CAPÍTULO 20 — REFUGIO EN LA TORMENTA
El Estrella del Sur luchó contra el mar embravecido durante horas, buscando desesperadamente un refugio mientras la tormenta arreciaba con una furia que recordaba, inquietantemente, a la primera tormenta que los había llevado a la Isla del Cuervo.
—¡Elena, necesito una ruta segura! —gritó Luca desde el timón, con los brazos ardiendo por el esfuerzo de mantener el rumbo contra las olas embravecidas.
—¡Según mis cálculos, la Isla Perdida debería estar a menos de una hora en esta dirección, Capitán! —respondió Elena, sujetándose con fuerza mientras consultaba sus instrumentos empapados—. ¡Es nuestra mejor opción!
—¡Entonces hacia allá vamos!
La travesía a través de la tormenta fue, si acaso, más aterradora que la primera.
El cofre con los documentos había sido asegurado en el compartimento más protegido del barco, envuelto en múltiples capas de tela impermeable, mientras Paco y Nico trabajaban juntos para mantener el resto del equipo asegurado contra la furia del viento.
Tomás, empapado hasta los huesos, luchaba junto a Luca con las velas, ajustándolas constantemente para aprovechar cada ráfaga de viento sin arriesgar que se rasgaran por completo.
—¡Capitán! —gritó de repente—. ¡Algo en el agua, a proa!
Luca entrecerró los ojos contra la lluvia torrencial y distinguió, apenas visible entre las olas, una formación rocosa que se elevaba abruptamente del mar: la silueta inconfundible de una isla.
—¡Es la Isla Perdida! —confirmó Elena—. ¡Hay una bahía protegida al norte, según el mapa de Simón!
Con la última reserva de fuerzas de toda la tripulación, lograron maniobrar el barco alrededor de la costa rocosa hasta encontrar la bahía mencionada: una entrada natural protegida por altos acantilados que cortaban gran parte de la furia del viento y las olas.
En cuanto anclaron en aguas relativamente tranquilas, toda la tripulación se dejó caer sobre la cubierta, exhaustos pero agradecidos de haber sobrevivido a otra prueba del mar.
—Todos a salvo —confirmó Luca, contando a su tripulación con la mirada—. El cofre también está intacto.
—Por poco, Capitán —dijo Paco, todavía recuperando el aliento—. Por muy poco.
Mientras la tormenta continuaba rugiendo fuera de la bahía protegida, la tripulación se refugió en los camarotes, compartiendo el calor de una pequeña lámpara y el reconfortante aroma del té caliente que Paco preparó a pesar del cansancio.
—Capitán —dijo Nico, todavía envuelto en una manta—, ¿crees que Duarte encontrará esta bahía también?
—Espero que la tormenta lo haya alejado lo suficiente —respondió Luca, aunque en su voz había una nota de preocupación genuina—. Pero no podemos confiarnos. Mañana, cuando el clima mejore, exploraremos la isla y decidiremos nuestros siguientes pasos.
Elena, revisando el cuaderno de Simón bajo la luz tenue de la lámpara, encontró una anotación que hasta entonces había pasado desapercibida.
—Capitán, escuchen esto: “La Isla Perdida no es un lugar de tesoro, sino un lugar de decisión. Aquí, quien busca el Halcón Negro debe elegir entre la codicia y la verdad. Solo quien elige la verdad puede completar el viaje.”
—¿Una decisión? —repitió Tomás—. ¿Qué clase de decisión?
—No lo sé —admitió Elena—. Pero suena como si hubiera algo más esperándonos en esta isla además de refugio de la tormenta.
Luca miró hacia la ventanilla empañada del camarote, donde la lluvia seguía golpeando el cristal con fuerza, y sintió que su tío abuelo, de alguna manera, todavía los estaba guiando a través de aquel último y crucial capítulo de su búsqueda.
—Mañana lo averiguaremos —dijo finalmente—. Ahora, descansen. Mañana necesitaremos todas nuestras fuerzas.