Capitan Luca CAPÍTULO 5 — ZARPANDO HACIA LO DESCONOCIDO
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CAPÍTULO 5 — ZARPANDO HACIA LO DESCONOCIDO

El amanecer pintó el cielo de Cabo Blanco en tonos de naranja y rosa cuando el Estrella del Sur soltó amarras. Las gaviotas revoloteaban sobre el mástil mayor mientras Tomás daba las últimas órdenes para izar las velas.

—¡Vientos favorables, Capitán! —gritó Elena desde su puesto junto al timón, con el sextante en la mano—. Rumbo suroeste, directos al Atlántico abierto.

Luca respiró hondo el aire salado y sintió esa mezcla de nerviosismo y alegría que solo el inicio de una gran travesía puede producir. Detrás de él, el puerto de Cabo Blanco se hacía cada vez más pequeño, hasta convertirse en un punto borroso en el horizonte.

Los primeros días de navegación transcurrieron sin incidentes.

El mar estaba en calma, y la tripulación aprovechó el tiempo para prepararse.

Elena pasaba horas estudiando el cuaderno de Simón Ferrer, comparando sus anotaciones con las cartas náuticas modernas.

Nico dibujaba cada delfín y cada bandada de aves que cruzaba su camino, mientras Paco experimentaba con nuevas recetas usando el pescado que Tomás lograba atrapar cada tarde.

—Mira esto, Capitán —dijo Elena una noche, señalando una página del cuaderno—. Simón anotó que las corrientes cerca de las Bermudas cambian según la posición de la luna. Si calculamos bien, podríamos aprovechar la marea alta para acercarnos a la Isla del Cuervo sin ser arrastrados fuera de curso.

—Buen trabajo, Elena. Confío en tus cálculos.

Una noche, mientras el barco avanzaba bajo un cielo cuajado de estrellas, Nico se acercó a Luca en la proa.

—Capitán, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro, Nico.

—¿No tienes miedo? De la leyenda, quiero decir. De todo lo que dicen sobre el Triángulo.

Luca sonrió y se agachó para quedar a la altura del muchacho.

—Tengo respeto, Nico. Que es distinto al miedo. El miedo te paraliza; el respeto te hace prudente. Mi abuelo solía decir que el mar no es nuestro enemigo, sino un maestro que exige humildad. Si navegamos con cuidado, con fe y cuidando los unos de los otros, no hay leyenda que no podamos enfrentar.

Nico asintió, pensativo, y miró hacia las estrellas.

—Mi papá decía algo parecido. Que Dios está en cada ola, esperando para enseñarnos algo nuevo.

—Tu papá tenía razón —dijo Luca, apoyando una mano en el hombro del muchacho.

Al octavo día de travesía, el clima comenzó a cambiar. El cielo, antes despejado, se llenó de nubes grises que avanzaban rápidamente desde el oeste. Tomás, con años de experiencia leyendo el cielo, frunció el ceño.

—Capitán, no me gusta cómo se ve eso.

Elena consultó su barómetro y su expresión se ensombreció.

—La presión está cayendo rápido. Viene tormenta, y viene fuerte.

—¿Estamos ya cerca del Triángulo? —preguntó Luca.

—Según mis cálculos, entraremos en la zona marcada en el mapa de Simón dentro de unas horas.

Luca miró el horizonte, donde las nubes oscuras ya devoraban la línea entre el cielo y el mar.

—Aseguren todo lo que no esté atado. Paco, guarda las provisiones. Nico, quédate cerca de Tomás en todo momento. Elena, necesito que sigas calculando nuestra posición pase lo que pase.

—¿Y tú, Capitán? —preguntó Nico.

—Yo estaré al timón. Este barco y yo hemos capeado tormentas peores.

Pero mientras pronunciaba esas palabras, algo en el fondo de su corazón le decía que aquella tormenta sería distinta a todas las anteriores. El Triángulo de las Bermudas apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro.