Capitan Luca CAPÍTULO 12 — EL RIVAL
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CAPÍTULO 12 — EL RIVAL

Los dos días de navegación hacia la Isla de la Sirena transcurrieron con una tensión que ninguno de la tripulación mencionaba en voz alta, pero que todos sentían.

Tomás duplicó las guardias nocturnas, y Elena revisaba constantemente el horizonte con el catalejo, buscando cualquier señal de otra embarcación.

Fue en la tarde del segundo día cuando Nico, encaramado en el mástil de vigía, gritó la noticia que todos temían.

—¡Barco a la vista! ¡Popa, a estribor!

Luca tomó su catalejo y enfocó la embarcación que se aproximaba. Era un yate moderno, elegante y rápido, muy distinto a la robusta goleta del Estrella del Sur. En su casco, pintado en letras doradas, se leía el nombre: Codicia.

—Qué nombre tan apropiado —murmuró Tomás con desdén.

El yate se acercó con rapidez, y pronto pudieron distinguir a un hombre de pie en la proa, vestido con un elegante traje de lino blanco, completamente fuera de lugar en medio del océano.

Tenía el cabello engominado hacia atrás y sonreía con una expresión que a Luca le pareció, de inmediato, poco confiable.

—¡Capitán Luca! —gritó el hombre, alzando la voz por encima del viento—. ¡Qué sorpresa encontrarlo por estas aguas! Permítame presentarme: Rafael Duarte, cazador de tesoros profesional.

—He oído hablar de usted —respondió Luca, sin ocultar su desconfianza—. No con buenas palabras, debo admitir.

Duarte soltó una carcajada que sonó ensayada.

—Los rumores rara vez capturan la verdad completa, Capitán. Vengo en son de paz. De hecho, vengo a proponerle una alianza.

—No estoy interesado.

—Escúcheme primero. —Duarte hizo que su tripulación acercara el yate lo suficiente como para poder hablar sin gritar—.

Sé que usted busca el tesoro del Halcón Negro.

Yo también lo he estado buscando, durante años.

Tengo recursos que usted no tiene: equipo de buceo moderno, sonar de última generación, un helicóptero de apoyo.

Usted tiene algo que yo no tengo: el mapa original de Simón Ferrer.

Elena, junto a Luca, susurró:

—¿Cómo sabe sobre el mapa?

Duarte, con oído agudo, escuchó la pregunta y sonrió aún más ampliamente.

—Conocí a Simón Ferrer, señorita. Trabajamos juntos, hace muchos años, antes de que él decidiera que ya no quería compartir el hallazgo conmigo. Desapareció poco después. Una lástima, la verdad.

Un escalofrío recorrió a Luca al escuchar esas palabras. La forma en que Duarte hablaba de la desaparición de su tío abuelo, con tan poca emoción, encendió una alarma en su interior.

—¿Qué le sucedió exactamente a mi tío abuelo, señor Duarte?

—Eso, Capitán, es una historia para otro momento. —La sonrisa de Duarte se desvaneció ligeramente—. Por ahora, le propongo lo siguiente: unamos fuerzas. Compartimos el tesoro, cincuenta y cincuenta, y evitamos cualquier… malentendido innecesario.

—¿Y si me niego?

Duarte se encogió de hombros con estudiada indiferencia.

—Entonces cada uno seguirá su camino, Capitán. Pero le advierto: estas aguas son peligrosas, y no todos los peligros vienen del mar. Piénselo bien.

El yate Codicia viró bruscamente y se alejó a gran velocidad, dejando tras de sí una estela de espuma blanca y un silencio incómodo sobre la cubierta del Estrella del Sur.

—No me gusta ese hombre —dijo Nico, bajando del mástil de vigía—. Habla como si todo fuera un juego.

—Para él, probablemente lo es —respondió Luca, con la mandíbula tensa—. Pero para nosotros es mucho más que eso.

Tomás se acercó a su capitán, con expresión seria.

—Capitán, si ese hombre tuvo algo que ver con la desaparición de Simón…

—Lo sé, Tomás. Pero no tenemos pruebas de nada, todavía. Debemos ser más cuidadosos que nunca. A partir de ahora, redoblen la vigilancia. No confiaremos en nadie que no sea de esta tripulación.

Elena, mirando hacia el horizonte donde el yate ya se perdía de vista, murmuró:

—Algo me dice que esta no será la última vez que veamos a Rafael Duarte.

Y en eso, como en tantas otras cosas durante aquel viaje, Elena tenía toda la razón.