Capricornio encara a Escorpio Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

En un banco medio roto, en un saliente con vistas a Wellington, Carl se bebió la sexta de las latas de cerveza que había traído con él en una mochila mientras la ciudad se vestía de luces nocturnas y el cielo frío y neblinoso se oscurecía.

Tenía las manos entumecidas y deseaba que el resto de él se entumeciera de la misma forma; porque lo que se le había metido en el pecho no dejaba de apretarle, de retorcerse, de rugir.

No podía regresar; nunca lo haría. No podía volver a ser Carl Birch, un fracasado sin perspectivas de futuro y con tendencia a acumular multas.

Tras terminarse la última cerveza, metió las latas vacías en la mochila, se levantó, se puso la capucha de su sudadera de franela y dejó que el aire lo empujara hacia el borde del saliente.

Al oír el crujir de la gravilla a su espalda, suspiró, y el vaho de su respiración se convirtió en una pequeña nube, como un nuevo camino formándose ante él.

Extendió los brazos todo lo que pudo. Wellington; un lugar nuevo mucho más grande que Earnest Point; un lugar donde nadie lo conocía. Un lugar nuevo donde no tenía que ser el padrino de boda de Pete. Un lugar nuevo donde… ¿Podría de verdad empezar de cero?

—No saltes.

La voz era profunda y tranquila. Carl se dio la vuelta, mareado y con el pulso acelerado, para ver que una figura cubierta con una capucha gris se acercaba a él.

El hombre, bañado por la luz de la luna, parecía resplandecer en la niebla que lo cubría todo.

Irradiaba fuerza, prisa, determinación; y Carl notaba cada uno de sus pasos en la tripa.

Lo único que le faltaba a ese momento era que la figura borrosa tuviera una capa.

Se le escapó la risa al pensarlo y…

Perdió el equilibrio.

Carl no era de los que se tropezaban al ver a un hombre sexi, pero, al tratar de estabilizarse, pisó mal y se resbaló.

Todo pasó muy rápido. Gritos —suyos, de otra persona—, unos pies patinando en la tierra —los suyos— y, de repente, se vio tratando de sostenerse, la mano ardiéndole por la fuerza con la que se agarraba a una rama y trataba de apoyarse en los arbustos y trepar.

Quería empezar de nuevo, sí; pero con eso no se refería a morir y reencarnarse. Le gustaba su cuerpo. Y su cara. Prefería mantenerlos, por favor y gracias. El problema era su interior, la esencia.

Unos brazos extendidos hacia él, unas manos fuertes rodeándole los bíceps, un destello de un ceño fruncido por encima del precipicio y un gruñido. Esas fueron las cosas que fue capaz de percibir a través de la neblina que le nublaba el juicio.

—Tranquilo, te tengo —le dijo una voz grave y profunda que, tras una pausa y en un tono un poco desesperado, añadió—: Esta vez sí.

Entre los intentos de trepar de Carl y la ayuda del desconocido, logró agarrarse al borde del precipicio y, con un tirón final, pudo apoyarse en una rama y subir; pero el impulso lo lanzó de bruces contra su salvador y ambos se cayeron al suelo, ya firme y seguro.

Durante unos buenos veinte segundos, el corazón de Carl latió desbocado, la adrenalina abriéndose paso a través del alcohol. Tenía un cuerpo atrapado bajo el suyo. Un cuerpo duro, masculino, que respiraba con dificultad.

—¿Estás bien? —preguntó el desconocido tras un gruñido.

—Sí, tío. Gracias.

Carl rodó hacia un lado; su salvador cogió aire y comenzó a incorporarse, tirando en el proceso la mochila que descansaba en el banco.

Una de las latas vacías se salió por la cremallera medio abierta y el desconocido la recogió mientras Carl decidía que era mejor no levantarse muy de golpe, que esperaría hasta que el mundo dejara de dar vueltas.

«Dios, qué mareo».

Hizo un esfuerzo y abrió los ojos para poder fijarse en su héroe.

Era alto y llevaba puesta la capucha de la cazadora; tenía la boca y la nariz cubiertas por una bufanda en tonos plateados brillantes, y aunque Carl trató de descifrar cuál era el patrón de los dibujos en la prenda —¿pajaritos?

, ¿peces?—, no lo logró. Lo que sí logró ver a pesar de estar borracho y de no distinguir con nitidez al hombre, que llevaba casi toda la cara cubierta, fue la mueca de desagrado en su rostro.

Desagrado y recelo, los ojos oscuros del desconocido parecían recorrerlo de pies a cabeza con desconfianza. Mucha desconfianza.

—¿Estabas bebiendo? ¿De noche, en la montaña? ¿Eres idiota o qué?

El tío, además de mirarlo con sospecha, también parecía verlo tal cual era, porque, efectivamente, no había sido su idea más brillante.

—Ahí le has dado, soy idiota; o, como dicen en mi tierra, duro de mollera.

Su salvador metió la lata de nuevo en la mochila y cerró la cremallera, murmurando algo sobre los turistas.

—Venga, vamos a bajarte de esta montaña.

Carl hizo un gesto con la mano, como diciéndole que no hacía falta. Ya se había puesto en evidencia lo suficiente.

—No estoy tan mal. Puedo bajar yo solo.

Cuando la oscura mirada de su rescatador lo recorrió de arriba abajo una vez más, Carl lidió como pudo con el inoportuno escalofrío que le sobrevino y se puso de pie.

—¿Ves?

Se colgó la mochila al hombro, se despidió de Bufanda Plateada llevándose los dedos a la frente en una especie de saludo militar y, con toda la elegancia y dignidad que pudo reunir dado su estado, pasó junto a él y se dirigió al empinado sendero de tierra que lo llevaría montaña abajo.

Lo de «elegancia» era un decir, claro; tan pronto como creyó que el desconocido ya no lo veía, su paso se convirtió en renqueo; los trompicones que iba dando hacían que la cabeza le martilleara y las piernas le flaquearan.

Al llegar a una curva, en un tramo especialmente rocoso, se tropezó y no pudo evitar el grito que se le escapó.

Se detuvo a frotarse el tobillo y, entonces, su héroe de bufanda plateada se materializó a su lado en una nube de polvo.

Comprobó el pie de Carl a la luz de su móvil; llevaba unos guantes de lana que le cubrían hasta los nudillos y, con las yemas de los dedos descubiertos, lo tocó con suavidad, enviando una punzada de frío que hacía un efecto extraño con la caricia de la lana de los guantes.

Cuando le soltó el pantalón, que había mantenido levantado durante la exploración, Carl notó el roce de la tela contra el músculo dolorido.

—Parece que está bien, pero, por si acaso, te llevo; súbete a caballito —le dijo su salvador mirándolo con toda la fuerza de sus ojos oscuros.

—No creo que… —Carl se volvió a resbalar al intentar ponerse de pie—. Vale, me parece bien.

Se subió de un salto a su espalda y el movimiento fue recibido con un jadeo y con lo que podría haber sido una pequeña risa, pero era difícil asegurarlo ya que lo único que veía era la amplia espalda del desconocido.

A él, sin embargo, sí se le escapó la risa al verse pegado contra su salvador plateado.

Fue una risilla tonta que murió en el mismo momento en el que su héroe se puso en pie y a él le dio un vuelco la tripa.

Unas manos seguras le agarraron los muslos y lo recolocaron unos centímetros más arriba; Carl rodeó las finas caderas del hombre con las piernas.

—Me encargaré de que llegues abajo sano y salvo.

A Carl le llevó unos instantes responder porque se sentía… aturdido. Por el alcohol, sin duda.

—Tienes un gran corazón, amigo.

—No es una cuestión de corazón, sino de responsabilidad social.

—Pues ahora mismo podrías quejarte de lo mucho que pesa tu responsabilidad social. Literalmente.

Eso fue recibido con una risa amortiguada contra la bufanda que le cubría la boca. Carl se pegó más a la espalda de su salvador y cerró los ojos contra su hombro duro y firme, posición en la que se mantuvo durante los quince minutos que duró el trayecto a caballito.

—Eres fuerte.

—Y tú afortunado. La gente hace cola por una oportunidad así.

—¿Hacen cola para poder montarte?

Bufanda Plateada se rio entre dientes, bajó las manos por la cara externa de los muslos de Carl hasta sus rodillas y lo recolocó de nuevo, subiéndolo otro par de centímetros. La repentina fricción hizo que Carl cambiara de tema a toda prisa.

—Bueno, sea como fuere, ¿por qué estabas tú haciendo senderismo en la oscuridad? —Sonrió—. ¿Tú también eres idiota?

—La gente debería ser más precavida. Eso es lo que quise decir. No tendría que haberte llamado idiota.

Carl suspiró.

—No pasa nada. Un poco idiota sí estaba siendo.

—Si hubieras tenido un accidente, si te hubieras caído por el precipicio… Piensa en todas aquellas personas que hubieran sufrido, esas personas a las que podrías haber roto el corazón. Lo único que digo es que tienes que tener cuidado. Por ti; pero también por ellas.

—Suenas… —Carl levantó la cabeza y la apoyó en el otro hombro—. ¿Acaso a ti te han roto el corazón?

Su héroe se detuvo; pero fue solo un momento, un parpadeo antes de reanudar la marcha e ignorar la pregunta.

—Lo pregunto porque me parece a mí que te tomas esta responsabilidad social demasiado en serio.

—¿Preferirías que te hubiera dejado colgando del precipicio?

Carl se rio entre dientes, pero su risa se tornó jadeo cuando, de forma repentina, fue depositado en el banco de una parada de autobús.

Su salvador le puso en la mano una tarjeta roja de transporte público, dio media vuelta, y él y sus botas grises desaparecieron en la noche.

La cosa era que Carl no necesitaba coger el autobús para volver a casa; el chalé de su hermano estaba, literalmente, a dos minutos calle arriba.

Pero en esos momentos se sentía demasiado cansado para explicar todo aquello.

Lo que sí hizo fue gritar a la estela que el desconocido había dejado tras él:

—Creo que sí que tienes el corazón enorme, te debo una.

Cuando recuperó el aliento —del esfuerzo extremo que había supuesto que alguien bajara la montaña con él en brazos—, se arrastró hasta la casa de su hermano, un chalé con un jardín de colorida lavanda. Respiró hondo en el porche antes de entrar en su interior prístino y espacioso.