CAPÍTULO 19 — LA CONFRONTACIÓN
—¡Capitán! —La voz de Tomás resonó con urgencia mientras Luca y Nico subían a bordo, todavía chorreando agua—. ¡El yate de Duarte! ¡Se acerca rápido!
Luca apenas tuvo tiempo de quitarse el equipo de buceo antes de que el Codicia apareciera, cortando las olas a gran velocidad, deteniéndose abruptamente a solo unos metros del Estrella del Sur.
Rafael Duarte, ya sin su elegante traje blanco, vestido ahora con ropa más práctica pero igualmente costosa, se paró en la proa de su yate con expresión decidida.
—Capitán Luca, veo que ha tenido éxito donde otros fracasaron. Felicidades.
—Duarte. —La voz de Luca era fría, calculada—. ¿Nos ha estado siguiendo todo este tiempo?
—Digamos que tengo mis métodos. —Duarte hizo una seña, y dos hombres de su tripulación aparecieron, cada uno sosteniendo lo que inequívocamente eran armas—. Ahora, sería mucho más sencillo si simplemente me entregara lo que ha encontrado.
Elena, junto a Luca, susurró con urgencia:
—Capitán, el cofre…
—Lo sé —respondió Luca en voz baja, antes de alzar la voz hacia Duarte—. ¿Y si me niego?
Duarte suspiró teatralmente, como si la pregunta lo decepcionara.
—Capitán, seamos razonables. He esperado este momento durante casi veinte años, desde que su tío abuelo decidió que la “verdad” era más importante que el beneficio que podríamos haber obtenido juntos. No cometeré el mismo error dos veces.
—Entonces usted sí tuvo algo que ver con su desaparición.
La expresión de Duarte se endureció por primera vez.
—Simón Ferrer era un idealista terco que prefirió esconder los documentos antes que compartir las riquezas que merecíamos. Tuvimos una discusión. Una tormenta se lo llevó poco después. No es algo de lo que deba sentirme responsable.
Nico, con los puños apretados, dio un paso adelante antes de que Tomás lo detuviera con una mano firme en el hombro.
—¡Eso es mentira! ¡Usted hizo algo!
—El niño tiene fuego —comentó Duarte con una sonrisa despectiva—. Una lástima que el fuego no siempre gane contra la razón fría, muchacho.
Luca sintió que la ira burbujeaba en su interior, pero recordó las palabras de su abuelo: la prudencia como escudo contra la furia impulsiva. Miró a su tripulación, midiendo la situación. Duarte tenía hombres armados; ellos tenían solo su ingenio y su determinación.
—Duarte, estos documentos no son un tesoro que se pueda vender. Son pruebas de injusticias históricas. No tienen ningún valor monetario para usted.
—Ah, pero se equivoca, Capitán. —Duarte sonrió con astucia—. Hay coleccionistas, gobiernos, instituciones… dispuestos a pagar fortunas por controlar qué verdades salen a la luz y cuáles permanecen enterradas. La información, Capitán, es el tesoro más valioso de todos.
Un silencio tenso se extendió entre ambos barcos, roto únicamente por el suave chapoteo de las olas contra los cascos.
—No le entregaré nada —dijo finalmente Luca, con una calma que no sentía del todo—. Mi tío abuelo murió protegiendo esta verdad. No voy a traicionar su memoria.
Duarte suspiró, casi con genuina lástima.
—Entonces me temo que tendremos que hacer esto por las malas.
Justo cuando parecía que la confrontación se tornaría violenta, el cielo comenzó a oscurecerse rápidamente, y un viento fuerte y repentino sacudió ambas embarcaciones. En cuestión de minutos, nubes negras se acumularon sobre ellos, y el mar, antes tranquilo, comenzó a agitarse con fuerza creciente.
—¡Otra tormenta! —gritó Tomás, mirando hacia el cielo con alarma.
Duarte, visiblemente incómodo con el cambio repentino del clima, gritó órdenes a su tripulación.
—¡Esto no ha terminado, Capitán Luca! —vociferó por encima del creciente rugido del viento—. ¡Nos volveremos a encontrar!
El Codicia, con su motor más potente, se alejó rápidamente hacia aguas más tranquilas, dejando al Estrella del Sur enfrentando solo la furia repentina de una nueva tormenta.
—¡Aseguren el cofre! —gritó Luca por encima del viento—. ¡Todos a sus puestos! ¡Debemos encontrar refugio, ahora!
Y mientras la tripulación se movilizaba con urgencia práctica, Luca no pudo evitar pensar que aquella tormenta, providencial en su momento, quizás no era solo el capricho del clima, sino algo más: una señal de que aún no habían terminado su travesía, y que la verdadera prueba todavía estaba por llegar.