CAPÍTULO 7 — LA CRIATURA DE LAS PROFUNDIDADES
Tras sobrevivir a la primera tormenta y anclar en la protegida bahía de la Isla del Cuervo, la tripulación del Estrella del Sur dedicó un día completo a reparar los daños que el mar les había infligido: velas rasgadas, cuerdas deshilachadas, y una vía de agua menor en el casco que Tomás y Mateo…
—no, Mateo aún no se había unido— que Tomás y Luca repararon trabajando codo a codo durante horas.
Fue durante esas reparaciones, con el barco anclado en aguas relativamente tranquilas, que ocurrió un encuentro que ninguno de la tripulación olvidaría jamás.
Nico, encargado de revisar el casco por debajo de la línea de flotación con un pequeño bote de remos, fue el primero en notar la sombra.
—¿Capitán? —llamó con voz insegura—. Hay algo grande bajo el agua. Muy grande.
Luca se asomó por la borda justo a tiempo para ver una forma masiva y oscura deslizarse silenciosamente bajo el pequeño bote de Nico, proyectando una sombra que cubría por completo la pequeña embarcación.
—Nico, regresa al barco. Despacio, sin movimientos bruscos.
El muchacho remó con cuidado, el corazón latiéndole con fuerza, mientras la sombra permanecía inmóvil bajo el agua, observando, esperando.
Cuando Nico finalmente subió a bordo con ayuda de Tomás, toda la tripulación se reunió en la borda, observando las aguas con una mezcla de temor y fascinación.
Momentos después, la criatura emergió parcialmente: no era el monstruo marino que las leyendas del Triángulo sugerían, sino una ballena jorobada de proporciones extraordinarias, su piel oscura salpicada de cicatrices que hablaban de décadas navegando aquellos mismos mares traicioneros.
—Es hermosa —susurró Elena, sin apartar la vista.
La ballena permaneció cerca del barco durante casi una hora, emergiendo ocasionalmente para respirar con un sonido profundo y resonante, como si estuviera examinando cuidadosamente a los recién llegados a su territorio.
Paco, que había subido a cubierta atraído por la conmoción, observó el comportamiento del animal con expresión pensativa.
—Mi abuelo solía decir que las ballenas de estas aguas eran guardianas —comentó—. Que protegían ciertos lugares, ciertos secretos, y que su presencia cerca de un barco podía significar dos cosas muy distintas: una advertencia, o una bendición.
—¿Cómo sabemos cuál de las dos es esta? —preguntó Nico, todavía con la adrenalina recorriendo su cuerpo.
Como si hubiera escuchado la pregunta, la ballena realizó un movimiento que dejó a toda la tripulación sin aliento: se sumergió profundamente, y momentos después, saltó completamente fuera del agua en una espectacular exhibición de fuerza y gracia, antes de zambullirse de vuelta al mar con un estruendo que hizo temblar las tablas del Estrella del Sur.
Cuando la espuma se asentó, la criatura había desaparecido, dejando tras de sí solo ondas concéntricas que se expandían lentamente por la bahía.
—Creo que fue una bendición —dijo Luca finalmente, con una sonrisa que reflejaba tanto alivio como asombro—. O al menos, eso prefiero creer.
Aquella noche, mientras cenaban el guiso reconfortante que Paco había preparado, Nico no pudo dejar de dibujar en su cuaderno la imagen de la ballena saltando, capturando en tinta el momento exacto en que la criatura pareció suspendida entre el mar y el cielo.
—Algún día —dijo el muchacho, mostrando el dibujo a Elena—, quiero aprender todo lo que exista sobre las criaturas que viven en estas aguas. No solo dibujarlas, sino entenderlas de verdad.
—Con esa dedicación, Nico, no me sorprendería verte convertido en un gran naturalista algún día —respondió Elena, genuinamente impresionada por el talento del muchacho.
Tomás, sentado cerca, escuchando la conversación, intercambió una mirada significativa con Luca. Ambos hombres, veteranos del mar, reconocían en Nico la misma chispa de curiosidad insaciable que había guiado a tantos grandes exploradores a lo largo de la historia.
—El mar tiene una forma de revelar quiénes seremos, si le prestamos suficiente atención —comentó Luca en voz baja, más para sí mismo que para los demás—. A veces a través de tormentas. A veces, a través de un simple encuentro con una ballena bajo la luz del atardecer.