Caperucita. La cara B Las reglas de Sheila
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Las reglas de Sheila

Las reglas de Sheila

«Mantén algo tuyo. Algo que no puedan quitarte porque no saben que existe.»

En algún momento del segundo año, Sheila Lodeiro se hizo sus propias reglas.

Las esbozó en su mente una trágica noche en la que conoció a un lobo.

No se las escribió. Escribir era imposible y además peligroso. Se las dijo mentalmente, de noche, en la cama, en el mismo orden, hasta que se le quedaron como se le queda a la gente una oración o un número de teléfono.

Eran cinco. Después fueron seis.

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Regla uno: observa antes de actuar.

La información es la única moneda que siempre tiene valor. Todo lo demás —la fuerza, la belleza, el dinero, la simpatía— se devalúa o se te quita. La información no se ve, no pesa y no se registra en ninguna aduana.

Corolario de la regla uno: no uses la información solo porque la tienes. La mayoría de la gente, cuando sabe algo, lo gasta. Lo suelta para demostrar que lo sabe. Eso es lo que separa a los que aguantan de los que no.

Regla dos: mantén algo tuyo.

Un gesto, una costumbre, un pensamiento que nadie sepa que tienes. Algo completamente tuyo que no puedan quitarte porque no saben que existe.

Lo que Sheila eligió guardar fue un olor.

El olor de la cocina de su madre. El específico y concreto olor a café, a jabón de manos y a ese algo más que no tenía nombre pero que era inconfundiblemente la cocina de Carmen Lodeiro en el piso del casco viejo un martes por la mañana.

Lo guardó.

Y en los momentos peores —que fueron muchos y que fueron durante mucho tiempo— lo sacaba, lo olía con la nariz de la memoria, y ese acto de recordar un olor era la prueba de que seguía siendo Sheila, que era la prueba de que seguía siendo alguien.

Con el paso de los años, el olor se fue haciendo más difícil de recuperar.

Es lo que pasa con la memoria sensorial: no se borra, se desgasta , como una foto que se lleva doblada en el bolsillo.

Hubo un periodo, alrededor del octavo o noveno año, en que estuvo semanas sin conseguir traerlo, y aquellas semanas fueron las peores de las dos décadas, peores que ninguna otra cosa, porque por primera vez pensó que si perdía aquello ya no había nada debajo.

Volvió una noche, sin motivo, en Marsella, con una ventana abierta y alguien haciendo café en el piso de arriba.

Lloró durante dos horas de alivio.

Regla tres: no cuentes los días. Cuenta otra cosa.

Contar los días es una trampa. Los días implican una fecha final y no hay fecha final, y una cuenta sin final es una manera de volverse loco a plazos.

Así que contaba escalones. Baldosas. Coches azules. Cualquier cosa que empezara y terminara dentro del mismo día.

Regla cuatro: no te fíes de la esperanza que viene sola.

Esta le costó tres años y un castigo aprenderla.

La esperanza que aparece sin que tú hayas hecho nada para producirla es, casi siempre, un cebo. Un hombre que te dice que te va a ayudar. Una puerta que aparece abierta un día. Una amabilidad sin causa.

No siempre es un cebo. Pero hay que operar como si lo fuera, porque el coste de equivocarse en un sentido es una oportunidad perdida y el coste de equivocarse en el otro es todo.

Regla cinco: no seas la más lista de la habitación. Sé la segunda.

La chica más lista de la habitación es un problema y se la trata como a un problema. La chica más tonta es un objeto y se la trata como a un objeto.

La segunda más lista es útil, y a la gente útil se la deja en paz.

Sheila pasó dos décadas siendo, deliberadamente, la segunda más lista de todas las habitaciones en las que estuvo. Y aquello, que empezó siendo una táctica, terminó siendo una de las cosas de las que le costó más desprenderse cuando por fin pudo.

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La regla seis llegó mucho más tarde, en Lyon, y no la formuló ella sola.

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Y luego estaba la cámara.

Sheila la construyó sin proponérselo, del modo en que se construyen esas cosas: por acumulación y por necesidad.

Era un sitio. No una metáfora: un sitio, con una geografía precisa que ella podía recorrer con los ojos cerrados y que fue perfeccionando durante veinte años hasta que tuvo más detalle que cualquier habitación real en la que hubiera estado.

Dentro había, en este orden:

El olor de la cocina.

El peso de María en el brazo izquierdo, que era un peso concreto —trescientos gramos, calculó una vez, de mayor— y que su brazo recordaba de una manera que su cabeza ya no.

Un domingo de marzo en un islote con una torre y unas piedras planas, y una pregunta que había hecho ella y una respuesta que le había dado un hombre: da la vuelta entera y vuelve aquí .

Su madre de espaldas en la cocina, con el pelo recogido, removiendo algo.

Las mariscadoras en el banco con la marea baja, dobladas, repartidas a distancias regulares.

Y el sonido de la lluvia sobre granito, que es distinto del sonido de la lluvia sobre asfalto y que Sheila no volvió a oír durante dieciocho años.

Esas seis cosas.

No metió nada más ahí dentro en dos décadas.

No por falta de espacio: por criterio. Cada vez que le ocurría algo bueno —y le ocurrieron cosas buenas, porque a la gente le ocurren cosas buenas incluso en el infierno, y esa es una de las verdades más difíciles de explicar de todo esto— se planteaba si guardarlo dentro, y decidía que no.

La cámara era de antes. Si metía cosas de después, dejaba de ser lo que era.

Era la única propiedad privada que tuvo en veinte años y la administró con una avaricia absoluta.

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