Capricornio encara a Escorpio Capítulo 1
2%
Capricornio encara a Escorpio

Capricornio encara a Escorpio

Por Anyta Sunday

© inepub.com

Capítulo 1

Capítulo Uno

Carl jamás hubiera pensado que alguien se referiría a él como «tío sin futuro»; pero eso había oído decir a un turista, molesto porque su sección de revistas carecía de integridad periodística. Y ahora no se lo podía sacar de la cabeza.

«Vaya tío sin futuro; como una de esas calles que no llevan a ningún sitio», había dicho.

¿Acaso un tío sin futuro tendría su propia tienda de autoservicio?

No, ¿verdad? Tenía gran cantidad de bebidas refrigeradas y productos frescos, había un pasillo entero destinado a pan y cereales, comida rápida para llevar, cientos de cosas para el baño y la cocina, y todo lo que alguien que tuviera una mascota pudiera necesitar, desde gotas antipulgas hasta casetas de perro extragrandes.

¿Tío sin futuro? ¿Callejón sin salida? ¡Pero si era lo más parecido a un héroe que tenía su pueblecito de cotillas!

¿Cuántas tartas de cumpleaños se habían hecho gracias a él y a sus huevos recién salidos de la granja?

¿Y cuán tristes estarían los perspicaces y diligentes policías de Earnest Point sin sus dónuts de crema?

Y que los agentes de policía estuvieran contentos beneficiaba a todo el pueblo.

Sobre todo al propio Carl y a aquellos que como él, de vez en cuando, aparcaban la bicicleta demasiado cerca de una boca de incendios, o circulaban un poco demasiado deprisa por la acera, u olvidaban ponerse el casco, o dibujaban en la propiedad pública; aunque si pintar un gatito en una farola hacía que una niña pequeña con coletitas dejara de llorar, el acto estaba totalmente justificado.

Un tío sin…

Negó con la cabeza y siguió pasando las páginas de la revista que estaba ojeando hasta llegar a los horóscopos. ¡Ahí lo tenía! Capricornio era el tío con más futuro de todo el zodiaco. Era práctico, decidido, trabajador, protector…

A ver, ahí decía cuáles eran los trabajos más adecuados para un capricornio.

Contable, lo cual era cierto, él solito llevaba las cuentas de la tienda y las actualizaba cada mes con un boli de esos de cuatro colores y un subrayador.

Abogado… Sí, también; con la de veces que se había librado de que le pusieran una multa, bien podría ser abogado, sí.

Vigilante en un instituto… Pues sí; siempre estaba controlando a los niños que iban a la tienda e intentaban llevarse los bolsillos llenos de piruletas o a quienes, con apenas pelusilla en el bigote, trataban de comprar cerveza.

Que era como Sísifo, decía el horóscopo. Qué graciosos. Pero lo cierto era que había llevado la tienda desde los dieciocho años, o sea, ocho añazos enteros ya, y seguro que se encargaría de ella durante otros ochenta.

Nada de lo dicho con anterioridad hacía pensar en una calle sin salida.

Y lo de la integridad periodística… A ver…

¿Quién querría leer las noticias tal y como estaba el mundo?

Era deprimente; sin embargo, sus revistas beneficiaban a todos porque versaban sobre temas prácticos como agricultura, caballos, jardinería, comida, moda, entretenimiento.

Carl estaba protegiendo a sus vecinos de Earnest Point, ¿y no era eso lo que hacían los capricornio?

Ser protector era una de sus principales cualidades.

Pero no era solo que tuviera estabilidad laboral y que fuera su propio jefe, también tenía amigos, familia.

Salía de vez en cuando a tomar una cerveza con colegas, visitaba de forma habitual a su tía (que fingía ser su madre) y quedaba muy a menudo con su madre (que se hacía pasar por su prima).

¿No era todo una auténtica locura? Como para que alguien dijera que era un tío sin futuro.

—Menuda sandez.

—¿Qué es una sandez?

Carl alzó la vista y se encontró con su prima (que en realidad era su madre, pero ella no sabía que Carl lo sabía, y si dependía de él, no lo sabría nunca), que se acercaba vivaz, colorida y con los labios perfectos.

Le dio un sonoro beso en la mejilla, justo en el hoyuelo que a Carl le salía al sonreír, y le quitó la revista de la manos.

—Uy, mira, este trozo promete: «los capricornio solteros verán aumentado su deseo de tener una relación seria y permanente».

