Capitan Luca CAPÍTULO 6 — TORMENTA EN EL ATLÁNTICO
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CAPÍTULO 6 — TORMENTA EN EL ATLÁNTICO

El viento llegó primero, aullando entre las jarcias como una bestia furiosa. Después llegaron las olas, cada vez más altas, golpeando el casco del Estrella del Sur con una fuerza que hacía temblar cada tabla de madera.

—¡Arriad la vela mayor! —gritó Luca desde el timón, luchando por mantener el rumbo mientras el barco se inclinaba peligrosamente hacia un costado—. ¡Tomás, ayuda a Nico con las cuerdas!

La lluvia caía en cortinas horizontales, tan densa que apenas se distinguía la proa desde la popa. Los relámpagos rasgaban el cielo, iluminando por instantes un mar convertido en montañas de agua negra.

Elena se aferraba a la baranda cerca del timón, gritando las coordenadas por encima del rugido de la tormenta.

—¡Capitán, la brújula! ¡Está girando sin control!

Luca miró hacia abajo, hacia el pequeño instrumento fijado junto al timón. La aguja, que debería apuntar firmemente al norte, giraba en círculos erráticos, como si hubiera perdido la razón.

—¡Es lo que decían las leyendas! —gritó Tomás desde donde aseguraba una cuerda suelta—. ¡El Triángulo enloquece las brújulas!

—¡No hay tiempo para leyendas! —respondió Luca—. ¡Elena, guíanos por las estrellas si puedes ver alguna! ¡Tomás, asegura a Nico!

Una ola gigantesca golpeó el costado del barco, haciendo que todos perdieran el equilibrio. Nico resbaló hacia la borda, y solo la mano firme de Tomás, sujetándolo por el chaleco, evitó que cayera al mar embravecido.

—¡Te tengo, muchacho! ¡No te sueltes de la cuerda!

Paco, desde la escotilla de la cocina, luchaba por mantener cerradas las provisiones mientras el barco se sacudía en todas direcciones. A pesar del caos, no dejaba de murmurar una oración entre dientes, la misma que su madre le había enseñado de niño.

Luca sintió que sus brazos ardían por el esfuerzo de mantener el timón firme. Cada músculo de su cuerpo gritaba de cansancio, pero sabía que un solo momento de debilidad podría significar el fin del Estrella del Sur y de toda su tripulación.

—¡Señor, guíanos! —gritó hacia el cielo tormentoso, con la voz quebrada por el esfuerzo—. ¡No por mí, sino por ellos!

Como si el mar hubiera escuchado su plegaria, un relámpago iluminó el horizonte por un instante más largo que los anteriores, y en ese destello, Luca distinguió algo: una masa oscura, alta y rocosa, apenas visible entre la cortina de lluvia.

—¡Tierra! —gritó—. ¡Hay tierra a estribor!

Elena, empapada y con el cabello pegado al rostro, corrió a comprobar la dirección con su instrumento improvisado.

—¡Concuerda con la posición de la Isla del Cuervo en el mapa de Simón, Capitán!

—¡Entonces hacia allí vamos! ¡Es nuestra única oportunidad de resguardarnos!

Con las últimas fuerzas de la tripulación, Luca giró el timón, luchando contra la corriente que parecía empeñada en arrastrarlos en dirección contraria. Cada segundo parecía una eternidad, cada ola una montaña que debían escalar solo para descender hacia el siguiente abismo de agua.

Finalmente, tras lo que pareció una hora de lucha incesante, el Estrella del Sur atravesó una franja de aguas más tranquilas, protegida por los acantilados de una isla que se alzaba como un centinela oscuro entre la tormenta.

El viento amainó ligeramente al entrar en la bahía natural que la isla ofrecía, y aunque la lluvia seguía cayendo, el peligro inmediato pareció alejarse.

—¡Anclen aquí! —ordenó Luca, con la voz ronca por el esfuerzo—. Hemos llegado. Esta es la Isla del Cuervo.

Tomás soltó el ancla con manos temblorosas de cansancio, y todos, empapados y exhaustos, se dejaron caer sobre la cubierta, agradecidos de estar con vida.

Nico, todavía tembloroso por el susto, se acercó a Tomás y lo abrazó con fuerza.

—Gracias por no soltarme.

—Nunca lo haría, muchacho —respondió Tomás, revolviéndole el cabello mojado—. Somos una tripulación. Nos cuidamos los unos a los otros, siempre.

Luca miró hacia la isla que se alzaba ante ellos, envuelta en niebla y misterio, y sintió que el verdadero desafío apenas comenzaba.