Capítulo 28 #3
Durante meses, la había visto volver a urgencias con un cuerpo que traicionaba sus propios intentos de recuperación.
Una infección, una reacción a la medicación, una recaída tras reducir el tratamiento demasiado pronto.
En cada vuelta, teníamos que reevaluarlo todo: lo que había funcionado, lo que había fallado, lo que había que cambiar.
Eso nunca significó que el tratamiento anterior fuera inútil.
Nunca significó que hubiera vuelto al punto de partida.
La recuperación llevaba tiempo y exigía ajustes, incluso cuando todos hacíamos todo lo posible por ayudar.
Quizá amar también exigiera tiempo y ajustes.
Yo le había exigido a Gustavo un cambio sin fallos, y él también se exigía demasiado a sí mismo por culpa de los errores del pasado.
Poco a poco, aprendimos que seguiríamos discrepando y haciendo cosas de las que nos arrepentiríamos.
Lo importante era hablar, pedir perdón y seguir intentándolo juntos.
Por eso no escondí las tarjetas en un cajón. Dejé las tres sobre la mesa.
Me gustaba tener noticias de Larissa, Clara y Marta. Entre tantos turnos difíciles, saber que conseguían retomar la universidad, las bromas y el trabajo me recordaba por qué amaba tanto mi profesión.
Miré a Gustavo en la alfombra, que seguía jugando con Helena, y me llevé la mano al enorme vientre.
Arthur dio una patada.
—Lo sé —murmuré—. Tu padre también da mucha guerra y vuelve a Urgencias más veces de las que debería.
Gustavo levantó la cara.
—Lo he oído.
—Era una conversación privada con mi útero.
—Mi ADN está implicado. Tengo derecho a réplica.
—Denegado.
Thiago se rió desde el sofá, Beatriz negó con la cabeza y Helena siguió apilando bloques como si los adultos no fueran capaces de convertir cualquier tarde tranquila en un debate.
Sonreí.
Escuchaba las conversaciones y las risas a mi alrededor sin sentir ganas de pedir silencio ni de ordenar el desorden. Quería que siguieran allí.
Volvía a leer aquellas tarjetas cuando la baja me hacía sentir inútil. Saber que el hospital seguía funcionando y que mis pacientes estaban siendo atendidos me ayudaba a aceptar la baja. Formaba parte de un equipo y tenía que confiar en mis compañeros, igual que ellos confiaban en mí.
Pasamos el resto de la tarde inmersos en ese caos familiar que nunca supe que deseaba.
Beatriz y yo comentamos los casos clínicos pendientes y los cotilleos de la planta de pediatría.
Thiago le puso el pequeño mono de tiranosaurio a un osito de peluche para demostrarme que era muy chulo.
Helena derramó un vaso de zumo sobre mi alfombra y, para mi propio asombro, no me enfadé por la mancha.
Me limité a observar cómo Gustavo limpiaba el desastre con una toalla de papel, riéndome de los intentos de la niña por «ayudar».
Al caer la noche, nuestros amigos y Mariana se despidieron, dejando el piso sumido en ese silencio acogedor e íntimo que se había convertido en nuestra nueva normalidad.
Fui al baño a prepararme para dormir. Para lavarme los dientes tenía que apoyar el peso del cuerpo en la encimera del lavabo.
Me miré en el espejo. Estaba hinchada. Tenía unas manchas ligeramente oscuras cerca de las mejillas, a pesar de todo mi protocolo dermatológico.
Mi cuerpo ahora pertenecía a otra persona.
Sentí cómo los anchos brazos de Gustavo me rodeaban por detrás. Apoyó la barbilla en mi hombro, mirando nuestro reflejo en el espejo, con su aliento cálido rozándome el cuello.
—¿Cansada? —Me besó en la mejilla.
—Agotada. Thiago me deja sin energía y el puré de zanahoria de Helena me ha hecho cuestionar todas mis decisiones en la vida durante tres minutos.
Se rió, mientras sus manos acariciaban la curva de mi vientre bajo el camisón de seda.
—Nos las arreglaremos, Isa. Puré de zanahoria, dinosaurios de peluche, pañales de madrugada. Soy el mejor médico de guardia de este estado, ¿te acuerdas? La falta de sueño es mi especialidad. Yo me encargo de los turnos de madrugada, tú descansa.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su voz cerca de mi oído. Gustavo seguía convencido, pero esa forma que tenía de tranquilizarme siempre acababa haciéndome sonreír.
—Sabes que te vas a quedar dormido la primera semana, ¿verdad? La biología va a ganar a tu entrenamiento, Albuquerque.
—Pues nos desmayaremos juntos en la alfombra del salón. —Me giró con cuidado hasta que quedamos cara a cara.
Me sujetó la cara y me miró con cariño. Me gustaba darme cuenta de que, para Gustavo, seguía siendo la mujer que deseaba tener a su lado, aunque estuviera hinchada, cansada y llena de preocupaciones.
—No me importa el caos que se avecina, Isabela —me prometió, depositando un beso prolongado en mi frente—. Siempre y cuando lo superemos juntos.
Le rodeé el cuello con los brazos, a pesar del dolor de espalda y la hinchazón de los pies. Faltaban pocas semanas para conocer a nuestro hijo, y yo seguía teniendo miedo al parto y a todo lo que vendría después. Pero Gustavo estaba conmigo, y pensar en ello me tranquilizaba.