Caperucita. La cara B Algeciras — el cuaderno del señor Bermúdez
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Algeciras — el cuaderno del señor Bermúdez

Algeciras — el cuaderno del señor Bermúdez

«El que apunta cobra. El que no apunta, regala.»

En la parte alta de Algeciras, en la esquina de la calle donde vivía Carmen Lodeiro, había un ultramarinos.

No un supermercado: un ultramarinos de los de verdad, con el suelo de baldosa hidráulica gastada en el camino que va de la puerta al mostrador, con sacos de legumbre abiertos, con un jamón colgado, con el olor concreto y hoy casi extinguido que hacen juntos el bacalao seco, el café en grano y el aceite.

Se llamaba Ultramarinos Bermúdez.

Lo llevaba el señor Bermúdez, que tenía entonces unos cincuenta y cinco años, un guardapolvo gris y unas gafas que se subía a la frente para mirar de cerca, lo cual era exactamente al revés de como funcionan las gafas y sin embargo a él le servía.

Y el señor Bermúdez tenía un cuaderno.

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Aquel cuaderno era, en la economía real de aquel barrio en aquellos años, una institución más sólida que cualquier banco.

Era de tapa de hule, cuadriculado, y estaba dividido por familias.

Cada familia tenía dos o tres páginas. En la columna izquierda iba la fecha y lo que se llevaba; en la derecha, lo que se pagaba.

Y en el margen, con lápiz, unas anotaciones cortas que solo entendía él y que a veces decían espera y a veces decían otras cosas.

Aquel barrio funcionaba a crédito. Se cobraba el día quince o el día treinta o cuando salía la faena, y entre medias se comía igual, y lo que se comía iba al cuaderno.

Carmen tenía siete años cuando la mandaron por primera vez con la lista.

Y desde los siete hasta los diecisiete fue ella la que bajó a comprar, porque era la que menos protestaba, y por lo tanto fue ella la que vio, dos o tres veces por semana durante diez años, cómo el señor Bermúdez abría el cuaderno, buscaba la página de su familia, y apuntaba.

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Nadie le enseñó nunca a Carmen Lodeiro nada sobre dinero.

Lo aprendió todo ahí, de pie, esperando, a la altura del mostrador, mirando aquel cuaderno del revés.

Aprendió que el que apunta cobra y el que no apunta regala.

Aprendió que la deuda no es una cifra sino una relación: que el señor Bermúdez no fiaba por bondad ni por cálculo, sino porque un tendero de barrio que no fía no tiene barrio, y que aquella no era una decisión moral sino una infraestructura.

Aprendió que había familias con dos páginas y familias con siete, y que las de siete no eran las más pobres sino las más desordenadas.

Y aprendió una cosa más, que le fue mucho más útil que las otras tres y que no habría sabido explicar hasta muchos años después: que el señor Bermúdez nunca decía en voz alta cuánto debía nadie.

Nunca. Ni una vez en diez años.

Miraba, apuntaba, cerraba el cuaderno y decía hasta luego, guapa .

El silencio era el producto. Lo que la gente le compraba a aquel hombre no era el bacalao: era la discreción.

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Falló una vez.

Fue en marzo, Carmen tenía trece años, y había en la tienda cinco o seis mujeres esperando, y estaba también la madre de Carmen.

Aquel invierno había sido malo. El padre llevaba nueve semanas sin trabajo. La página de la familia iba por la mitad de la segunda hoja.

Y el señor Bermúdez, que llevaba tres meses apuntando sin decir nada, aquella mañana levantó las gafas a la frente, miró a la madre de Carmen por encima del mostrador y dijo, con las cinco mujeres delante:

—Rosario, esto ya no puede seguir así.

No gritó. No fue grosero. Dijo esa frase y nada más.

La tienda se quedó en un silencio que Carmen recordaría el resto de su vida, y que no era un silencio de expectación sino de la cosa opuesta: cinco mujeres mirando el suelo, el techo, los sacos de garbanzos, cualquier sitio menos la cara de Rosario.

Su madre dijo que sí, que claro, que la semana que viene.

Cogió la bolsa.

Y salió de la tienda con la barbilla alta y una dignidad tan trabajada y tan visible que a Carmen, trece años, andando detrás, le pareció más humillante que si hubiera llorado.

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Subieron las escaleras sin hablar.

Su madre dejó la bolsa en la mesa de la cocina, se lavó las manos, y dijo, de espaldas:

—No se lo cuentes a tu padre.

Y Carmen Lodeiro, aquella tarde, tomó la primera decisión estructural de su vida. No la formuló con estas palabras porque a los trece años nadie formula nada con estas palabras, pero fue exactamente esta:

Yo no voy a estar nunca en la página de nadie.

Y a partir de aquel día, y durante cuarenta y seis años, Carmen Lodeiro pagó todo lo que se le puso por delante en el plazo pactado o antes, incluso cuando eso le costó dinero, incluso cuando el que cobraba no lo esperaba y aquello le hizo parecer rara, incluso en un negocio donde la puntualidad en el pago es una excentricidad tan grande que genera lealtades absurdas.

Los hombres con los que trabajó durante treinta años creyeron siempre que aquello era una estrategia. Pero no lo era.

Era una tienda de ultramarinos en la parte alta de Algeciras y cinco mujeres mirando el suelo.

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Volvió una sola vez.

Fue a los treinta y un años, en un viaje que no tenía nada que ver, y se desvió tres calles.

El ultramarinos ya no existía. Era una tienda de recambios de moto.

Preguntó por el señor Bermúdez en el bar de al lado y le dijeron que había muerto hacía cuatro años, y que la tienda la habían tenido que cerrar los hijos porque el hombre, al final, fiaba a todo el mundo y ya no apuntaba.

Carmen se quedó un momento parada en la acera.

Y pensó, con una precisión que le resultó desagradable, que aquel hombre y ella habían cometido el mismo error por los dos extremos: él había dejado de apuntar, y ella no había dejado de apuntar nunca.

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