Capítulo Veintiuno
Khalid se pasó las manos por la cara con cansancio.
Dios, estaba agarrotado; la silla era dura como el cemento.
Necesitaba afeitarse también, y dormir, pero aún no estaba dispuesto a apartarse de su hermano.
Bennett se había despertado la noche anterior por primera vez.
No había hablado, había vuelto a caer inconsciente casi de inmediato, pero ahora los médicos se mostraban cautelosamente optimistas de que saldría del coma.
Su padre había convencido a Elyse de que fuera a casa a dormir después de aquello, y Khalid había pasado la noche solo en la habitación del hospital, demasiado caldeada, sentado junto a la cama mientras sostenía la mano ilesa de Bennett.
Con todas sus fuerzas, deseó que Bennett despertara, que volviera con ellos. .. que viviera.
La puerta se abrió y Khalid se volvió. Era Michael.
—¿Se ha despertado otra vez? —preguntó Michael en voz baja.
Khalid negó con la cabeza.
—No. —Su voz sonaba ronca, y se aclaró la garganta—. Todavía no. Pero dijeron que era buena señal.
Su hermano se limitó a asentir.
—Elyse y padre estarán aquí en breve. Los dejé desayunando. Pero te he traído café y té.
—¡Eres un santo! —Khalid se puso de pie y se estiró.
Por mucho que le costara dejar a Bennett, tendría que irse a casa cuando llegara Elyse y dormir un poco.
También tendría ocasión de llamar a Sarah.
.. ya debería haber vuelto de Nueva York.
Hacía días. Debería haber llamado antes, pero las cosas aquí habían ido tan mal que los días y las noches se le habían confundido.
—Ah... Miriam llamó anoche.
—Mmmm. —Khalid se sirvió una taza de café del gran termo que había traído Michael—. ¿Dijo cómo está Sarah?
—No. Solo preguntó cómo iban las cosas. Entonces aún no sabía que Bennett había salido del coma. Si vas a llamar cuando llegues a casa, cuéntaselo.
Khalid asintió mientras bebía el brebaje humeante.
Le molestaba un poco que Sarah no hubiera llamado, salvo para dejar el breve mensaje de que estaba de vuelta en Santa Bárbara, pero ahora entendía, después de que ella cantara aquella canción en el concierto, por qué no se habría sentido capaz de hacerlo.
Cuando volviera a California, lo aclararía con ella.
No debería haberlo dejado pasar tanto tiempo.
Una vez más se reprochó no haberse dado cuenta de que ella no podía saber qué intenciones tenía con ella.
.. debería haber sido sincero semanas atrás, haberla tranquilizado.
Debería haber sabido qué la había frenado todo este tiempo.
Por mucho que Elyse fuera estadounidense, por mucho que él tuviera residencia legal en Estados Unidos, Khalid seguía siendo un extranjero en todo el sentido de la palabra.
Era lógico que Sarah creyera que él volvería a Taqara al final, abandonándola.
¿Por qué no se había dado cuenta desde el principio?
Era tan obvio... los árboles no le habían dejado ver el bosque.
En cuanto supieran que Bennett estaba fuera de peligro.
.. insha'allah, si Dios quería, se corrigió.
.. volvería en avión y hablaría con ella.
Le pediría que se casara con él. Pero la llamaría en cuanto llegara a casa, antes de dormir.
Saber que ella estaba allí, esperándolo, era lo único que lo mantenía en pie en medio de todo aquello, el único destello de esperanza en los días oscuros en que parecía que Bennett iba a morir.
Iba por la mitad de su segunda taza de café cuando Bennett se movió. Khalid casi dejó caer la taza en su precipitación por acercarse a la cama. Bennett lo miraba con expresión confusa, los ojos verdes, tan parecidos a los de su madre, nebulosos y desenfocados.
—¿Khalid?
—Sí, hermano. —Le apretó la mano—. Estoy aquí. Michael también.
Michael estaba al otro lado de la cama, pulsando el botón de llamada del médico.
—Elyse y padre estarán aquí pronto —le aseguró a su hermano—. Vas a ponerte bien, Bennett.
—La duna de arena... —Arrastraba las palabras—. Algo... en los arbustos...
—Sí. —Una mina terrestre. Khalid apretó los labios. Reprimió la ira y, con esfuerzo, mantuvo la voz serena—. Te has roto las piernas y un brazo, pero te pondrás bien, Bennett.
Eso era quedarse muy corto, sin duda. Si bien la pierna derecha se le había roto, aparentemente al caer sobre ella cuando la explosión lo lanzó hacia atrás, la pierna izquierda de Bennett había quedado destrozada en varios puntos, al igual que el brazo izquierdo.
Y la cara... aunque los médicos suponían que se había protegido el rostro con los brazos, todo el lado derecho le había quedado destrozado.
Los cirujanos habían conseguido reconstruir los huesos, pero le quedarían cicatrices muy visibles hasta que sanara lo suficiente para someterse a cirugía plástica.
Pero no hacía falta contarle todo eso ahora.
Los ojos de Bennett ya se estaban cerrando de nuevo.
El médico entró apresuradamente en la habitación.
