La niña del pelo rojo
La niña del pelo rojo
«Los niños preguntan mejor que nadie porque todavía no saben qué preguntas no se hacen.»
El piso de Carmen Lodeiro estaba en un tercero sin ascensor de una calle del casco viejo por la que no cabía un camión de la basura, con lo cual los vecinos bajaban los cubos a mano hasta la esquina, y ese detalle —el de los cubos— le pareció a Vidal, la primera vez que subió, un dato relevante sobre la mujer que había elegido vivir allí pudiendo vivir en otro sitio.
Subió las escaleras a las dos menos cinco de un domingo de diciembre.
Olía a cocido desde el segundo.
Le abrió una niña.
Tenía nueve años y el pelo más rojo que Vidal había visto en su vida, recogido en dos trenzas hechas por ella misma, lo que se notaba en que una estaba dos dedos más alta que la otra. Llevaba un jersey verde. Y no dijo hola.
Lo miró.
Lo miró de arriba abajo con una concentración absoluta, sin ninguna prisa y sin ninguna vergüenza, durante lo que a Vidal le parecieron cuatro o cinco segundos y que probablemente fueron dos.
—¿Eres el amigo de mamá? —dijo.
—Sí.
—¿Qué tipo de amigo?
Vidal miró hacia el pasillo. Al fondo, en la cocina, Carmen estaba de espaldas y no se giró, y él supo perfectamente que no se giraba a propósito.
—El que viene a comer los domingos —dijo.
Sheila lo consideró.
—¿Todos los domingos o algunos?
—Empecemos por hoy.
—Vale. —Se apartó de la puerta para dejarlo pasar—. El último que venía a comer los domingos era aburrido.
—Intentaré no serlo.
—Ya veremos —dijo la niña.
Y se fue por el pasillo sin esperarlo, que era su manera de decir que la conversación había terminado y que las conclusiones se comunicarían más adelante.
Fue, pensaría Vidal muchos años después, la conversación más honesta que había tenido con nadie en mucho tiempo.
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Aquella comida duró cuatro horas.
Vidal había ido preparado para lo que uno se prepara en esos casos: para que la niña estuviera callada, o para que estuviera insoportable, o para tener que hacer el tipo de esfuerzo simpático que los adultos hacen con los hijos de otros y que los hijos de otros detectan inmediatamente.
No pasó nada de eso.
Lo que pasó fue un interrogatorio.
—¿Tú de dónde eres?
—De Madrid.
—¿Y por qué estás aquí?
—Porque me mandaron.
—¿Quién?
—Mi trabajo.
—¿Y tu trabajo puede mandarte a sitios?
—A mi trabajo sí.
Sheila lo pensó, con el tenedor parado a media altura.
—Entonces tu trabajo es más importante que tú —dictaminó.
Carmen se rió por primera vez en toda la comida.
—Un poco sí —admitió Vidal.
—¿Y no te da rabia?
—A veces.
—¿Y por qué no te vas?
—Porque me gusta lo que hago.
Sheila lo miró con una desconfianza teórica muy interesante, la de quien acaba de recibir una respuesta que no encaja con el resto del sistema.
—Eso no puede ser las dos cosas —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque si te gusta, no te tendría que dar rabia.
Y Vidal, que llevaba quince años dando explicaciones a jueces, a fiscales, a periodistas y a superiores, se encontró intentando explicarle a una niña de nueve años una cosa que él mismo no tenía del todo resuelta, y se encontró además haciéndolo en serio, sin simplificar, y se dio cuenta a la mitad de que llevaba dos minutos hablando y de que ella lo estaba escuchando entero.
Eso fue lo que decidió el asunto.
No la comida, ni Carmen, ni el olor del cocido en la escalera. Fue una niña de nueve años escuchando entera una explicación complicada porque nadie le había dicho que no iba a entenderla.
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Sheila Lodeiro tenía, a los nueve años, una serie de cosas que ningún formulario habría sabido recoger.
Tenía una manera de entrar en las habitaciones distinta a la de los otros niños de su edad: no irrumpía, no anunciaba su presencia, entraba como quien comprueba el terreno antes de decidir si se queda.
Lo había aprendido de vivir con una madre que a veces necesitaba silencio y otras veces compañía y que no siempre avisaba de cuál era el caso.
Tenía una memoria extraordinaria para lo sensorial.
No para las fechas ni para los nombres —en eso era normal, o incluso mala—, sino para los olores, las texturas, la temperatura del aire en momentos concretos.
Podía decir en qué mes se había hecho una foto por la luz.
Sabía distinguir el olor de la escalera de su casa del de la escalera del edificio de al lado, que a cualquier otro le habrían parecido idénticos.
No era algo que hubiera desarrollado a propósito. Era su forma de estar en el mundo.
Años después, resultaría ser exactamente el mecanismo que le permitiría conservar algo que la razón no puede conservar pero los sentidos sí.
