Capitan Luca CAPÍTULO 13 — EL PASADO DE RAFAEL DUARTE
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CAPÍTULO 13 — EL PASADO DE RAFAEL DUARTE

Lo que la tripulación del Estrella del Sur no sabía sobre Rafael Duarte era que, muchos años atrás, antes de convertirse en el cazador de tesoros frío y calculador que ahora perseguían, había sido un joven historiador brillante, apasionado por la arqueología marina y genuinamente interesado en preservar la verdad histórica.

Duarte había conocido a Simón Ferrer en una conferencia académica sobre naufragios coloniales, y ambos, jóvenes e idealistas, habían formado rápidamente una amistad basada en su pasión compartida por descubrir historias perdidas bajo el mar.

Durante los primeros años de su colaboración, habían localizado juntos tres naufragios menores, documentando cuidadosamente cada hallazgo y entregando los objetos recuperados a museos regionales.

Duarte, en aquella época, hablaba con la misma pasión que ahora mostraba Simón por proteger la historia, no por venderla.

Todo cambió cuando descubrieron las primeras pistas sobre el Halcón Negro.

—Este podría ser el hallazgo de nuestras carreras, Simón —había dicho Duarte entonces, con los ojos brillantes de auténtica emoción académica—. Imagina lo que esto podría significar para la comprensión histórica de la región.

Pero a medida que la investigación avanzaba, y comenzaban a surgir rumores sobre el verdadero valor del tesoro —no solo histórico, sino también en oro real recuperable—, algo comenzó a cambiar en Duarte.

Inversionistas privados, atraídos por la posibilidad de una fortuna, comenzaron a acercarse a él con ofertas tentadoras.

Coleccionistas privados, dispuestos a pagar sumas astronómicas por artefactos únicos, sin importarles demasiado su procedencia legal.

—Podríamos ser ricos, Simón —había dicho Duarte una noche, tras recibir la enésima oferta de un coleccionista privado—. No solo famosos en círculos académicos aburridos. Ricos de verdad.

—El objetivo nunca fue hacernos ricos, Rafael —había respondido Simón, con la primera nota de desconfianza genuina en su voz—. El objetivo es que la verdad, toda la verdad, salga a la luz. Incluidas las partes incómodas que ciertos coleccionistas preferirían mantener ocultas.

Aquella conversación marcó el principio del fin de su amistad.

Duarte, seducido gradualmente por las promesas de riqueza y poder que sus nuevos contactos le ofrecían, comenzó a ver a Simón no como un amigo, sino como un obstáculo idealista que se interponía entre él y la fortuna que sentía que merecía tras años de dedicación académica mal pagada.

La ruptura final llegó cuando Simón descubrió que Duarte había comenzado a negociar en secreto con un coleccionista privado la venta anticipada de los documentos históricos, antes incluso de que fueran recuperados, a cambio de financiamiento para continuar la búsqueda.

—Me has traicionado, Rafael. Todo lo que representábamos, todo lo que dijimos que protegeríamos…

—Estoy siendo realista, Simón. La verdad histórica no paga las cuentas. El dinero, sí. Y con suficiente dinero, podríamos incluso comprar mejor equipo, avanzar más rápido en la investigación.

—A costa de venderle el alma al mejor postor.

Se habían separado esa noche, cada uno convencido de tener la razón moral de su lado.

Simón continuó su investigación solo, cada vez más aislado y cauteloso, mientras Duarte, herido en su orgullo y motivado ahora principalmente por la ambición, contrató a su propio equipo y comenzó a seguir el rastro de su antiguo amigo desde las sombras, esperando el momento en que Simón finalmente encontrara lo que ambos habían buscado juntos durante tantos años.

Ese momento nunca llegó de la manera que Duarte esperaba.

Y las circunstancias exactas de la desaparición final de Simón Ferrer, cualquiera que fuera la verdad completa, quedarían siempre como una sombra oscura sobre la conciencia de Rafael Duarte, aunque él mismo se negara sistemáticamente a examinarla demasiado de cerca.

Años después, observando desde la cubierta de su lujoso yate cómo el Estrella del Sur navegaba hacia el mismo destino que él mismo había perseguido durante dos décadas, Duarte sentía una mezcla incómoda de determinación y algo parecido, aunque nunca lo admitiría en voz alta, al remordimiento.

—Esta vez será diferente —se decía a sí mismo, aferrándose a la única justificación que le permitía continuar—. Esta vez, terminaré lo que empezamos, aunque tenga que hacerlo sin él.

Pero en las noches más silenciosas, cuando el resto de su tripulación dormía y solo quedaba él despierto en la cubierta del Codicia, Rafael Duarte no podía evitar preguntarse si el hombre brillante e idealista que había sido alguna vez todavía existía en algún rincón de sí mismo, o si se había perdido completamente, como tantos tesoros, en las traicioneras aguas de su propia ambición.