CAPÍTULO 18 — LOS RESTOS DEL HALCÓN NEGRO
El amanecer encontró al Estrella del Sur navegando hacia el punto exacto que los cálculos de Elena habían señalado: un área de mar abierto sin ninguna isla visible, donde solo el color más oscuro del agua sugería la presencia de profundidades considerables.
—Es aquí —confirmó Elena, comparando su brújula con las coordenadas calculadas—. Justo en este punto.
Luca ordenó anclar el barco y comenzó a preparar el equipo de buceo que habían traído desde Cabo Blanco: trajes reforzados, líneas de seguridad y las lámparas resistentes al agua que Tomás había insistido en empacar “por si acaso”.
—Iré yo primero —anunció Luca, ajustándose el arnés—. Tomás, tú controlas la línea de seguridad desde cubierta. Elena, mantén el registro de tiempo. Si no regreso en veinte minutos, tira de la cuerda.
—Capitán —interrumpió Nico—, ¿puedo bajar contigo? Sé nadar muy bien, y prometo tener cuidado.
Luca dudó un momento, mirando la determinación en los ojos del muchacho.
—Está bien, Nico. Pero te quedas siempre a mi lado, ¿entendido? Ni un metro de distancia.
—¡Entendido, Capitán!
Ambos se sumergieron en las aguas cristalinas, y a medida que descendían, el mundo submarino se abrió ante ellos en todo su esplendor silencioso.
Peces de colores brillantes nadaban entre corales, y la luz del sol se filtraba desde la superficie en rayos dorados que danzaban con cada movimiento del agua.
A unos quince metros de profundidad, comenzaron a distinguir formas que no eran naturales: vigas de madera cubiertas de coral, restos de lo que había sido, siglos atrás, un imponente galeón.
El Halcón Negro yacía inclinado sobre un lecho de arena, parcialmente cubierto por el tiempo y el mar, pero todavía reconocible en su estructura general.
Luca sintió que el corazón le latía con fuerza dentro del traje de buceo.
Ante él estaba la prueba física de una leyenda que había guiado a su tío abuelo durante los últimos años de su vida, y que ahora los había guiado a él a través de tormentas, cuevas y la sombra amenazante de un rival sin escrúpulos.
Con cuidado, nadaron hacia lo que parecía haber sido la cubierta principal del galeón, ahora abierta al mar tras siglos de erosión.
Nico, con su lámpara, iluminó el interior de lo que quedaba de la bodega, revelando montones de objetos cubiertos de coral y sedimento: cañones oxidados, restos de cofres, y fragmentos de lo que alguna vez habían sido monedas de oro, ahora ennegrecidas por el tiempo.
Pero lo que realmente llamó la atención de Luca fue una estructura más pequeña, protegida en lo que parecía haber sido el camarote del capitán: un cofre de metal, notablemente mejor conservado que el resto de los restos, como si hubiera sido sellado con especial cuidado.
Luca hizo una señal a Nico, y juntos nadaron hacia el cofre. Grabado en su tapa, apenas visible bajo capas de sedimento marino, estaba el mismo símbolo del ancla cruzada con la llave.
Con extremo cuidado, considerando la fragilidad del metal tras siglos bajo el agua, Luca insertó la llave que habían encontrado en la Isla de la Sirena en la cerradura del cofre. Para su sorpresa, encajó perfectamente.
El mecanismo, sorprendentemente, cedió con un crujido apagado por el agua, y la tapa del cofre se abrió lentamente.
Dentro, protegidos por lo que parecía haber sido un tratamiento especial contra la humedad, encontraron no oro, sino documentos: pergaminos enrollados y sellados con cera, sorprendentemente bien conservados dentro de su compartimento hermético.
Luca comprendió de inmediato: eran los registros que el cuaderno de Simón había mencionado. Los documentos que probaban las injusticias cometidas contra los pueblos originarios, protegidos por el capitán Ezequiel Roca con su propia vida.
Nico señaló hacia arriba, indicando que el tiempo bajo el agua se acercaba a su límite. Luca asintió, y con sumo cuidado, cerró el cofre y lo aseguró a la línea que Tomás jalaría desde la superficie.
Mientras ascendían hacia la luz, Luca no pudo evitar sentir que habían encontrado algo mucho más valioso que cualquier tesoro de oro: la verdad que su tío abuelo había dado su vida por proteger, y que ahora, finalmente, vería la luz del día después de trescientos años bajo las aguas del Triángulo de las Bermudas.
Lo que ninguno de los dos sabía, mientras emergían triunfantes hacia la superficie, era que un pequeño bote se aproximaba silenciosamente por el horizonte, con Rafael Duarte observando la escena a través de un potente catalejo, con una sonrisa fría dibujada en su rostro.