Caperucita. La cara B Monte Lobeira
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Monte Lobeira

Marea viva

«La marea viva sube más y baja más. Las dos cosas.»

En la ría hay dos mareas al día y hay, además, otra cosa.

Dos veces al mes, con la luna nueva y con la luna llena, el agua sube más de lo que sube nunca y baja más de lo que baja nunca.

Se llama marea viva. Los días de marea viva el mar se retira hasta dejar al descubierto bancos que no se ven el resto del mes, y seis horas después vuelve y se come el murete del paseo y hay que apartar los coches.

Los mariscadores lo saben y trabajan esos días.

Los que viven de espaldas al agua no lo notan.

Y hay una cosa que en Galicia sabe cualquiera y que nadie se molesta en explicar, porque se aprende de niño mirando: que la marea viva no es una marea más fuerte. Es la misma marea. Lo que cambia es que ese día el agua tiene permiso para llegar hasta donde llega de verdad.

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Los martes y los jueves no había cocido, ni deberes en la mesa de la cocina, ni una niña de nueve años en el pasillo.

Los martes y los jueves había un piso de alquiler a dos calles de la Praza de Ravella, en un tercero con las ventanas mal ajustadas, con dos platos en el escurridor, una lámpara de pie que Vidal había comprado en una liquidación y una cama de metro cuarenta que resultó ser, con el tiempo, el único mueble de aquella casa que sirvió para algo.

Carmen llegaba a las nueve y media. Nunca antes.

Y esto hay que decirlo porque explica todo lo demás: no llegaba nunca por sorpresa, ni a deshora, ni con una excusa.

Aquellas dos noches estaban en su cabeza con la misma condición administrativa que una reunión, y llegaba a ellas de la misma manera en que llegaba a todo, que era puntual y con la decisión tomada de antemano.

Lo que ocurría después de que se cerrara la puerta no lo tenía decidido nadie.

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La primera vez fue en noviembre y fue mala.

Conviene contarlo, porque después de veinte años a la gente le gusta imaginarse que estas historias empiezan bien, y casi ninguna empieza bien.

Fue torpe de la manera concreta en que son torpes dos adultos de treinta y ocho años que llevan mucho tiempo sin que les importe de verdad: demasiada cortesía, demasiada atención a lo que quiere el otro y muy poca a lo que quiere uno, y ese exceso de consideración que en la cama es exactamente lo mismo que la desconfianza.

Vidal se quedó a mitad de camino, sentado en el borde de la cama, con una mano en la nuca.

—Perdona.

—No.

—Es que...

—No —dijo Carmen—. No pidas perdón. Eso sí que no lo aguanto.

Estaba tumbada de lado, apoyada en un codo, mirándolo con esa atención de instrumento de medida que ponía en todo, y a Vidal le pareció que estaba a punto de vestirse y de irse y de que aquello se convirtiera en una anécdota incómoda de dos personas que se saludarían con frialdad en el mercado durante diez años.

Lo que hizo fue reírse.

Una risa corta, por la nariz.

—¿Sabes qué pasa? —dijo—. Que llevas dos horas comportándote como si yo fuera a examinarte.

—Un poco sí.

—Ya. —Se incorporó y se sentó a su lado, hombro contra hombro, desnuda y absolutamente cómoda, cosa que a él le resultó más desarmante que cualquier otra parte de aquella noche—. Pues no. Yo no examino. Yo cobro y pago, y esto no se cobra.

Le puso la mano abierta en el pecho. Se quedó ahí.

—Otro día —dijo.

Se vistió sin prisa, se fue a las doce y cuarto, y en la puerta, ya con el abrigo puesto, se giró.

—El jueves.

No fue una pregunta.

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El jueves fue otra cosa.

Empezó en la puerta y no llegó a la cama en la primera media hora.

Carmen entró, dejó el bolso en el suelo del recibidor —en el suelo, no en la silla, y ese detalle a Vidal le dijo lo que hacía falta saber antes de que ella dijera nada—, y cuando él fue a decir algo le puso dos dedos en la boca.

—Hoy no hablamos.

Y ahí empezó a entenderla.

Porque Carmen Lodeiro se pasaba la vida hablando. Su trabajo era hablar: medir a la gente, no dar más información de la que le pedían, controlar hasta la última sílaba de cada conversación durante catorce horas al día. Llevaba veinte años sin decir una frase entera sin haberla calculado.

Y lo que quería aquella noche, y lo que quiso después casi todas, era no tener que calcular nada.

No era pasividad. Era lo contrario y le costó a Vidal tres semanas verlo: era una mujer que sostenía sola un edificio de nueve personas, un piso, una hija y un negocio, y que dos noches por semana necesitaba, con una necesidad física, que durante un rato la decisión fuera de otro.

De otro concreto. De uno que ella hubiera elegido.

Es la forma más difícil de confianza que existe, y no se puede simular.

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Él tardó en atreverse.

Un hombre honesto tiene un problema muy específico en esa situación: que la honestidad le ha enseñado a preguntar, y preguntar no siempre es lo que hace falta.

—¿Así? —dijo, la primera noche que la puso contra la pared del pasillo.

Y Carmen, con la cara girada, la mejilla en el gotelé, la respiración ya rota, dijo:

—No me preguntes. Si tengo que decirte yo lo que hay que hacer, es como estar trabajando.

