Capricornio encara a Escorpio Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

El vestíbulo era un ejemplo perfecto de lo diferentes que eran su hermano y él.

Puede que fueran gemelos y tuvieran la misma altura, los mismos ojos azules, la nariz respingona y una sonrisa con hoyuelos; y puede que también compartieran un pequeño lunar en la mandíbula y un dedo del pie hiperflexible. Pero ahí acababan sus similitudes.

Solo había que ver el vestíbulo. Estaba lleno de premios musicales; relucientes, enmarcados.

Veinte años de premios que empezaron en su infancia y se extendieron hasta la adultez.

Era famoso; en ciertos círculos, al menos.

Había triunfado. Su carrera lo había llevado a viajar por todo el mundo, a tocar ante grandes audiencias, a que el público lo ovacionara.

Carl se pasó una mano por la nuca y se rio.

De forma un tanto torpe, se dirigió hasta el piano de cola que había en el salón y se dejó caer en la banqueta.

El atril estaba hasta los topes de partituras —del concierto de un tal Schulhoff— y entre páginas y notas musicales, encontró algo que sí podía leer: una de sus revistas.

Antes de que Jason se fuera a Oz a hacerse pasar por él, Carl le había leído el horóscopo.

Pero, en un intento por mantenerse entero, no había leído el suyo propio.

En esos momentos se sentía muchas cosas, pero entero no era una de ellas; ni siquiera estaba a la mitad de su capacidad, aunque, ya, qué más daba…

Abrió la revista y vagó por la casa hasta el dormitorio principal, donde se quitó su inseparable camisa de franela y se tiró en la cama.

Fue directo a la página que quería y leyó… Luego lanzó la revista a un lado apuntándola con un dedo acusatorio y diciendo:

—Lo que dices no tiene rigor periodístico alguno, al final va a ser verdad y no tienes integridad.

A la mañana siguiente, creyó que la cabeza le iba a explotar.

A explotar de verdad, de forma literal. Lo que no estaba claro era si se debía a toda la cerveza que había bebido la noche anterior o al millón de vueltas que le había dado a lo que había leído en su puñetero horóscopo: «Puede que capricornio haya confundido una amistad con algo más y que ahora se resienta por no haber visto las señales a tiempo.

Pero ha llegado el momento de encarar las consecuencias.

Surgirán nuevos lazos por el camino y aprenderás de lo vivido; lo notarás en el corazón, en la mente y en el coraje que encierra tu espíritu».

Carl levantó uno de los muchísimos cojines sobre los que se había quedado dormido y ahogó un gruñido contra el suave plumón.

Y, como si fuera una señal del destino o algo así, en esos momentos lo llamó su hermano gemelo.

Jason sonaba sin aliento mientras le hacía preguntas sobre su vecino en Tasmania, un policía que vivía jardín con jardín con él.

—Me da la impresión de que eres bastante famoso en la comisaria. ¿O en vez de famoso debería de decir «infame»?

—Bueno… —Carl hizo una mueca—. Puede que haya sido el protagonista de algún que otro tuit…

Respondió a las preguntas sobre el vecino poli en piloto automático, su mente aún revolcándose en el «tío sin futuro» como si fuera el estribillo de una mala canción.

—Y él parece tan molesto como yo cada vez que me multa. O cuando me pone alguna sanción con la bici; o cuando me pilla con alguna cerveza en un sitio público. —«Como ayer», pensó Carl—. Bueno, ya me entiendes… Puede que tenga un problemilla siguiendo las normas.

Y esa sería su nueva misión: nada de meterse en líos.

Aunque su hermano gemelo —que sí seguía las reglas a rajatabla— también parecía estar metiéndose en líos mientras se hacía pasar por Carl en su ciudad natal. Fingir ser alguien que no eras —aunque esa persona fuera físicamente idéntica— era más complicado de lo que parecía.

El agarre de Carl sobre el teléfono se hizo más fuerte.

Aquello no podía acabarse antes incluso de haber empezado.

No podía enfrentar las consecuencias. No podía encarar a Pete, el crío que había sido su amigo desde que tenía uso de razón.

La persona con la que más cómodo se había sentido en la vida.

Pete, el que se iba a casar con Nick. No, no tenía agallas para volver a Tas, al menos hasta que se celebrara la boda. O nunca. ¿No podía fugarse sin más?

Cuando Jason le aseguró que no, que la pantomima no se había acabado, Carl respiró aliviado y colgó con el ánimo más ligero.

Se levantó de la cama y, cuando comprobó que no le dolía el pie, se dirigió al cobertizo a coger la bicicleta y el casco color arcoíris que Jason guardaba allí.

Le gustaba desconectar, dejar atrás el móvil o cualquier otra distracción y sentir el viento en la cara.

Así que pedaleó y pedaleó cuesta abajo hacia Island Bay y giró a la izquierda para seguir la carretera de la costa.

