CAPÍTULO 10 — EL DIARIO DE SIMÓN FERRER
Esa noche, de vuelta a bordo del Estrella del Sur, la tripulación se reunió alrededor de la mesa de navegación mientras Paco servía un guiso caliente que llenó el camarote de un aroma reconfortante.
—Entonces hay más gente buscando el mismo tesoro —dijo Tomás, sirviéndose una segunda ración—. Eso complica las cosas.
—Simón lo sabía —respondió Luca, hojeando con cuidado el cuaderno de cuero de su tío abuelo—. Miren esto, en las últimas páginas hay algo que no habíamos leído antes.
Elena acercó la lámpara de aceite para iluminar mejor las páginas mientras Luca leía en voz alta:
“Llevo tres semanas anclado cerca de la Isla del Cuervo. Cada día que pasa, siento que alguien más sigue mi rastro. Ayer encontré huellas en la playa que no eran mías. Debo tener cuidado. Si algo me sucede, que estas páginas guíen a quien las encuentre: el tesoro del Halcón Negro no es solo oro. El capitán Ezequiel Roca, antes de hundirse con su barco, escondió también algo más valioso: los registros de las tres colonias, documentos que probaban las injusticias cometidas contra los pueblos originarios de estas costas. Roca murió tratando de proteger esa verdad, no solo el oro. Quien encuentre el tesoro, debe recordar esto.”
El camarote quedó en silencio. Nico, que escuchaba con atención mientras dibujaba en su cuaderno, levantó la vista.
—Entonces el tesoro no es solo dinero. Es… ¿justicia?
—Eso parece —respondió Luca, cerrando el cuaderno con cuidado—. Mi tío abuelo no buscaba enriquecerse, Nico. Buscaba hacer lo correcto.
Paco, que había permanecido callado mientras servía el guiso, se sentó junto a ellos con expresión pensativa.
—Capitán, en mis años navegando he oído muchas historias de tesoros. La mayoría de esas historias terminan mal porque los que los buscan solo piensan en el oro. Tal vez esta historia sea distinta porque el propósito es distinto.
—Espero que tengas razón, Paco —dijo Luca—. Pero eso no cambia el hecho de que alguien más nos sigue. Debemos ser cautelosos a partir de ahora.
Elena desenrolló el nuevo fragmento de mapa encontrado en el cofre, comparándolo con el original.
—Según esto, la Isla de la Sirena está a dos días de navegación hacia el sur, atravesando una zona de arrecifes muy peligrosa. Necesitaremos calcular nuestra ruta con extremo cuidado.
—Entonces descansemos esta noche —decidió Luca—. Zarparemos al amanecer. Tomás, organiza guardias durante la noche. Si de verdad hay alguien más en estas aguas, prefiero no llevarme sorpresas.
—Entendido, Capitán.
Mientras la tripulación se retiraba a descansar, Luca permaneció un momento más en cubierta, contemplando las estrellas que comenzaban a asomarse entre las nubes dispersas.
Sostuvo entre sus dedos la pequeña cruz de plata que llevaba siempre consigo y pensó en su tío abuelo, en la fe que lo había sostenido durante sus últimos días, y en la responsabilidad que ahora recaía sobre sus propios hombros.
—No te fallaré, tío Simón —susurró al viento—. Encontraré la verdad que buscabas, y la protegeré como tú hubieras querido.
Un ruido súbito en el agua, cerca de la proa, lo sacó de sus pensamientos.
Luca se asomó por la borda, pero solo encontró la superficie oscura del mar, tranquila bajo la luz de la luna.
Sin embargo, por un instante, creyó distinguir el reflejo de una luz lejana, parpadeando entre las sombras de la costa de la Isla del Cuervo.
Alguien más estaba, en efecto, observando.