—Dejó la revista en el mostrador y desvió la vista hacia la izquierda.

Se le iluminaron los ojos—. ¿Qué hace aquí esta caseta de perro?

¿Y a qué se debe el enorme lazo que la rodea?

Carl sonrió. Porque esa era otra: no solo tenía la tienda, amigos y familia. También tenía… ¡un novio!

Se dirigió a la caseta, le dio unos golpecitos al techo —imitación de cerámica de la buena— y señaló el interior.

—Mi futuro.

—¿Tu futuro está en una caseta de perro?

—Exacto.

Carl sonrió y le hizo un gesto con la mano, animándola a entrar y comprobar lo bien que había quedado.

Ella salió dando brinquitos y le chocó los cinco de la forma en la que siempre solía hacerlo: una palmada seguida de un chasqueo de dedos.

—Es mucho más original que una cajita de terciopelo.

Carl se pasó las manos por el pelo.

—Quiero sorprender a Pete cuando vuelva de la universidad. Llega en un rato. La distancia se me ha hecho bola, estoy listo para que nos vayamos a vivir juntos. La semana pasada me dijo que no sabía dónde iba a quedarse cuando volviera y esto lo resuelve; se puede mudar conmigo.

—¡Aydiosmío! —Dio un gritito y le rodeó el cuello con los brazos. Luego volvió a gritar otra vez e hizo un gesto con el dedo hacia las puertas correderas.

Pete, recién bajado del autobús, en vaqueros y una de sus típicas camisetas frikis, se acercaba a la tienda arrastrando la maleta.

—Me voy —dijo ella—. Según salgo te cambio el cartelito de la entrada y lo pongo por el lado de «Cerrado».

Al salir, saludó de forma risueña a Pete, que le devolvió el saludo y le dedicó una sonrisa. Carl llevaba siendo testigo de esa sonrisa desde que tenían tres años y hacían de las suyas en la guardería. Veinte años después, no se cansaba de verla.

Saltó por encima del mostrador, tirando la revista abierta al suelo en su entusiasmo por llegar a él, y envolvió a Pete en un enorme abrazo antes de apartarse un poco para poder mirarlo con atención, cosa que hizo mientras le frotaba los brazos arriba y abajo.

Estaba algo más flaco que de costumbre y tenía aspecto cansado, como si hubiera perdido su brillo habitual.

—¿Estás comiendo bien? —le preguntó.

—He estado muy liado. Sobre todo este último semestre.

Eso explicaba por qué sus llamadas se habían reducido. Carl lo apuntó con un dedo en un gesto acusatorio, pero era de los que entendían la importancia de poner límites, de dar espacio a quien lo necesitaba. Pete había estado estresado y se había centrado en estudiar, y eso estaba bien.

—Deja que te coja la maleta…

Carl intentó cogerla, pero Pete mantuvo su agarre sobre ella y se la puso a un lado.

—No, está bien —le contestó mientras echaba un vistazo a la caseta de perro detrás de Carl—. ¿Qué es eso?

Carl se puso nervioso, el estómago se le revolvió como si tuviera dentro un tornado; se frotó las palmas de las manos en los vaqueros antes de metérselas en los bolsillos y le indicó a Pete que se acercara con un gesto de cabeza.

Este lo hizo, mirando el lazo que rodeaba la caseta con un ligero ceño fruncido.

—Siempre hemos dicho que algún día tendríamos perro —dijo Carl tras carraspear e intentar deshacer el nudo que se le había formado en la garganta—. Y he pensado que, ahora que vuelves al pueblo, podría ser un buen momento. Venga, mira dentro.

Pete se quedó mirando la caseta sin moverse y bajó la cabeza hasta que la barbilla le tocó el pecho. Carl se acercó a él.

—¿Qué pasa? —Le puso un dedo bajo el mentón y le levantó la cara, solo para descubrir que tenía los ojos llenos de lágrimas. Carl nunca lloraba, pero ver llorar a la gente le encogía el corazón como pocas cosas. Abrazó a Pete—. Ey, no pasa nada. Estoy aquí.

Pete negó con la cabeza contra el hombro de Carl y se quedó allí apoyado unos segundos. Luego, suspiró y se apartó de sus brazos.

—Eres mi mejor amigo. Eres muy importante para mí. Esto es muy difícil.

—¿Qué pasa? Dime. Sea lo que sea, aquí estoy.

