherido al cuello de la prenda.

El casco también le quedó bien una vez que se ajustó la correa bajo la barbilla, aunque quizá se la había apretado demasiado, porque empezaba a molestarle.

Trató de dejar de pensar en el propietario del casco. El hombre era una belleza, pero también un poco… distante. En serio, ¿tanto le habría costado llevarlo? Si estuvieran en Tasmania…

Bueno, tenía problemas más gordos que ese.

Carl frenó de golpe, quemando rueda y todo, cuando un niño rubio empezó a cruzar la calle sin mirar.

El chico, que estaba llorando, retrocedió a toda prisa y se disculpó, pero a Carl le preocupaba más otra cosa: las lágrimas que no paraban de caerle. Así que se detuvo a su lado y le preguntó si estaba bien.

El niño parecía asustado.

—Me ha picado una abeja.

—Mierda —dijo Carl tratando de idear un plan a toda prisa, parar a alguien que pasara por allí y que llamaran a una ambulancia—. ¿Eres alérgico?

—N-no —dijo entre lágrimas—. Pero me duele. Y quiero irme a casa sin que mis compañeros me vean así. Los chicos no… lloran.

—Ay, no, pequeño, eso no es verdad. Los chicos pueden llorar cuando les dé la gana. ¿Dónde vives?

—En B-Berhampore.

Treinta minutos andando o cinco en la parte de atrás de la bici. Carl se quitó a Toto, el casco rojo, y se lo puso al niño.

—Venga, sube. Te llevaré a casa lo más rápido que pueda.

El niño se subió a la parte de atrás y se agarró fuerte a él hasta que llegaron a su destino.

Le dio las gracias y se dirigió a su casa con el casco aún puesto.

Justo en esos momentos, un policía dobló la esquina y se dirigió hacia él.

Carl sabía por experiencia lo que esa mueca y ese pavoneo significaban.

Así que bajó la cabeza y apretó los dientes.

No llevaba casco, así que sabía lo que se venía: multa al canto.

Parecía que su propósito de no meterse en líos no había tenido mucho éxito.

Cuando se puso en marcha de nuevo, tirando de la bici colina arriba, alguien a su espalda le gritó que esperara; Carl se giró para encontrarse con una mujer joven y rubia, y supo nada más verla que estaba emparentada con el niño.

Y si el color de pelo no hubiera sido prueba suficiente, ver el casco rojo que llevaba en la mano lo terminó de confirmar.

—Gracias por traer a Leo a casa. —La mujer le dio unos golpecitos a Toto y luego señaló su chaqueta roja—. Pero tú no trabajas en Arcoíris.

¿Arcoíris? ¿Sería ahí donde trabajaba el surfista rescatabicis?

—¿Y cómo lo sabes?

Ella se rio y señaló en diagonal al otro lado de la calle, hacia la fachada roja y brillante de una pastelería en la que Carl nunca se había fijado.

—Porque yo sí trabajo allí.

Vaya, vaya.

—¿Y conoces a un chico alto? —le preguntó Carl tras una breve explicación sobre cómo había acabado con parte del uniforme de reparto y cómo había ayudado a Leo, su hijo, según le dijo ella, a volver a casa.

Carl cogió a Toto cuando la mujer se lo tendió y añadió:

—Es más o menos de mi edad. Surfista.

La mujer sonrió y, al hacerlo, se le ilumino toda la cara.

—Ah, te refieres al rompecorazones de Berhampore. No sales mucho, ¿verdad? Mañana le toca hacer el primer turno de la mañana.

¿Rompecorazones? Era guapísimo y sin duda consciente de ello; también era un poco frío, distante… Sí, le pegaba.

—Así que es un rompecorazones, ¿eh?

Ella soltó una risita.

—Ya verás, ya.

—Solo quiero devolverle la chaqueta y el casco.

—Eso es lo que dice todo el mundo.

—¡Mamááá! —gritó Leo desde el otro lado de la valla—. Te has dejado el fuego puesto y esta mermelada no me está haciendo nada.

Carl se rio entre dientes.

—Quiere decir miel, ¿no? La cebolla también ayuda.

—¡Miel, eso es! Sabía que era eso o mermelada, pero dudaba. —La mujer salió corriendo hacia su hijo, disculpándose—. Tengo la cabeza llena de paja.

Carl le dijo adiós con la mano y la jovencísima madre de Leo le devolvió el gesto, gritando:

—Por cierto, hay otro motivo por el que sé que no trabajas en Arcoíris.

—¿Y cuál es?

Porque una panadería era el tipo de trabajo por el que Carl se decantaría.

—Porque eres Jason Lyall, ¿verdad? ¿El genio del piano? ¿Ese en el que todas las madres quieren que se conviertan sus hijos?

Jason. Genio.

Carl suspiró y dejó caer la cabeza, lo que debió ser interpretado como un asentimiento, porque la madre de Leo dio un gritito de felicidad.

—¡Lo sabía! He visto las fotos que se publicaron de tu último concierto.

—No, espera…

La chica aplaudió mientras Leo le tiraba del codo para recordarle que seguía allí y que aún tenía pupa.

Ella caminó hacia la casa con su hijo, pero sin apartar la vista de Carl.

Lo miraba con ojos enormes y asombrados; y…

tenía que reconocerlo, ver que alguien lo miraba así hacía que se le acelerara el pulso.

Había tanta adoración en esa mirada… Y era una sensación muy agradable.

Carl suponía que incluso podía llegar a ser algo adictivo.

—Mañana tenemos la reunión de vecinos de la calle —dijo ella—. Por favor, por favor, ven. El resto de madres se volverán locas si logro que te pases. ¿Lo harás?

Pues claro que no iba a ir.

¿O sí?

A la mañana siguiente, seguía debatiendo si debía ir o no mientras, muy temprano aún, se sacudía el pelo todavía mojado de la ducha y se dirigía al armario de Jason.

Había guardado su ropa en un par de solitarias baldas en una esquina: sus vaqueros holgados, sus camisetas de algodón y las supersuaves camisas de franela que le gustaba ponerse encima.

El resto del espacio estaba ocupado por los impecables trajes de su gemelo, chaquetas de cola, elegantes chaquetas deportivas, vaqueros ajustados y camisetas más ajustadas aún.

Santo cielo, hasta su armario parecía haber triunfado en la vida.

Cogió una camisa, una corbata, un chaleco y los pantalones que estaban colgados en la misma percha e iban a juego. Se puso la camisa contra el pecho, aún húmedo, y pensó en que una de las cosas buenas de que su hermano y él fueran gemelos era que sabía que la ropa le serviría.

¿Y si…? ¿Y si pretendía ser su hermano solo unos días, solo hasta que volviera a casa?

Ya estaba allí, en ese chalé de ensueño, con esos trajes elegantísimos y vinos caros.

Tenía un piano de cola y un jardín trasero precioso.

Podía ser Jason mientras Jason era Carl.

Además, se le daba bien el acento kiwi. Podría pasar por un lugareño más, vivir como si todo aquello fuera de verdad suyo.