Caperucita. La cara B Once
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Once

Once

«Alguien puso un número. Eso es lo que hay que entender antes de nada: que en algún momento, alguien se sentó y puso un número.»

Este capítulo no cuenta lo que pasó dentro de la habitación.

No por pudor y no por decoro, y ya se ha dicho antes en este libro y hay que volver a decirlo aquí, porque es aquí donde importa: contarlo en detalle sería hacer otra vez lo que le hicieron.

Sería mirar a una niña de once años por el hueco de una puerta, que es exactamente lo que hizo aquella noche todo el mundo menos ella.

Lo que sí se cuenta es todo lo demás.

Se cuenta la cocina, y el dinero, y el pasillo, y el nombre que aquel hombre había traído puesto de casa.

Porque eso es lo que nadie mira. Y porque, de todo lo que ocurrió en aquel piso de Burdeos, lo que verdaderamente no se puede soportar no es lo que ocurrió dentro de la habitación.

Es que hubo una cifra.

❖

Fue en enero, cuatro meses después del maletero.

Sheila lo supo por la mañana, ocho o nueve horas antes, y lo supo por una cosa muy pequeña: Natasha le llevó el desayuno a la habitación en lugar de hacerla salir a la cocina.

En cuatro meses aquello no había pasado nunca.

Y una niña de once años que lleva cuatro meses catalogando un piso entiende inmediatamente que si se altera la rutina es porque hay algo que no quieren decir todavía.

—¿Qué pasa hoy? —dijo.

—Nada.

—Me has traído el desayuno.

Natasha dejó la taza en el suelo, al lado del colchón, y se quedó un momento de pie.

—Hoy vas a estar tranquila hasta la noche —dijo—. Y a las siete te lavas y te pones lo que te deje encima de la cama.

—¿Por qué?

—Porque viene alguien.

Y se fue.

Sheila se quedó con la taza en el suelo sin tocarla.

No lloró. Eso vino después y no vino aquella noche.

Se quedó sentada en el colchón, con la espalda contra la pared, y estuvo once horas contando.

Contó las rayas del marco de la ventana. Ciento cuarenta y tres.

Las volvió a contar tres veces por si se había equivocado.

No se había equivocado.

❖

A las ocho y veinte oyó el timbre.

A las ocho y veintitrés oyó voces en la cocina: la de Natasha, la de un hombre que vivía en el piso y a quien todo el mundo llamaba por un diminutivo, y una tercera que no había oído nunca.

Y a las ocho y veinticinco oyó el sonido.

Es un sonido concreto y no se parece a ningún otro, y cualquiera que haya trabajado con dinero en efectivo lo reconoce: el de unos billetes que se cuentan de uno en uno sobre una mesa, con el pulgar, y el golpecito seco al final cuando se cuadra el taco contra la madera.

Y después una goma elástica.

Sheila, sentada en el suelo de una habitación de un piso de la cuarta planta de un bloque de Bacalan, con la espalda contra la pared y once años, oyó a través de una puerta cerrada cómo alguien contaba lo que costaba.

Y esa es la cosa que se le quedó dentro y que le duró veinte años, y no es la que la gente supone.

No fue el miedo.

Fue esto: hay un precio y yo no lo sé.

Alguien se ha sentado, ha pensado, ha calculado lo que puede pedir por mí, y ha dicho una cantidad en voz alta. Y esa cantidad la saben cuatro personas en esta casa, y una de ellas soy yo, y soy la única que no la sabe.

Nunca la supo.

Lo intentó durante veinte años, con la obstinación absurda de las cosas que no sirven para nada: preguntó de refilón, escuchó, calculó márgenes, hizo cuentas con lo que oía de otras. Nunca consiguió el número de aquella noche.

Y ese hueco —un número que existió y que ella no llegó a conocer— fue el sitio exacto donde nació la primera regla.

❖

Al hombre lo vio tres veces.

Una en el pasillo, cuando abrieron la puerta. Le pareció un lobo.

Otra de espaldas, después. Era un lobo.

Y una tercera, meses más tarde, en la calle, desde una ventanilla, y no estaba segura y no importa. Era una rata.

De aquellas tres veces conservó tres cosas y ninguna es una cara, porque las caras no se conservan y los detalles sí, y esa distinción es toda la memoria de Sheila Lodeiro.

Conservó los zapatos. Marrones, buenos, limpios en enero y en una ciudad con nieve sucia, lo cual significaba que aquel hombre había venido en coche desde un sitio con garaje.

Conservó el olor. Colonia cara encima de tabaco rubio, y por debajo de las dos cosas, muy leve, jabón de manos: un hombre que se había lavado antes de salir de su casa.

Y conservó una alianza.

En la mano izquierda, con el metal gastado por dentro y ancho, del tipo que se pone la gente que lleva veinte años puesta la misma. La de las ratas que quieren ser lobos cuando la noche no permite ver su verdadero pelaje.

❖

Y conservó el nombre.

Porque cuando la puerta se abrió, aquel hombre la mirό desde el pasillo y no dijo hola , y no preguntó nada, y no dijo nada de lo que dicen los hombres que se han encontrado con algo que no esperaban.

Dijo:

—Julieta.

Lo dijo despacio y con una satisfacción pequeña, como quien coloca la última pieza de una cosa que ha estado montando por su cuenta.

