Marea viva #2
Carmen dormía de lado, dándole la espalda, con una mano debajo de la cara.
Y él estuvo veinte minutos mirándola.
No fue un momento romántico. Fue lo peor de aquellos ocho meses, y él lo supo mientras ocurría.
Porque una mujer que se va a las doce y cuarto es una decisión que se puede seguir tomando cada semana.
Una mujer que respira a treinta centímetros a las cuatro y media de la madrugada es una vida, y la vida de aquella mujer no se podía tener sin que se cayera algo, y él llevaba tres meses sabiéndolo y aquella noche lo tuvo delante, dormido y templado y con una mano debajo de la cara.
A las cinco se levantó, fue a la cocina y bebió agua de pie, a oscuras.
Cuando volvió, ella tenía los ojos abiertos.
No dijo nada. Ni una palabra. Se limitó a mirarlo desde la almohada mientras él se metía otra vez en la cama, con esa concentración absoluta que ponía en las cosas que quería entender, y esta vez a Vidal no le hizo falta que le explicaran lo que había visto, porque estaba escrito con letras de un metro en todo lo que él acababa de hacer: levantarse, beber agua a oscuras y volver.
Se dio la vuelta y le puso el brazo por encima.
Fue ella la que lo abrazó a él. Eso fue lo que pasó aquella noche.
Y no se volvió a quedar.
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En abril subieron al Monte Lobeira, y desde el mirador ella le enseñó la ría entera y le contó, sin nombrar a nadie, qué parte de aquello era suya.
Mucha gente ha contado esa escena como el momento en que Antonio Vidal se enteró de con quién estaba.
No es verdad. Lo sabía desde el primer día en El Náutico y consta en once documentos de una carpeta fina que abrió un miércoles por la mañana con la puerta cerrada.
Aquella mañana de abril, en el monte, con la luz cayendo sobre el agua y una niña de nueve años trepando por las ruinas de un castillo a treinta metros, no se enteró de nada.
Solamente se le subió el agua hasta donde llega de verdad.
Y las mareas vivas tienen esa cosa que sabe cualquiera en la ría y que nadie se molesta en explicar: que el mismo día en que el agua llega más arriba que ningún otro día del mes es también, exactamente, el día en que se retira más lejos.
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CAPÍTULO 11
Monte Lobeira
«Enséñame lo que miras cuando estás sola y te diré quién eres.»
Subieron en abril, un domingo raro.
Raro porque hizo sol. No el sol vago que hay a veces entre nubes, sino un sol limpio de los que en la ría aparecen dos o tres veces en primavera y ponen a la comarca entera de un color que no parece suyo: el agua azul de verdad, el verde de los montes casi eléctrico, la piedra de las casas rosa en lugar de gris.
—Hoy subimos al monte —dijo Carmen a media mañana, por teléfono—. Hoy o nunca.
—¿Qué monte?
—Lobeira. Coge el coche.
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Al Monte Lobeira se sube por una carretera estrecha que va serpenteando entre pinos y eucaliptos, con curvas cerradas y algún tramo donde no caben dos coches, y arriba hay una explanada, unas ruinas de castillo casi desaparecidas, una ermita pequeña y un mirador.
Y desde el mirador se ve la ría entera.
Vidal llevaba dos años y medio destinado allí y no había subido nunca. Fue el motivo por el que se quedó parado tres o cuatro segundos al bajar del coche, con la puerta todavía abierta, mirando.
Se veía todo.
Se veía Vilagarcía abajo, apretada contra la orilla, con las grúas del puerto.
Se veía el paseo entero, la playa, el espigón.
Se veía Cortegada como una mancha de bosque flotando.
Se veían las bateas —cientos, miles, alineadas en filas larguísimas, rectángulos oscuros sobre el agua brillante, como una ciudad de tejados a ras del mar—.
Se veía A Illa de Arousa con su puente. Se veía Carril, Vilaxoán, Cambados al fondo a la izquierda, y más allá el brazo abierto de la ría estrechándose hacia la boca, y en la boca, muy lejos, borrosas por la distancia, unas islas bajas.
—Sálvora —dijo Carmen, sin que él preguntara—. Y detrás de eso ya no hay nada hasta América.
Sheila salió disparada hacia el borde del mirador y Carmen dijo «¡eh!» sin ninguna convicción, porque a las dos les gustaba lo mismo y las dos lo sabían.
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—¿Por qué se llama Lobeira? —preguntó Sheila al rato, desde una piedra.
—Por los lobos —dijo Carmen.
—¿Aquí había lobos?
—Aquí había lobos y en toda Galicia había lobos. Todavía quedan, en el interior. En la montaña.
—¿Y aquí ya no?
—Aquí ya no.
Sheila miró alrededor, evaluando el monte con la seriedad de quien comprueba una afirmación.
—¿Y por qué se fueron?
—Porque los mataron —dijo Carmen—. Y porque se acabó el sitio. Un lobo necesita mucho monte y aquí ya no hay monte, hay pueblo. —Se sentó en la piedra al lado de su hija—. Y porque cuando en un sitio se acaban los lobos de verdad, aparecen otros.
