Capitan Luca CAPÍTULO 9 — EL ERMITAÑO DE LA ISLA DEL CUERVO
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CAPÍTULO 9 — EL ERMITAÑO DE LA ISLA DEL CUERVO

Durante su segunda exploración de la Isla del Cuervo, mientras buscaban más pistas relacionadas con el santuario que habían descubierto, la tripulación se topó con algo que ninguno esperaba encontrar en un lugar que consideraban deshabitado: humo, ascendiendo lentamente desde una pequeña choza escondida entre la vegetación densa del interior de la isla.

—¿Alguien vive aquí? —susurró Nico, sujetando instintivamente el brazo de Tomás.

Con cautela, se acercaron a la choza, construida con maderos de barcos naufragados y hojas de palma entretejidas con habilidad evidente de años de práctica.

Un hombre anciano, de barba blanca y larga hasta el pecho, piel curtida por décadas de sol y sal, salió a recibirlos antes de que pudieran anunciar su presencia.

—Visitantes —dijo el anciano, con una voz áspera por la falta de uso, pero no hostil—. Hace mucho tiempo que no veo caras nuevas en esta isla.

—Disculpe, señor —dijo Luca, adelantándose con las manos visibles en un gesto de paz—. No sabíamos que alguien habitaba esta isla. Somos viajeros, buscando…

—Sé lo que buscan —interrumpió el anciano, con una sonrisa que dejaba ver la falta de varios dientes—. El símbolo en su barco, el ancla y la llave. Solo hay una razón para que alguien navegue con ese símbolo pintado en su vela de repuesto.

Luca miró hacia Tomás, sorprendido; efectivamente, entre las velas de repuesto guardadas en la bodega, llevaban una marcada con el antiguo símbolo, heredada de generaciones anteriores de la familia Ferrer.

—Me llamo Jonás —continuó el anciano, invitándolos con un gesto a sentarse alrededor de una pequeña fogata frente a su choza—. Llevo cuarenta años viviendo en esta isla. Antes de eso, era pescador en Cabo Blanco, como muchos otros.

—¿Cuarenta años solo? —preguntó Nico, sin poder ocultar su asombro.

—No completamente solo, muchacho. Tuve compañía, hace muchos años. Un hombre que llegó a esta isla buscando exactamente lo que ustedes buscan ahora.

El corazón de Luca dio un vuelco.

—¿Se refiere a Simón Ferrer?

Jonás asintió lentamente, con una expresión que mezclaba nostalgia y tristeza.

—Pasó casi un año viviendo cerca de aquí, estudiando estas ruinas, hablando conmigo por las noches sobre historia, sobre justicia, sobre la responsabilidad de proteger la verdad incluso cuando resulta incómoda para quienes tienen poder. Era un buen hombre. El mejor que he conocido, quizás.

—¿Qué le pasó? —preguntó Elena con suavidad—. ¿Sabe usted lo que le ocurrió?

El anciano suspiró profundamente, atizando el fuego con un palo mientras organizaba sus recuerdos.

—Un día llegó otro hombre a la isla. Elegante, con un yate demasiado lujoso para estas aguas.

Rafael Duarte, se llamaba. Al principio, Simón pareció confiar en él, o al menos considerarlo un posible aliado en su investigación.

Pero con el tiempo, comencé a notar que Duarte hacía muchas preguntas y ofrecía muy pocas respuestas honestas.

Jonás hizo una pausa larga, contemplando las llamas.

—La última vez que vi a Simón con vida, discutía acaloradamente con Duarte en la playa.

No escuché las palabras exactas, pero el tono era inconfundible: Simón se negaba a algo que Duarte le exigía.

Esa misma noche, se levantó una tormenta repentina, de esas que solo conocen quienes han navegado estas aguas del Triángulo.

A la mañana siguiente, el pequeño bote de Simón había desaparecido, y con él, mi amigo.

—¿Y Duarte? —preguntó Tomás, con la mandíbula tensa.

—Su yate zarpó esa misma noche, antes incluso de que la tormenta amainara completamente.

Nunca until supe con certeza si la desaparición de Simón fue obra únicamente del mar, o si tuvo ayuda de manos humanas.

Pero desde entonces, he vivido con la sospecha, y con el peso de no haber podido hacer más para proteger a mi amigo.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de la tristeza compartida de una verdad a medias revelada.

—Jonás —dijo finalmente Luca—, gracias por contarnos esto. Significa más de lo que puede imaginar.

—Solo tengo una petición, Capitán —dijo el anciano, mirándolo fijamente con ojos que, a pesar de la edad, brillaban con una intensidad sorprendente—.

Terminen lo que Simón comenzó. Y si alguna vez se encuentran cara a cara con Rafael Duarte, recuerden que la codicia de un hombre nunca debería tener el poder de silenciar la verdad de tantos otros.

—Se lo prometo —respondió Luca, con una determinación renovada que sentía arder en su pecho.

Antes de partir, Jonás les entregó un pequeño objeto que había guardado durante años: un fragmento de tela azul, parte de la camisa que Simón Ferrer llevaba puesta la última vez que lo había visto, recuperada semanas después entre las rocas de la costa.

—Guárdenlo —dijo el anciano—. Como recordatorio de por qué hacen lo que hacen.

Luca sostuvo el pequeño fragmento de tela con reverencia, sintiendo que llevaba consigo no solo un tesoro material, sino la memoria viva de un hombre cuyo sacrificio finalmente comenzaba a tener sentido.