Los surfistas se habían reunido en Houghton Bay, el mar brillaba en tonos turquesas y azules oscuros antes de romper en olas blancas en la orilla.

Era un sitio perfecto para darse un chapuzón y las bermudas que llevaba eran de un material similar al de un bañador, así que le valdrían.

Se quitó la camisa de cuadros, la camiseta que llevaba debajo y metió los calcetines dentro de las zapatillas. Lo dejó todo junto a la bici, que apoyó en el paseo, al lado de un banco.

El agua estaba helada, y solo había logrado meterse hasta la cintura cuando escucho los gritos y las risas de unos niños; se giró hacia el sonido y…

—¡Eh! —gritó.

Pero su grito cayó en saco roto —o en oídos sordos— y los gamberros salieron pitando con su bici; uno pedaleando y el otro subido a la parte de atrás.

Un surfista que estaba cerca, quitándose el traje de neopreno empapado en la parte de atrás de su camioneta, fue testigo de lo que ocurría y salió corriendo —descalzo y a pecho descubierto— tras los adolescentes.

Gritó algo que Carl no pudo entender y que fuera lo que fuera hizo que los niños se bajaran de la bicicleta, la dejaran tirada a un lado de la carretera y salieran huyendo.

Carl salió del agua, la arena haciéndole cosquillas en las plantas de los pies y los tobillos, y observó al surfista caminar por el paseo con la bici a su lado.

Llevaba el traje de neopreno gris a la altura de las caderas y tenía un torso perfecto de músculos marcados que parecían brillar bajo las gotas de agua que se acumulaban en su piel desnuda.

Caminaba tranquilo, con paso desenfadado, exhibiendo un físico que solo podía describirse como…

«para tener este cuerpo hay que currárselo mucho».

Y habría que currárselo mucho, sí, pero vaya cuerpo; era difícil apartar la vista de él. ¿Cuántos transeúntes, en su bendita inocencia, se habrían apuntado al gimnasio tras ver semejante espectáculo?

Carl ignoró la voltereta de deseo que notó en la tripa y subió los escalones con una sonrisa. El salvador de su bicicleta la dejó justo donde había estado y luego se sacudió el pelo oscuro y mojado como si estuviera rodando un anuncio de champú. Y, si lo estuviera haciendo, sin duda vendería mucho.

El surfista lo miró y, cuando parecía que estaba a punto de apartar la vista, volvió a fijar la mirada en él y parpadeó.

Era comprensible; uno de ellos era un galán rompecorazones y el otro un tío con un bañador improvisado de un color tan natural que seguro que parecía que no llevaba nada.

Luego, si uno se fijaba bien, era evidente que todo estaba tapadito y bien puesto en su lugar, y la castidad de quien lo viera, a salvo.

—Gracias.

El surfista rescatabicis ladeó la cabeza y fijó sus ojos oscuros en él; a Carl la tripa le hizo piruetas.

—No habrás visto un casco de colorines, ¿no? O mi ropa. Pequeños demonios.

El ceño fruncido del surfista se hizo más profundo y negó con la cabeza como si tratara de deshacerse de un pensamiento intrusivo.

—Se han llevado el casco.

—¿Qué les has dicho para lograr que dejen la bicicleta?

—Se han dado cuenta de que se meterían en un lío aún mayor si no lo hacían. Conozco a sus madres. La próxima vez, ponle un candado. Al final el casco aparecerá, ya verás.

El surfista empezó a caminar hacia la camioneta y Carl lo siguió; estaba acostumbrado a vivir en un pueblo donde todo el mundo se conocía y era amigable.

—Por casualidad no irás a Berhampore, ¿no?

No puedo ir en bici sin mi casco, esta mañana vi que había policía por la zona —Carl se inclinó hacia el rescatabicis, que en esos momentos metía la mano en la camioneta, sacaba una toalla y se la ponía alrededor del cuello—.

Estoy probando una cosa nueva que se llama «no meterme en líos».

Se escuchó una risa amortiguada por la toalla, con la que en esos momentos el surfista se secaba la cara.

Carl miró la bici que casi le roban y luego bajó la vista hacia sus pantalones empapados.

—Como puedes ver, me está yendo muy bien. ¿Puedo meter la bici en la parte de atrás de tu camioneta?

El surfista rescatabicis metió la mano en dicha parte trasera y sacó un casco rojo brillante y demasiado grande. Luego sacó una chaqueta también roja y presionó ambas cosas contra el pecho de Carl.

—Ya está, solucionado —le dijo.

Carl solo pudo parpadear mientras veía cómo el chico se subía en el asiento del conductor. Suspiró, dio unas palmaditas sobre el casco brillante y dijo en voz alta:

—Toto, me temo que ya no estamos en nuestro pequeño pueblo de Tasmania. —Luego, más alto, añadió—: ¿Cómo te devuelvo el casco y la chaqueta?

El chico se limitó a sacar la mano por la ventana y a agitarla en una especie de despedida. Instantes después, el motor rugió y la camioneta desapareció por la carretera.