—¿Qué otros?
—Es una manera de hablar.
—No, no lo es —dijo Sheila.
Carmen se rió. Fue una risa corta y un poco sorprendida.
—No —admitió—. No lo es.
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Sheila se cansó del mirador a los veinte minutos y se fue a explorar las ruinas del castillo con una rama que había encontrado y a la que había asignado, evidentemente, una función.
Carmen y Vidal se quedaron solos en el borde.
Estuvieron un rato sin hablar.
—Ahí —dijo ella al fin.
—¿Dónde?
—Ahí. La segunda fila de bateas empezando por la izquierda, después del canal.
Vidal miró.
—Vale.
—Cuéntalas.
—¿Para qué?
—Cuéntalas.
Vidal las contó. Eran doce, o trece; a esa distancia era difícil.
—Trece —dijo Carmen—. Nueve son de una cooperativa de Vilanova. Cuatro son de un hombre que se llama como no hace falta que se llame. Ese hombre las compró hace seis años. —Pausa—. ¿Sabes lo que produce una batea al año?
—Sé lo que declaran que produce.
—Exacto. —Ella seguía mirando al frente—. Esa es toda la conversación, Antonio. Todo lo demás son detalles.
Vidal no dijo nada durante un momento.
—¿Por qué me estás contando esto?
—No te estoy contando nada. Te estoy enseñando el paisaje. —Se giró hacia él por primera vez—. Llevas dos años y medio aquí abajo, en la calle, mirando coches y esperando teléfonos. Y no has subido nunca a mirarlo desde arriba. Pues ya lo has hecho. Ahora ya sabes cómo es.
—¿Y cómo es?
—Es bonito —dijo Carmen—. Es lo peor que tiene.
Que es bonito, que la gente que lo hace funcionar son los mismos que te venden el pan, y que si mañana lo quitas todo de golpe, esta comarca se muere.
—Volvió a mirar al agua—. Eso no lo justifica.
Solo lo explica. Son cosas distintas y aquí nadie las distingue nunca, ni los de tu lado ni los del mío.
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Hubo un silencio largo.
Abajo, en la ría, una embarcación pequeña cruzaba dejando una uve blanca detrás.
—¿Cuál es tu lado? —dijo Vidal.
—Ya lo sabes.
—Quiero oírlo.
—No, no quieres. —Carmen lo dijo sin dureza—. Quieres haberlo oído. Es distinto. Querer oírlo sería querer estar en esta conversación, y tú no quieres estar en esta conversación, quieres haberla tenido ya y que no cambie nada.
Vidal se apoyó en el murete.
—¿Tú qué crees que va a pasar? —dijo.
—Contigo y conmigo, nada bueno. Con lo demás, lo de siempre.
—¿Y aun así estás aquí.
—Y aun así estoy aquí. —Se encogió de hombros—. Yo he tenido muy pocas cosas que no fueran útiles, Antonio. Esta es una. Me dura lo que dure.
Y entonces Vidal hizo la pregunta.
La hizo mirando al frente, a las bateas, con el tono con el que se preguntan las cosas que uno ya ha decidido preguntar hace días.
—Si mañana tuviera lo suficiente. Si mañana me pusieran encima de la mesa un atestado con tu nombre. ¿Qué crees que haría?
Carmen no tardó nada.
—Detenerme.
—¿Estás segura?
—Completamente. —Y añadió, y fue lo peor de todo—: Es lo único que me gusta de ti que sea seguro.
Vidal cerró los ojos un segundo.
—¿Y no te da miedo?
—Me daría más miedo lo contrario —dijo Carmen—.
Si tú fueras de los que no me detienen, tú no serías tú, y entonces esto —hizo un gesto pequeño que los abarcaba a los dos, y al monte, y a la ría entera— no valdría nada.
Los hombres que se doblan por una mujer se doblan después por cualquiera.
Los conozco. He trabajado con ellos toda mi vida. —Pausa—. Y no me acuesto con ellos.
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Sheila volvió corriendo con algo en la mano.
—¡Mirad!
Era un trozo de teja vieja, curva, roja, con musgo en un borde.
—¿De dónde has sacado eso? —dijo Carmen.
—De ahí atrás. Hay un montón. ¿Puedo quedármelo?
—Es un cacho de teja, Sheila.
—Es del castillo.
—Es de un cobertizo de hace cuarenta años.
Sheila la miró con la dignidad ofendida de quien acaba de ser vandalizada.
—Bueno —dijo Carmen—. Pues es del castillo.
Y Sheila se lo guardó en el bolsillo del abrigo, donde estuvo tres semanas hasta que la máquina de lavar acabó con la discusión.
Bajaron al coche.
Vidal iba el último. Antes de meterse dentro se giró una vez más hacia el mirador y hacia la ría entera abierta debajo, con la luz de abril cayéndole encima, y tuvo con una nitidez desagradable el pensamiento exacto que llevaba dos meses evitando:
Esto no se puede tener.
No la mujer. No la niña. No el domingo.
Aquello. El conjunto. La cosa entera, tal como estaba montada.
Faltaban cuatro meses para que lo dijera en voz alta.
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