CAPÍTULO 8 — LA ISLA DEL CUERVO
Con las primeras luces del amanecer, la tormenta había cedido por completo, dejando tras de sí un cielo lavado y un mar sorprendentemente calmo.
La Isla del Cuervo se revelaba ante ellos en toda su extensión: acantilados de roca negra, una playa de arena oscura, y una densa vegetación que trepaba hacia el interior.
—No aparece en ningún mapa moderno —dijo Elena, comparando sus cartas con el paisaje frente a ella—. Es como si no existiera para el resto del mundo.
—O como si el mundo prefiriera no encontrarla —añadió Tomás, observando con desconfianza las rocas que rodeaban la bahía.
Luca ordenó que se preparara un pequeño grupo de desembarco. Él mismo, Elena y Nico bajarían a explorar, mientras Tomás y Paco permanecían a bordo, reparando los daños que la tormenta había dejado en el velamen.
—Ten cuidado, Capitán —dijo Tomás, entregándole una cuerda enrollada y una brújula de repuesto—. Y llévate esto, por si acaso.
—Volveremos antes del atardecer —prometió Luca.
El bote pequeño surcó las aguas tranquilas de la bahía hasta tocar la arena oscura de la playa. Al bajar, Luca notó de inmediato algo extraño: el silencio. No había pájaros cantando, ni el habitual zumbido de insectos que suele acompañar a las islas tropicales.
—Es como si todo aquí contuviera la respiración —murmuró Nico, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
Elena consultó el cuaderno de Simón Ferrer, buscando entre sus páginas alguna referencia a la isla.
—Aquí dice algo. —Leyó en voz alta—: “En la Isla del Cuervo, busca la roca con forma de ala. Bajo ella comienza el sendero hacia la verdad.”
Avanzaron por la playa, examinando cada formación rocosa. Fue Nico quien, con su ojo entrenado para los detalles, la encontró primero.
—¡Aquí, Capitán! ¡Mira esta roca!
Efectivamente, una gran roca negra se alzaba en el extremo de la playa, con una silueta que, vista desde cierto ángulo, recordaba inconfundiblemente al ala extendida de un cuervo.
Detrás de la roca, medio oculto entre la vegetación, se abría un estrecho sendero que ascendía hacia el interior de la isla.
—Vamos —dijo Luca, encendiendo una lámpara de aceite que llevaba en su mochila—. Con cuidado.
El sendero los condujo a través de una selva densa, donde los árboles retorcidos formaban un techo casi impenetrable sobre sus cabezas.
El aire se sentía húmedo y cargado, y de vez en cuando, Luca creía escuchar susurros entre las hojas, aunque cuando se detenía a escuchar, solo encontraba silencio.
—¿Ustedes también lo oyen? —preguntó Nico, acercándose más a Luca.
—El viento entre las hojas —respondió Elena, aunque su voz sonaba menos segura de lo habitual.
Tras casi una hora de caminata, el sendero desembocó en un claro donde se alzaban las ruinas de lo que parecía haber sido, siglos atrás, un pequeño asentamiento.
Piedras cubiertas de musgo formaban los restos de lo que pudieron haber sido cabañas, y en el centro del claro, una estructura circular de piedra llamó inmediatamente la atención de Luca.
—Un pozo —dijo Elena, acercándose—. O tal vez… un altar.
Grabados en la piedra circular, apenas visibles bajo capas de musgo y tiempo, había símbolos que Luca reconoció de inmediato: el mismo ancla cruzada con la llave que había visto en el sello del paquete recibido en Cabo Blanco.
—Este es el símbolo de los cazadores de tesoros que mencionaba Doña Remedios —dijo Luca, pasando los dedos sobre el grabado—. Simón estuvo aquí. Estoy seguro.
Nico, explorando alrededor de las ruinas, encontró algo entre las piedras: un pequeño cofre de metal oxidado, cerrado con un candado corroído por el tiempo y la sal.
—¡Capitán! ¡Encontré algo!
Luca corrió hacia él, y con cuidado, usando la punta de su daga, forzó el candado oxidado hasta que cedió con un chasquido.
Dentro del cofre, protegido por un paño encerado, encontraron otro fragmento de mapa, más detallado que el primero, junto con una nota escrita con la misma letra temblorosa de Simón Ferrer.
“Si has llegado hasta aquí, has demostrado ser digno de continuar. La Isla de la Sirena guarda la segunda llave. Pero cuidado: no todos los que buscan el tesoro del Halcón Negro tienen buenas intenciones. He visto a otros siguiendo el mismo rastro que yo. Confía solo en tu tripulación y en tu fe.”
Elena y Luca intercambiaron una mirada preocupada.
—¿Otros buscando el tesoro? —repitió Nico—. ¿Quiénes?
—No lo sé —respondió Luca, guardando cuidadosamente el fragmento de mapa—. Pero será mejor que estemos alerta. Regresemos al barco antes de que anochezca.
Mientras descendían de vuelta hacia la playa, ninguno de los tres notó la figura que los observaba desde la espesura, oculta entre las sombras de los árboles retorcidos.