CAPÍTULO 16 — NOCHE DE VIGILANCIA
Aquella noche, el Estrella del Sur permaneció anclado en una cala escondida al sur de la Isla de la Sirena, oculta entre formaciones rocosas que la hacían casi invisible desde el mar abierto.
Luca había ordenado apagar todas las luces del barco, dejando solo una pequeña lámpara cubierta con tela oscura en el camarote principal, donde Elena trabajaba sin descanso en el mapa estelar.
—¿Cómo va el cálculo? —preguntó Luca, sirviéndole una taza de café que Paco había preparado.
—Lentamente —admitió Elena, frotándose los ojos cansados—. Las constelaciones grabadas en la cueva no corresponden exactamente a las que vemos ahora. Creo que fueron talladas considerando la posición de las estrellas hace trescientos años, cuando el Halcón Negro naufragó.
—¿Eso es posible de calcular?
—Es posible, pero requiere precisión. Un margen de error de solo unos minutos podría llevarnos a un lugar completamente equivocado.
Mientras tanto, en cubierta, Tomás y Nico mantenían guardia, escondidos entre las sombras del mástil principal. La luna, casi llena, bañaba el mar con una luz plateada que hacía brillar cada ola con un resplandor fantasmal.
—Tomás —susurró Nico, rompiendo el silencio—, ¿tú crees que Duarte tuvo algo que ver con lo que le pasó al tío Simón del Capitán?
Tomás guardó silencio un momento antes de responder, sopesando cuidadosamente sus palabras.
—No lo sé con certeza, muchacho. Pero he navegado lo suficiente para reconocer a los hombres que anteponen su propio beneficio a todo lo demás. Ese tipo de hombres deja siempre un rastro de daño a su paso.
—¿Y el Capitán Luca? Él no es así, ¿verdad?
—El Capitán Luca —dijo Tomás con una sonrisa cálida en la penumbra— es de esos hombres raros que creen que se puede navegar el mundo entero sin perder el alma en el intento. Por eso lo sigo, Nico. Por eso todos lo seguimos.
En ese momento, un destello de luz en el agua llamó la atención de ambos. No era el reflejo de la luna; era una luz artificial, moviéndose lentamente a lo largo de la costa de la isla, en dirección a la cueva donde habían encontrado la segunda llave.
—Es el bote de Duarte —susurró Tomás, tensándose de inmediato—. Están explorando la isla de noche.
—¿Deberíamos avisar al Capitán?
—Sí, ve. Yo me quedaré vigilando.
Nico bajó silenciosamente a los camarotes, donde encontró a Luca y Elena todavía inclinados sobre los cálculos del mapa estelar.
—Capitán, Tomás vio luces en la costa. Creo que Duarte está buscando la cueva.
Luca se levantó de inmediato, con el rostro tenso.
—Elena, ¿cuánto tiempo más necesitas?
—Casi termino, Capitán. Solo unos minutos más.
—Entonces trabaja rápido. Nico, avisa a Paco que se prepare para zarpar en cualquier momento. No sabemos qué hará Duarte si encuentra la cueva vacía.
Los minutos que siguieron se sintieron como horas. Elena trazaba líneas y ángulos en su cuaderno con manos firmes a pesar de la presión, mientras Luca observaba por la escotilla, atento a cualquier señal de la tripulación de Duarte acercándose a su escondite.
Finalmente, Elena levantó la vista con una expresión de triunfo contenido.
—Lo tengo, Capitán. Las coordenadas señalan un punto específico entre esta isla y la tercera, la Isla Perdida. Según mis cálculos, hay una formación submarina, probablemente los restos del Halcón Negro, exactamente donde se cruzan las líneas del mapa estelar.
—¿Estás segura?
—Tan segura como puedo estarlo sin verlo con mis propios ojos.
Luca sintió una oleada de alivio y determinación recorrerlo.
—Entonces zarpamos ahora mismo, en silencio, aprovechando que Duarte está distraído en la cueva. Cuando se dé cuenta de que la llave ya no está allí, nosotros ya estaremos muy lejos, rumbo a la verdad que mi tío abuelo dio su vida por proteger.
Con el mayor sigilo posible, la tripulación levó anclas y izó las velas, deslizándose fuera de la cala protegida bajo la luz de la luna, mientras a lo lejos, las luces del bote de Duarte seguían moviéndose, inconscientes de que su presa ya había escapado hacia su siguiente destino.