Sheila no entendió nada. No sabía nada de Shakespeare, no sabía nada de balcones, no sabía nada de dos familias enfrentadas en una ciudad italiana. Tenía once años y llevaba cuatro meses en una habitación con la persiana bajada.

Lo que sí entendió —y lo entendió en aquel mismo segundo, y esto es lo que hay que soportar de este capítulo— fue que ese nombre no era una equivocación.

Nadie se equivoca con esa seguridad.

Aquel hombre había traído el nombre puesto de casa.

Lo había pensado antes. En algún momento de aquella semana, en su cocina, en su coche, en su trabajo, entre dos llamadas, en la ducha de su casa con la alianza en el borde del lavabo, aquel hombre había decidido cómo iba a llamarla.

Había construido una historia entera con una niña dentro y le había puesto nombre a la niña.

Y después había preparado el dinero y había conducido hasta Bacalan.

Eso es la parte que estremece, y no la otra.

La otra es una hora con un lobo.

Pareció un infierno eterno.

❖

Después la puerta se cerró.

Y aquí este libro se calla.

❖

Lo que hay al otro lado del silencio es un cuarto de baño de dos metros por metro y medio, a las once y cuarenta de la noche, con un tubo fluorescente que zumbaba.

Sheila estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la bañera.

Y contó las baldosas.

Eran ciento nueve enteras y catorce cortadas.

Las contó dos veces. La segunda vez le salió lo mismo, y aquello —que le saliera lo mismo, que el mundo siguiera teniendo ciento nueve baldosas enteras y catorce cortadas, que la aritmética siguiera funcionando— fue lo único de aquella noche que la sostuvo.

Fue la primera vez que contó por eso.

Después contó durante veinte años.

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Y allí, en el suelo de aquel baño, con once años, sin palabras para nada de lo que le estaba pasando y sin nadie a quien decírselo, Sheila Lodeiro empezó a construir lo único que iba a tener.

No las escribió. No las formuló todavía, porque a los once años no se formula nada.

Pero las seis reglas de Sheila nacieron aquella noche, y cada una tiene un origen exacto en algo que ella observó en aquellas horas entre lobos, y por eso funcionaron: porque no eran filosofía. Eran conclusiones.

La una nació del sonido de la goma elástica. Observa antes de actuar. Existía un número, cuatro personas lo sabían y ella era la única que no. Nunca más volvió a estar en una habitación sin haber calculado antes qué información había en ella y quién la tenía.

La dos nació a las once y cuarenta de la noche, en aquel suelo, cuando intentó pensar en su madre y la primera imagen que le vino no fue una cara: fue una cocina y un olor.

Y comprendió, con la lucidez atroz de los once años, que aquello era lo único de lo que nadie de aquella casa sabía nada.

Mantén algo tuyo. Algo que no puedan quitarte porque no saben que existe.

La tres nació de las ciento nueve baldosas. No cuentes los días. Cuenta otra cosa. Porque los días llevan a una fecha y no había fecha; las baldosas empiezan y terminan dentro de la misma noche.

La cuatro nació de Natasha llevándole el desayuno a la habitación. Un gesto amable, once horas antes, sin causa. No te fíes de la esperanza que viene sola. Aquella mañana Sheila había pensado durante un segundo y medio que le llevaban el desayuno porque alguien se había acordado de ella.

La cinco nació de la puerta abriéndose y de un lobo diciendo un nombre que no era el suyo con una satisfacción pequeña.

Aquel hombre lobo necesitaba que ella fuera un personaje.

Y Sheila entendió, esa noche, que iba a ser mucho más segura siendo el personaje que las personas necesitaran que fuera, y que la que dijera yo no me llamo así lo iba a pagar.

No seas la más lista de la habitación. Sé la segunda.

La seis no nació allí. Esa tardó tres años más y se la dio Natasha en un piso de Lyon, con la mano en el picaporte, después de nueve días de fiebre. No puedes abrir la puerta. Puedes estar lista.

Cinco de las seis reglas que sostuvieron a Sheila Lodeiro durante veinte años se escribieron en el suelo de un cuarto de baño de dos metros por metro y medio en una noche de enero, en Burdeos, y las escribió una niña de once años que llevaba cuatro meses sin ver la luz del sol y a la que un lobo con alianza acababa de llamar Julieta.

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Volvió a la habitación a las doce y diez.

María no estaba, porque María estaba en una caja de zapatos en el armario de un dormitorio de Vilagarcía de Arousa, y esa noche fue la primera en que Sheila entendió que aquello iba a ser así ya siempre.

Se metió en la cama.

Y antes de dormirse hizo una sola cosa, que es la cosa por la que veinte años después iba a estar viva y por la que este libro existe.

Se dijo su nombre.

Lo dijo en voz baja, entero, con los dos apellidos, como se lo decían en el colegio en la lista de clase.

Y después lo repitió.

Lo repitió todas las noches durante veinte años, en once ciudades, en catorce casas, en cuatro idiomas alrededor, y no falló una sola noche, y no se lo contó nunca a nadie hasta la sesión número treinta y uno de una consulta de Lugo, un jueves a las cinco de la tarde.

Porque a él le hacía falta llamarla Julieta.

Y a ella le hacía falta lo contrario.

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Todas las noches, cerca de tu casa, alguien compra, alguien vende, el alma de Julieta.

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