Caperucita. La cara B Lo que Vidal sabía
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Lo que Vidal sabía

Lo que Vidal sabía

«Los honestos son inadaptados sociales.»

Volvieron a verse once días después, en el mismo bar, y ninguno de los dos fingió que fuera casualidad, lo cual ya era una forma de acuerdo.

Vidal llegó a las ocho. Carmen estaba en el mismo taburete.

—Llega tarde —dijo ella.

—No habíamos quedado.

—Por eso llega tarde. Si hubiéramos quedado, sería puntual. Usted es de los puntuales. Se le nota.

—¿En qué se me nota?

—En que le molesta que se lo digan.

Vidal se sentó. Pidió lo mismo de la otra vez y el camarero, que en once días había clasificado la situación con la eficacia de los camareros de bar de puerto, no dijo nada y no miró.

Hablaron dos horas.

No hablaron de nada importante y hablaron exclusivamente de cosas importantes, que es la paradoja de las conversaciones que cuentan.

Hablaron del sitio: de por qué en la ría la gente dice ir a Vilagarcía aunque esté en Vilagarcía, porque Vilagarcía es solo el centro y lo demás son las parroquias.

De la lluvia. De Madrid, que los dos conocían y que ninguno de los dos echaba de menos por razones distintas.

De un libro que él estaba leyendo y que ella había leído hacía años y del que se acordaba mejor que él.

En algún momento Vidal se dio cuenta de que llevaba veinte minutos sin hacer una sola pregunta de policía.

Le sorprendió. No la ausencia de las preguntas: la ausencia del impulso.

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—¿A qué se dedica? —preguntó de todas formas, al final, porque había un límite a lo que podía dejar sin hacer.

—Distribución.

—Eso ya me lo dijo.

—Es que sigue siendo verdad.

—¿Distribución de qué?

—De cosas —dijo Carmen. Y después, mirándolo—: ¿Le sirve de algo que se lo diga?

Vidal lo pensó honestamente, que era su defecto principal.

—No —dijo—. Lo que usted me diga en una barra no me sirve para nada.

—Pues ya está.

Y no preguntó más.

Y ese no preguntar más fue, paradójicamente, lo que más le importó a Carmen. No la curiosidad —la curiosidad la tienen todos—, sino la decisión de no usarla.

Ella llevaba dos años en sus informes. Lo sabía. Y sabía que él sabía que lo sabía. Era una transparencia mutua que ninguno de los dos nombraba, que es la forma más elegante y más frágil de construir algo.

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Al día siguiente, Vidal abrió el expediente.

No el expediente de ella: no había expediente de ella. Abrió la carpeta donde iban acumulándose los papeles en los que el nombre aparecía, que era una carpeta fina y sin criterio, de las que existen en todas las brigadas de estupefacientes y que no son nada hasta que un día son todo.

Había once documentos.

Los leyó los once, seguidos, en su despacho, con la puerta cerrada, un miércoles por la mañana.

Cuando terminó, se quedó un rato con las manos sobre la mesa.

Lo que tenía delante no era una prueba de nada.

Era, exactamente, lo que Regueira le había dicho: una mujer difícil.

Sociedades limpias con actividad real. Ninguna violencia asociada.

Ningún vínculo directo con un alijo, con un transporte, con una persona detenida.

Un patrón de contactos que no significaba nada por separado y que junto significaba bastante para quien supiera leerlo, y nada en absoluto para un juez.

Y en el documento número siete, una anotación marginal, a lápiz, de puño de Regueira, con fecha de dos años atrás:

Tiene una hija pequeña. Vive con ella.

Vidal miró esa línea más tiempo del que hacía falta para leerla.

Después cerró la carpeta.

Y aquí es donde conviene ser preciso, porque veinte años después, en una sala de interrogatorios con dos fluorescentes que parpadeaban, iban a preguntarle exactamente por este miércoles.

Vidal no destruyó nada. No ocultó nada. No frenó ninguna línea de investigación, entre otras cosas porque no había ninguna línea de investigación que frenar.