Y esa frase reorganizó ocho meses.

Porque lo que ella le estaba diciendo, y lo dijo una vez y no lo repitió porque no hacía falta, era esto: quiero que decidas tú, quiero que se te note que lo has pensado, y quiero poder parar en cualquier momento sin tener que explicarlo.

Las tres cosas a la vez.

Y las tres funcionaron durante ocho meses sin que hubiera que negociarlas nunca más, porque él las entendió y porque una sola vez, en enero, ella le apretó el antebrazo dos veces con la mano y él se detuvo en seco a media palabra, y se quedó quieto, y esperó, y no preguntó por qué.

Aquella noche Carmen tardó cuatro o cinco minutos en volver.

Y en los años siguientes, cuando pensó en Antonio Vidal —y pensó mucho, y en sitios peores que aquella cama—, lo que le venía primero no era el sexo.

Eran esos cuatro minutos de un hombre esperando en silencio sin pedir explicaciones.

❖

Lo que hubo, fue mucho.

Hubo el suelo de la cocina un martes de diciembre, con la puerta del frigorífico entreabierta porque la habían golpeado al pasar y con esa luz blanca cayendo de lado sobre las baldosas mientras ninguno de los dos se molestaba en cerrarla, y los dos con marcas en las rodillas al día siguiente que a Vidal le duraron hasta el viernes y que tuvo que explicar en la oficina con una mentira sobre un vehículo.

Hubo la ducha, que era pequeña y donde no se podía hacer casi nada, y donde descubrieron que la limitación del espacio obliga a una lentitud que resultó ser mejor que cualquier cosa que hubieran planeado: media hora de pie, el agua cayéndoles en la espalda por turnos, ella con la frente apoyada en su hombro y él con una mano en la parte baja de su espalda y la otra donde ella se la había puesto, y sin ninguna prisa, y el agua enfriándose y ninguno de los dos moviéndose para arreglarlo.

Hubo una tarde de febrero, un lunes que no era martes ni jueves, en el coche de la Brigada, en un camino de Fontecarmoa, con los cristales empañados y los dos con la ropa a medio quitar como dos críos de dieciocho años, y aquella fue la única vez en ocho meses en que Antonio Vidal hizo algo verdaderamente imprudente, porque aquel coche tenía un indicativo y una radio, y la radio sonó a mitad, y él la dejó sonar.

Hubo noches largas y despacio, de las que empiezan con la lámpara de pie encendida y terminan tres horas después sin que nadie sepa cuándo se apagó.

Y hubo noches de veinte minutos, entre la puerta y el recibidor, en las que ella entraba ya buscándole el cinturón y en las que no se dijeron una palabra, y que fueron, contra todo lo que suele contarse de estas cosas, tan buenas como las otras.

❖

Lo que sí puede describirse con precisión, porque es lo que importa, es lo que aquella mujer hacía con los ojos.

No los cerraba.

Casi nadie los mantiene abiertos. Cerrar los ojos es el mecanismo por el que la mayoría de la gente se permite estar ahí: se cierran para irse un poco, para no ser mirado, para que el placer sea un asunto privado que ocurre dentro de uno mismo aunque haya otra persona encima.

Carmen Lodeiro los tenía abiertos.

Los tenía abiertos en el momento exacto en que cualquiera los cierra, fijos en la cara de él, a veinte centímetros, sin pestañear, con esa concentración absoluta que ponía en las cosas que quería entender.

A Vidal, las primeras veces, le resultó difícil de sostener.

Se lo dijo una noche de enero, tumbados, con el techo por delante y la respiración volviendo.

—Me miras todo el rato.

—Sí.

—¿Por qué?

Carmen tardó en contestar. Después dijo:

—Porque es el único momento en que la gente no puede mentir.

Y se quedó callada, y él tampoco dijo nada, y los dos supieron perfectamente lo que acababa de pasar en aquella habitación, que era esto: que una mujer que se dedicaba a lo que se dedicaba había encontrado un sitio en el mundo donde la información era verdadera, y que iba a ir a ese sitio dos veces por semana mientras durase.

Y que él, un hombre que llevaba tres meses llevando una contabilidad secreta de todo lo que se callaba, se estaba dejando mirar de frente exactamente en el único momento en el que no podía cuadrarla.

Fue lo más honesto que hizo Antonio Vidal en aquellos ocho meses.

Y lo hizo desnudo, y sin decir nada, y en la única lengua en la que sabía decirlo.

❖

Nunca se quedó a dormir en el piso de ella.

Ella se quedó a dormir en el de él una sola vez.

Fue en marzo, un jueves, y ocurrió por un motivo doméstico y sin ninguna solemnidad: Sheila estaba en casa de la señora Fernanda porque había un cumpleaños al día siguiente, y Carmen, a la una y media de la madrugada, dijo:

—No me voy.

Vidal se apoyó en el codo.

—¿No?

—No tengo que estar en ningún sitio a las siete. Es la primera vez en nueve años. —Se giró de espaldas a él y se colocó la almohada—. Apaga.

Él apagó.

Y a las cuatro y media de la mañana, Antonio Vidal se despertó como se despertaba siempre desde que había empezado aquel invierno, con esa exactitud desagradable de la gente que tiene una cuenta pendiente, y se quedó mirando el techo.