Pete buscó su mirada; tenía los ojos empañados de tristeza.

—Las cosas han cambiado desde que me fui a la universidad.

—Ya lo creo. ¡Te lo has currado muchísimo! Ha sido un no parar para ti.

—Me refiero a… nosotros. A nuestra relación de pareja.

—Las relaciones a distancia es lo que tienen. Pero ahora será más fácil.

Carl señaló la caseta y Pete le agarró el brazo extendido, dándole un pequeño apretón.

—Pero no quiero.

A Carl le empezaron a pitar los oídos. No sabía si había escuchado bien. Pero, antes de que pudiera pedirle que lo repitiera, Pete continuó:

—Al estar separados me he dado cuenta de algo. No estamos enamorados… Espera, déjame que termine. Sé que nos queremos, sí, pero es… Es como si fuéramos familia.

Carl ya no necesitaba que se lo repitiera.

Lo había entendido bien; a la perfección.

Y fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, puede que incluso se cayera un poco hacia atrás por el efecto del golpe.

Notaba las entrañas trepándole por la garganta hasta el punto de temer que se le escaparan por la boca; así que, por si acaso, la mantuvo cerrada.

Pete no; continuó hablando.

—Estamos mejor como amigos. Como mejores amigos.

Carl asintió y asintió; una y otra vez, una y otra vez. Se pasó una mano temblorosa por el pelo y rogó en silencio para que le saliera la voz.

—¿Hay alguien más? —logró preguntar.

Pete dejó salir un largo y sonoro suspiro.

—Sí lo hay. No, no, pero no como crees. No he hecho nada; siento cosas, pero no ha pasado nada.

—Sientes cosas.

Pete dio un paso hacia él y Carl hizo lo que pudo para no echarse hacia atrás, para no moverse ni un ápice. Se lo tragó todo.

—Y por eso sé que lo que tenemos tú y yo no es amor. No del pasional, no del romántico.

Carl se rascó la cabeza y se apartó hacia un lado, colocándose entre Pete y su ridícula proposición de vivir juntos. Se había equivocado a lo grande.

—Ah, ¿eso crees?

—Lo siento.

—Bueno y…, no sé, ¿cómo es él? —Tenía la garganta tan seca que tuvo que forzar una risa para aclarársela—. Espero que sea bueno para «mi mejor amigo».

—No tenemos que hablar de esto así…

—No, no, hagámoslo. Vamos a dejar todo claro para ver si así puedo procesarlo. El chico este… ¿es muy distinto a mí?

Pete desvió la mirada hacia el puesto de revistas «sin integridad periodística» antes de hablar:

—Empezó tarde la universidad, como yo. Es uno de los mayores.

Viajó por todo el mundo antes de decidir que quería estudiar veterinaria.

Le encantan los animales y ha sacado notazas en todas las asignaturas.

Me dio clases particulares de prácticas de campo en granjas, sobre todo en los módulos de agroquímicos…

Pete se deleitó en admirar con detalle al talentoso Nick mientras Carl no dejaba de pasarse la mano por el pelo y de asentir sin parar.

Decidió centrarse en otra cosa, su tienda se convirtió en su principal foco de atención.

Esa era su vida. Su futuro. Pasteles de carne, revistas, productos para mascotas y huevos recién puestos.

—Tiene que hacer seis meses de prácticas y, como nos llevamos tan bien, ha pedido una plaza en una granja aquí en Earnest Point.

—¿Os vais a… ir a vivir juntos?

—Aún no le he dicho lo que siento por él; necesitaba hablar contigo antes. Aunque creo que lo sabe. O que lo intuye. Me va a tratar bien, Carl.

—Ya. —Nick podría cubrir de forma gratuita las necesidades veterinarias de su hipotético perro durante toda su hipotética y larga vida mientras que Carl solo tenía una caseta vacía que ofrecer—. Ya.

«Tío sin futuro».

Se volvió a pasar la mano por el pelo y a asentir sin parar. Incluso forzó una sonrisa. Puede que hasta se le marcaran los hoyuelos de la tensión que supuso mantenerla.

—Ya —repitió—. Parece que hace mejor pareja contigo que yo. Tengo curiosidad por conocerlo.

Pete sonrió, feliz, y la fuerza de su sonrisa golpeó a Carl en la cara como un rayo en medio de la tormenta. Se mantuvo de pie de milagro.

Así era como uno debía de sentirse cuando se rompía en mil trocitos.