Capítulo 11 #2
No cogió el paquete. Solo miró mi mano, luego mi cara, y vi cómo el pánico puro, sin diluir, se apoderaba de su expresión.
—No sé de qué estás hablando —siseó, cruzando los brazos e ignorando el paquete que le ofrecía—. No tengo náuseas.
Bajé la mano, suspirando.
—Radio Pasillo del hospital emite en abierto, Isa. Todo el mundo en el comedor ya lo sabe. El espumoso que rechazaste, las carreras al baño, la consulta con Sofía Haddad. No sirve de nada intentar esconderlo bajo la alfombra.
Isabela cerró los ojos con fuerza y tragó saliva. Sentí una pena genuina. El control, lo que más valoraba en la vida, se lo estaban arrebatando los chismes de los pasillos.
—Sé lo de la maternidad en solitario —continué, manteniendo el tono lo más suave y empático posible—. Y escucha… sé que tenemos la costumbre de querernos matar cada vez que estamos en el mismo sitio. Pero no tienes por qué pasar por esto como si estuvieras sola en una trinchera.
Abrió los ojos y me miró con rabia.
—Solo he venido a decirte que, si necesitas que te cubra en algún turno cuando te encuentres mal, o si simplemente quieres que vaya a la cafetería a traerte un té decente, aquí estoy. Como compañero. Como alguien que entiende que este hospital puede ser cruel.
Pensé que ofrecerle ayuda aliviaría su irritación. Intentaba ser un compañero decente, sin pedir nada a cambio, pero Isabela reaccionó con mucha más ira de la que esperaba.
Dio un paso adelante y me presionó con el dedo índice en el centro del pecho, arrugando la tela de la bata.
—¿Qué crees que soy? —Su voz temblaba, pero no por el llanto. Por una rabia ciega—. ¿Crees que soy una de tus zorras de urgencias que necesitan al caballero de brillante armadura para rescatarlas? ¿Me miras y ves a una víctima?
—Isabela, no es eso lo que yo…
—¡Cállate! —me interrumpió, con el rostro desfigurado por la ira—.
No necesito tu caridad, Gustavo. No me hace falta esa pose de «chico bueno» que has decidido adoptar para salvar el mundo y aliviar tu propia culpa.
Vuelve a tu agujero de la Sala Roja. Mantente alejado de mí.
¡Y, sobre todo, mantente alejado de mi hijo!
El impacto de aquellas palabras me hizo dar un paso atrás, aturdido. Su agresividad era desproporcionada. Esperaba sarcasmo, no tanta ira. Levanté ambas manos, en un gesto universal de rendición.
—Vale. Está bien —dije, endureciéndome ante aquella humillación gratuita—. Solo intentaba ser un tipo decente, Isabela. Solo quería ayudar.
—No tienes decencia en tu ADN —espetó ella, dándome la espalda y agarrando el pomo de la puerta de la cocina con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos—. La última persona en todo el universo de la que aceptaría cualquier tipo de ayuda eres tú, Albuquerque. Lárgate de mi vista.
Entró en la cocina y cerró la puerta con tanta fuerza que los cristales de la mampara temblaron.
Me quedé solo en el pasillo, sujetando el paquete de galletas arrugado. Mi pecho subía y bajaba rápidamente. Había intentado ayudar y había recibido otro rechazo, justo cuando creía que las cosas podrían mejorar entre nosotros.
—Perfecto. —Tiré las galletas a la papelera—. Maternidad en solitario. ¡Que te den, Moretti!
Le di la espalda y me dirigí hacia el ascensor. Pulsé el botón de la planta baja, apretando la mandíbula con rabia. Las puertas se cerraron y la cabina metálica comenzó a bajar.
Estaba enfadado. Muy enfadado. Mi ego no soportaba la injusticia de aquel ataque. Repasaba sus palabras en mi cabeza, intentando justificar aquella furia irracional. Mantente alejado de mí y de mi hijo.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la fría pared del ascensor. Tenía que dejar a un lado la ira y pensar en lo que acababa de oír.
Ya sabía lo del embarazo, pero solo ahora empezaba a cuestionar la historia de la maternidad en solitario.
Veía las náuseas, la palidez y la sensibilidad a los olores, pero no había relacionado el inicio de esos síntomas con la noche que pasamos juntos. Acepté su versión sin comprobar si las fechas cuadraban.
Se me detuvo el corazón por un instante.
El ritmo del ascensor pareció ralentizarse. Abrí los ojos y me quedé mirando los números del panel, que iban bajando. Cuatro. Tres...
Era controladora y estaba obsesionada con su carrera.
Si se hubiera sometido a una fecundación in vitro, un procedimiento que exige meses de planificación, estimulación ovárica, inyecciones hormonales y una agenda cuidadosamente organizada, habría concertado la cita en la clínica y ajustado sus compromisos con antelación.
No se quedaría embarazada precisamente durante los primeros meses de implantación de los nuevos protocolos de la unidad pediátrica recién inaugurada, una fase que exigía la atención de varios responsables del hospital. No encajaba con la Isabela metódica.
A menos que… no fuera algo planeado.
Quizá la historia de la maternidad en solitario fuera una mentira que se había inventado a toda prisa para evitar los comentarios del hospital. Isabela se preocupaba demasiado por su propia reputación como para aceptar esa exposición sin intentar hacer algo al respecto.
Dos...
¿Cuándo fue aquella noche en mi piso?
La noche en el bar. La resaca del día siguiente. El susto cuando le dije en el ascensor que su respiración cambiaba cuando yo estaba cerca. La amenaza del ácido, porque estaba aterrorizada por su propia pérdida de control.
Hace seis semanas y media. Casi siete semanas.
El intervalo encajaba perfectamente con un embarazo de casi nueve semanas, teniendo en cuenta las dos semanas que el recuento médico incluye antes de la fecundación. Las náuseas intensas, la sensibilidad a los olores y el rechazo al alcohol dejaron de parecer coincidencias.
Uno...
El aire desapareció por completo de mis pulmones. Se me doblaron las piernas y tuve que apoyarme en la barra metálica del ascensor para no caer de rodillas.
Su furia desmesurada. El pánico puro en sus ojos cuando le entregué el paquete de galletas. La última persona en el universo de la que aceptaría cualquier tipo de ayuda eres tú.
Las puertas se abrieron en la planta baja, pero me quedé inmóvil, escuchando el bullicio de la salida de Urgencias sin poder salir. Si mis cálculos eran correctos, todo lo que había entre Isabela y yo era mucho más complicado de lo que había imaginado.
La Reina de Hielo no se había sometido a una inseminación artificial. Isabela Moretti estaba embarazada y el hijo era mío.