Khalid y Michael observaron con ansiedad mientras el médico hablaba con Bennett en tono tranquilo, le levantaba los párpados para examinarle las pupilas y le tomaba el pulso en el brazo derecho, el único sin vendajes.
Se incorporó y se volvió hacia ellos con un gesto de asentimiento.
—Ahora dormirá —dijo con tono resuelto—. Le administraremos analgésicos según los necesite, pero a menos que recaiga en el coma, creo que podemos dar por sentado que está fuera de peligro.
Il-hamdulillah. Khalid elevó una rápida oración de agradecimiento.
Michael ya estaba al teléfono, seguramente llamando a Rashid y a Elyse.
El médico se marchó, prometiendo volver a menudo, y Khalid volvió a la silla junto a su hermano.
Dolía ver a su indomable hermano pequeño tendido allí, tan quieto, tan pálido.
Bennett había soñado toda su vida con volar, con elevarse sobre las nubes a velocidades supersónicas.
Khalid no necesitaba preguntar a los médicos para saber que Bennett nunca volvería a pilotar sus queridos jets.
Esperaba que pasara mucho tiempo antes de que Bennett se enterara.
Bennett no volvió a despertarse hasta media tarde.
Khalid seguía allí; por muy agotado que estuviera, había sido incapaz de marcharse.
Eso sí, había cedido su sitio junto a Bennett a Elyse cuando esta llegó antes del mediodía.
Tenía mucho mejor aspecto, con las arrugas de preocupación del rostro suavizadas ahora que había buenas noticias.
Mientras ella permanecía sentada junto a Bennett, Khalid y Michael se turnaron para llamar a la familia y ponerla al día.
Su padre llegó a la hora de la cena con Farouk, su chófer, y Constance, la criada, cargados de cestas de comida y termos con café y té recién hechos.
Su padre parecía más viejo, pensó Khalid, con el rostro moreno y enjuto marcado por la tensión.
Aun así, Rashid consiguió convencer a Elyse entre bromas de que se apartara de Bennett para comer, alejándola de la cama con un brazo en torno a su cintura.
Ella accedió a regañadientes, pero Khalid la vio apoyarse en el abrazo de su marido, dejando que su presencia le diera fuerzas.
Así mismo, pensó Khalid, desearía que Sarah acudiera a él en los momentos difíciles, en busca de protección, de consuelo.
Apretó los labios con determinación. Ella lo aceptaría.
.. tenía que hacerlo. Cualquier otra cosa era impensable.
El teléfono de la mesilla de noche sonó a mitad de la cena, y Elyse contestó.
—¿Diga? —Hizo una pausa y alzó la vista—. Nadia —les informó con una sonrisa. Escuchó un buen rato.
—No. No, ¡por supuesto que no! No creo que... —Frunció el ceño, y Khalid sintió que un miedo helado se apoderaba de él cuando la mirada de Elyse se clavó en él, aun mientras hablaba con Nadia—. ¿Dónde has oído eso?
Su voz se había tensado con una emoción desconocida. Algo iba mal. Tenía que ver con Sarah... Khalid lo sabía.
—¿Sarah? —susurró—. ¿Le ha pasado algo a Sarah?
Elyse le pasó el teléfono, la preocupación visible en sus ojos verdes.
—Creo que será mejor que hables tú mismo con Nadia.
Su hermana fue directa al grano.
—Magda le ha dicho a Sarah... se lo ha dicho a todo el mundo... que tú y ella estáis prometidos.
¿Qué? Tardó un momento en asimilarlo. Imposible. Tenía que haber algún error.
—Ella... ¿Magda? ¿Que estoy prometido con Sarah?
—No. Que estás prometido con Magda —explicó su hermana con exagerada paciencia—. Ha dicho que no vas a volver a Estados Unidos, que te quedas allí, en Taqara, y que a finales del verano, cuando Magda haya terminado su tesis en la universidad, volará de regreso y os casaréis.
—Pero... Sarah. —Khalid se sentía como si estuviera en un laberinto sin salida. Nada de esto tenía sentido, y por un momento se preguntó si estaba perdiendo la cabeza.
Nadia suspiró.
—Hermano, le dijo a Sarah que nunca te casarías con una bailarina de danza del vientre.
Que no estaría permitido. Por lo que me ha contado Fatima, dijo, o al menos insinuó, que era un matrimonio arreglado porque padre se enteró de lo de Sarah, y la familia te ha presionado para que aceptes casarte con una novia más aceptable.
Elyse había estado susurrándole a Rashid, presumiblemente explicándole la situación, y ahora lo observaban con preocupación, y más que un atisbo de ira. Ira que se reflejaba en la presión que crecía dentro de su propio pecho... y más que un atisbo.
—No funcionará —le dijo, conteniendo la voz—. Sarah me conoce demasiado bien como para creer eso.
La pausa dubitativa al otro lado de la línea hizo que el temor creciera en su interior, y sus dedos se aferraron al teléfono.
—Dicen que Magda les ha mostrado una dote —le dijo Nadia, con la voz quebrada por la angustia—. Varios kilos de joyas nupciales de oro, en un paquete dirigido a ella con tu letra. Se lo mostró a Sarah... se lo mostró a todas, Khalid. Fatima dijo que no había lugar a dudas.