Caos en Urgencias Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Entonces, Sofía pulsó un botón en el panel de la máquina. Un sonido rítmico, rápido como el golpeteo de los cascos de un caballo al galope, llenó la pequeña sala a oscuras.

Tum-tum-tum-tum-tum-tum.

Se me cortó la respiración. Abrí mucho los ojos, clavados en la pantalla, donde un píxel parecía latir al mismo compás que el sonido.

160 latidos por minuto.

Una lágrima resbaló por mi mejilla antes de que pudiera contenerla. Sabía que estaba embarazada, pero ver a mi bebé y escuchar su corazón era diferente a todo lo que había imaginado. Estaba allí, creciendo dentro de mí, y ya no podía pensar en nada más.

Me tapé la boca con la mano, dejando escapar un sollozo ahogado.

—Ciento sesenta latidos por minuto —confirmó Sofía, volviendo el rostro hacia mí con una sonrisa amable, mientras el reflejo del monitor iluminaba sus ojos húmedos—. Está perfecto, Isabela. Es un embarazo sano y fuerte.

No conseguí articular palabra. Solo asentí con la cabeza, llorando en silencio. Lloré por el miedo a fallar, por el peso de la responsabilidad y, sobre todo, por sentir un amor tan grande por alguien a quien aún ni siquiera conocía.

De vuelta en la silla de la consulta, me sequé los ojos con un pañuelo y me arreglé la falda antes de cruzar las piernas. Todavía estaba emocionada por la ecografía, pero necesitaba escuchar las indicaciones de Sofía y pensar en los cuidados que tendría a partir de entonces.

Sofía imprimió los informes y me entregó las imágenes impresas de la ecografía. La primera foto de mi hijo. Mis dedos acariciaron el papel liso antes de guardarlo con cuidado en mi bolso de Prada.

—Te voy a recetar las vitaminas y el ácido fólico y solicitar los análisis de laboratorio del primer trimestre —dijo Sofía mientras empezaba a teclear en el ordenador—.

Y, Isabela, como compañera y como tu obstetra, necesito preguntarte por tu red de apoyo.

El embarazo es un proceso que nos exige mucho.

El padre… ¿va a asistir a las consultas?

Te lo pregunto para incluir ya sus horarios en nuestra agenda.

Todo mi cuerpo se tensó.

El padre.

Pensé en Gustavo en urgencias, con las manos manchadas de la sangre de Daniel.

Luego recordé los rumores sobre las mujeres con las que salía.

Llevaba tiempo evitándolo porque ya me resultaba difícil conciliar al hombre que conocía con aquel que ahora se acercaba a mí.

Si cedía, sabía que acabaría enamorándome de verdad.

No podía permitir que él fuera el padre de ese niño.

Nos decepcionaría. Se cansaría de la rutina de los pañales y las noches sin dormir, igual que se cansaba de las mujeres y las relaciones de tres meses.

Me negaba a exponer a mi hijo al rechazo de un padre irresponsable y no aceptaría que me trataran como un problema, como la mujer que él deseó durante una noche y de la que ahora tendría que ocuparse por obligación.

Levanté la barbilla y clavé en Sofía mi mirada más fría y convincente.

—El padre no será un problema. Ni una solución, por cierto —declaré con voz firme, sin un solo temblor.

Sofía dejó de teclear. Entrelazó los dedos y me observó con atención.

—¿No estáis juntos?

—Ni siquiera nos conocemos.

Sofía frunció ligeramente el ceño.

—No lo entiendo, Isa.

Respiré hondo, intentando encontrar una explicación en la que ella pudiera creer.

—La medicina moderna es fascinante, Sofía.

Tengo treinta y seis años. Una carrera estable, independencia económica y una familia que me presiona a diario para que tenga hijos.

Decidí que no tenía por qué esperar al cuento de hadas ni depender de un matrimonio frágil para ser madre.

—Incluso le dediqué una sonrisa leve y condescendiente—.

Acudí a una clínica de reproducción asistida en São Paulo hace unos meses.

Inseminación artificial con semen de un donante anónimo. Maternidad en solitario.

Sofía se quedó en silencio unos instantes, mirándome a la cara. Sabía lo mucho que me gustaba planificarlo todo y resolver mi vida por mi cuenta. Quizá por eso se creyó la historia de la inseminación artificial, aunque yo no estaba tan segura.

—Una maternidad en solitario —repitió Sofía, con voz suave, pero cargada de una neutralidad sospechosa—. ¿Sin pareja?

—Solo yo y la ciencia. Fue un proceso pragmático.

Sofía dio un ligero golpecito con el bolígrafo sobre la mesa de cristal. No me desmintió, pero la forma en que me miraba me hizo sospechar que no estaba del todo convencida. Aun así, no insistió.

—Muy bien. —Volvió a teclear en la historia clínica—.

Estás en tu derecho, Isabela. Estoy aquí para cuidar de ti y del bebé, independientemente de cómo te hayas quedado embarazada.

Solo te pido que seas sincera conmigo si el estrés del trabajo o de estar embarazada sola se vuelve insoportable.

El São Gabriel no perdona nuestros errores, y tú lo sabes.

—Yo no fallo —afirmé, cogiendo mi bolso y poniéndome de pie.

—Nadie es de hierro todo el tiempo, Isa. Ni siquiera tú.

—Nos vemos dentro de cuatro semanas, Sofía. Y, por favor, me gustaría que esto se mantuviera en secreto. Cuando la barriga empiece a notarse, yo misma se lo comunicaré a la dirección y a Recursos Humanos. Hasta entonces, solo soy una dermatóloga con mucho trabajo.

Sofía asintió, con profesionalidad y ética.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Salí de la clínica y me dirigí al aparcamiento. Me subí al coche, cerré las puertas con el mando y apoyé la frente en el volante. El aire acondicionado soplaba sobre mis hombros, pero seguía nerviosa, intentando entender cómo mantendría la mentira que acababa de contar.

Maternidad en solitario.

Si todos creyeran que había decidido quedarme embarazada sola, quizá me ahorrarían los comentarios y las miradas de lástima.

Seguiría siendo la mujer que planificaba su propia vida, sin tener que admitir que esperaba un hijo de Gustavo tras una noche que ni siquiera debería haber ocurrido.

Era una salida demasiado conveniente como para que pensara en las consecuencias.

Sin embargo, mientras acariciaba el papel brillante de la ecografía dentro de mi bolso, la imagen del rostro de Gustavo Albuquerque volvió a atormentarme. El dolor descarnado en el velatorio de Daniel. Su cuidado al dirigir al equipo en la sala de urgencias.

Me mordí el labio inferior, tragándome la amarga culpa que se me acumulaba en la garganta.

Le estaba mintiendo a una compañera, ocultaría la verdad a mis amigos y mantendría a Gustavo alejado de un hijo que ni siquiera sabía que existía.

Intenté convencerme de que estaba haciendo lo mejor para los dos. Amaría a ese niño, lo cuidaría y no dependería de Gustavo para ello. Necesitaba creer que eso sería suficiente.

Sin embargo, mientras arrancaba el motor del coche y me preparaba para volver al São Gabriel, me di cuenta de que no podría ocultar el embarazo durante mucho tiempo.

La barriga crecería y Gustavo acabaría dándose cuenta de que había algo que no cuadraba en toda aquella historia. Había conseguido posponer la conversación, pero no sabía por cuánto tiempo.