Y tenía a María.
María era una muñeca de trapo con el pelo rojo, comprada cuando Sheila tenía dos años en un mercadillo de artesanía de la Praza de Ravella, en la etapa en que Carmen intentaba que su vida tuviera el aspecto de una vida normal.
El pelo había perdido brillo. Los ojos eran dos botones negros cosidos con hilo rojo, y uno de ellos estaba medio dedo más arriba que el otro, defecto de fábrica que Sheila defendía con vehemencia cuando alguien lo mencionaba.
María dormía todas las noches en la almohada de al lado.
Era el objeto que Sheila consideraba más suyo del mundo.
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Los lunes, miércoles y viernes, Sheila iba después del colegio a casa de la señora Fernanda, que vivía dos calles más abajo y que había sido vecina de Carmen desde el primer año y que era una de esas mujeres de setenta y tantos años que en las ciudades pequeñas sostienen media estructura social sin que nadie lo reconozca oficialmente.
La señora Fernanda le daba merienda, la ayudaba con los deberes de matemáticas hasta donde llegaba —que era hasta las fracciones— y le contaba cosas de cuando la ría estaba llena de barcos de vela y de cuando en Carril se cargaba la almeja en tren para Madrid.
—¿Y tú qué vas a ser de mayor? —le preguntó una tarde.
—Todavía no lo he decidido.
—Alguna idea tendrás.
Sheila lo pensó con la seriedad con la que lo pensaba todo.
—Algo de mirar —dijo.
—¿Cómo de mirar?
—Un trabajo de mirar a la gente y entender lo que les pasa.
La señora Fernanda se rió y le dijo que eso no era un trabajo.
Se equivocaba, pero tardaría veinte años en saberse.
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El primer domingo se convirtió en el segundo.
El segundo, en una costumbre.
Y la costumbre —esto lo entendería Vidal mucho después, en un despacho con ventana al norte a doscientos kilómetros de allí— es la forma que tienen de instalarse en la vida las cosas que uno no ha decidido tener.
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CAPÍTULO 9
Los domingos
«La felicidad no se reconoce mientras dura. Ese es todo su defecto.»
Hubo ocho meses.
Es importante decirlo así, con el número por delante, porque después vinieron veinte años y los veinte años tienden a tragarse a los ocho meses y a convertirlos en un episodio.
No fueron un episodio. Fueron ocho meses reales, con desayunos, con discusiones por tonterías, con una avería del calentador que tardó tres semanas en arreglarse, con una gripe que pasaron los tres seguidos y en cadena, con todo lo que constituye la textura de una vida cuando una vida está ocurriendo.
Y con los domingos.
Los domingos empezaban a la una y media y terminaban a las nueve, y a lo largo de aquel invierno fueron adquiriendo una forma propia que ninguno de los tres había diseñado y que los tres respetaban con una seriedad casi litúrgica.
Primero se comía. Después se salía a andar, lloviera o no —llovía—, porque Carmen tenía la teoría de que si en Galicia uno espera a que no llueva para salir, no sale.
Y después se volvía, y Sheila hacía los deberes en la mesa de la cocina mientras los adultos fingían leer el periódico, y a las ocho y media se cenaba cualquier cosa de pie, y a las nueve Vidal se iba.
Nunca se quedó a dormir.
No hablaron de eso. Fue una de esas normas que se establecen sin negociación y que sostienen más peso del que aparentan: que en aquella casa había una niña, y que un hombre que se queda a dormir es una categoría distinta de un hombre que viene los domingos, y que ninguno de los dos tenía prisa por saber si estaba preparado para la categoría siguiente.
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Andaban por el paseo.
El paseo de A Concha sigue la orilla desde el centro hasta Carril y tiene, en invierno, un aspecto que a Vidal le fue gustando cada vez más: la ría gris, el agua picada, cuatro o cinco personas caminando con capucha y una determinación de ejercicio, y enfrente, siempre, la isla.
—¿Cómo se llama? —preguntó él el primer domingo.
—Cortegada.
—¿Y quién vive ahí?
—Nadie. Es un parque nacional. Hay un bosque de laureles que dicen que es el más grande de Europa y no puede entrar nadie sin permiso.
—Una isla enfrente de una ciudad y no va nadie.
—Ya —dijo Carmen—. Es lo más de aquí que hay.
Sheila iba diez metros por delante, que era su distancia.
Nunca corría a ninguna parte y nunca se quedaba atrás; mantenía diez metros con una precisión de instrumento, y aquello a Vidal le pareció al principio independencia y después entendió que era otra cosa: una posición desde la que se ve a los dos adultos enteros y se oye la mitad de lo que dicen.