Lo que hizo fue algo más pequeño y más grave: no abrió una.

Tenía sobre la mesa material suficiente para pedir una intervención de comunicaciones sobre una sociedad. Era un tiro largo, con pocas probabilidades y muchas horas de trabajo, del tipo que se pide cuatro veces al año y que sale una.

No lo pidió.

No se dijo a sí mismo no lo pido porque he cenado con ella .

Se dijo lo que se dicen los hombres honestos cuando dejan de serlo por primera vez, que nunca es una mentira grande sino una razonable: no lo pido porque no aguanta un auto, porque tengo dos operaciones abiertas y cuatro personas, y porque hay prioridades .

Todo eso era cierto.

Y no era el motivo.

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Los honestos son inadaptados sociales.

Vidal lo había pensado muchas veces y lo pensó también aquellos meses.

En un mundo donde la mayoría de las relaciones se sostienen sobre algún grado de ignorancia deliberada, sobre un acuerdo tácito de no mencionar lo que ambos saben, la honestidad radical es desestabilizadora.

Incomoda a los demás. Incomoda a uno mismo.

El problema con los honestos es que no saben en qué momento parar.

Y el problema mayor —el que Vidal descubrió aquel invierno— es que un honesto que empieza a callarse una cosa no se convierte en un mentiroso: se convierte en un contable.

Empieza a llevar una contabilidad interna de lo que se calla, con sus asientos y sus partidas, y se pasa el día cuadrándola.

Es agotador. Y no se puede compartir con nadie, porque compartirlo sería el primer asiento del pasivo.

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—Un momento —dijo Soria—. Voy a preguntárselo directamente, porque después va a constar y prefiero que conste bien. ¿Usted, en aquella época, filtró a Carmen Lodeiro alguna información policial?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. —Vidal lo miró sin parpadear—. Ni entonces ni después. Puede usted mirar donde quiera y va a llegar a la misma conclusión, porque es la verdad y porque además soy lo bastante mayor para saber que la verdad es lo único que aguanta un expediente.

—Entonces, ¿qué hizo exactamente?

Vidal tardó un momento.

—No hacer —dijo—. Eso es lo que hice. Y le voy a ahorrar trabajo: no lo va a encontrar en ningún papel, porque lo que no se hace no deja rastro. Se lo estoy contando yo. Puede escribirlo.

El hombre de la libreta lo escribió.

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En diciembre, Carmen le preguntó si quería conocer a su hija.

No fue así exactamente. Fue mejor.

Estaban en el coche de él, parados frente al portal de ella, en una de esas calles del casco viejo tan estrechas que un coche parado obliga a los demás a esperar. Llovía, otra vez, con la persistencia habitual.

—¿Tienes hijos? —le había preguntado él semanas antes.

—Una. Sheila. Nueve años.

—¿Vive contigo?

—Claro que vive conmigo —había dicho Carmen, con una brevedad que no era frialdad sino exactamente lo que parecía: la declaración de alguien para quien esa pregunta no admite variante.

Ahora, en el coche, con el limpiaparabrisas puesto en intermitente y un motor de fondo, Carmen miró la fachada de su propio portal como si estuviera calculando algo.

—El domingo hago cocido —dijo.

—¿Eso es una invitación?

—Es una información. —Se giró hacia él—. Si te presento a mi hija, ya no podré deshacerlo. Los niños se acuerdan de la gente. Y ella se acuerda de todo, de una manera que a veces da miedo.

Vidal asintió despacio.

—Entonces no me invites.

—¿Cómo?

—Que si es una cosa que no se puede deshacer, no me invites por probar. Invítame solo si quieres que esté. —Miró al frente—. Yo llevo toda la vida entrando en sitios de los que se puede salir. No sé si sabré hacer lo otro. Pero prefiero que quede claro antes.

Hubo un silencio largo dentro del coche.

—A las dos —dijo Carmen—. Y no traigas nada, que traer cosas es de gente que no piensa volver.

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