Con la marea baja, la ría deja al descubierto un fondo enorme de lodo y de conchas y de piedra, y aparecen las mariscadoras: mujeres con vadeadores hasta el pecho, con el rastro y la cesta, repartidas por el banco a distancias regulares, dobladas sobre el agua con una paciencia que desde la orilla parece devoción.
Sheila se paró a mirarlas mucho rato.
—¿Qué hacen?
—Coger almeja.
—¿Todo el día?
—Las horas que deja la marea.
Sheila se quedó callada, calculando.
—Entonces su trabajo no depende de ellas —dijo al fin—. Depende de la luna.
Vidal miró a Carmen. Carmen se encogió de hombros, con una expresión que quería decir esto es lo que hay todos los días .
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En Carril comieron almejas un domingo de febrero, en un local con manteles de papel donde el vino se servía en tazas de loza blanca porque siempre se había hecho así.
Sheila comió dieciséis almejas y las contó.
—¿Por qué las cuentas? —preguntó Vidal.
—Para saber.
—¿Para saber qué?
—Cuántas caben. —Lo miró como si fuera evidente—. Si no las cuentas, luego dices «he comido muchas» y eso no es información.
Vidal se rió. Se rió de verdad, con la garganta, y se dio cuenta a mitad de la risa de que no recordaba cuándo había sido la última vez.
Carmen lo estaba mirando.
—¿Qué? —dijo él.
—Nada. —Bebió—. Que se te ha caído la cara de policía un momento. Estaba comprobando si volvía sola.
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La torre no está en Vilagarcía. Está en Cambados, a diez minutos por la carretera de la costa, en un islote pequeño que se llama A Figueira, frente al barrio marinero de Santo Tomé.
Es lo que queda de una fortaleza medieval: dos muros de piedra oscura, sillería vista, unas cuantas gaviotas siempre.
San Sadurniño. Desde ahí se vigilaba la entrada de la ría, y cuando aparecían los normandos se encendía una hoguera arriba que se veía desde las Torres de Catoira, y con eso se avisaba a media Galicia.
Se llega por un puente estrecho desde la playa da Mouta. Con la marea baja se puede ir andando.
Fueron un domingo de marzo con marea baja y lo cruzaron a pie.
Sheila la rodeó entera dos veces antes de decir nada, tocando el muro con la mano.
—¿Esto para qué era?
—Para vigilar —dijo Vidal—. Para ver quién entraba en la ría.
—¿Quién entraba?
—Piratas. Normandos. Gente que venía por el mar a llevarse cosas.
—¿Y funcionaba?
—A veces.
Sheila se subió a una piedra plana y se giró hacia el oeste, hacia donde la ría se ensancha y las bateas empiezan a hacerse pequeñas y el agua se confunde con el cielo en una línea que aquel día no se veía.
—¿El mar se acaba? —dijo.
—No.
—¿En ningún sitio?
—Da la vuelta entera y vuelve aquí.
Sheila estuvo un rato mirando la línea.
—Entonces esto no es el final —dijo—. Es el principio.
Y bajó de la piedra y se fue a buscar cangrejos, porque tenía nueve años y las frases importantes las decía siempre de camino a otra cosa.
Vidal se quedó donde estaba.
Carmen se puso a su lado.
—No se lo digas —dijo ella.
—¿El qué?
—Que ha dicho algo bonito. Se le mete en la cabeza y luego lo hace a propósito, y cuando lo hace a propósito ya no le sale.
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Hubo una tarde, a finales de marzo, en que Sheila le hizo a Vidal una pregunta que él tardó cinco años en dejar de repasar.
Estaban los dos solos en la cocina. Carmen había bajado a por pan.
—Tú eres policía —dijo Sheila, sin levantar la vista del cuaderno.
—Sí.
—¿De los de coche o de los otros?
—De los otros.
—¿Y qué haces?
—Busco a gente que trae cosas que no se pueden traer.
Sheila siguió escribiendo un momento.
—¿Y cómo sabes quién las trae?
—Se investiga. Se mira mucho. Se pregunta.
—¿Y si la gente no te contesta?
—Se mira más.
Sheila levantó la cabeza entonces, y lo miró con esos ojos que medían todo, y dijo:
—¿Tú a mi madre la has mirado mucho?
Vidal no supo, en aquel momento, si era una pregunta de niña o si era la pregunta más adulta que le habían hecho nunca.
Con el tiempo llegó a la conclusión de que era las dos cosas, porque los niños no distinguen entre esas dos categorías y por eso preguntan mejor que nadie.
—Sí —dijo.
—¿Y qué has visto?
—Que le importas mucho.
Sheila lo consideró. Y después, con una economía que heredaba entera a su madre, dijo:
—Vale. Esa respuesta no era de la pregunta, pero vale.
Y volvió al cuaderno.
Vidal se quedó de pie en la cocina con el corazón haciendo algo raro y con la certeza —la primera certeza clara de todo aquel invierno— de que estaba metido en un sitio del que no iba a poder salir bien.
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