Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Veinte #2
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Capítulo Veinte #2

—Para que pensáramos exactamente lo que estamos pensando —señaló Salima.

Ni siquiera Fatima podía creerlo.

—Pero ¿cómo iba a pedirle algo así? ¿Qué excusa podría darle? Es absurdo.

Sí, era absurdo. ¡Khalid... y Magda! Sarah se levantó de la mesa, casi sorprendida de que las piernas la sostuvieran.

—Me voy a casa —anunció, encaminándose hacia las escaleras. No se volvió para comprobar si la seguían, sino que fue directa a su coche. Mientras rebuscaba torpemente las llaves en el bolso, Fatima apareció a su lado y se lo quitó de las manos.

—Ven —dijo con su voz suave, pero inusualmente firme—. No vas a conducir ahora. Noura te llevará y yo os seguiré con tu coche.

Sin fuerzas para protestar, Sarah se dejó llevar hasta el pequeño sedán que se había detenido junto a la acera. El trayecto a casa transcurrió en silencio. Estaba sumida en sus sombríos pensamientos, aunque era consciente de las miradas preocupadas que Noura le lanzaba de reojo.

Fatima subió con ella y esperó pacientemente mientras Sarah forcejeaba con la llave. Cuando la puerta se abrió, Fatima le tomó las manos y se las apretó con fuerza.

—Sarah... no te desesperes —dijo con su voz suave—. Estoy segura, muy segura de que está mintiendo. De que hay una explicación. Miriam y yo hemos hablado con nuestras familias en Taqara para intentar averiguar la verdad. No creemos a Magda. No la creas tú tampoco.

Sarah se limitó a asentir, y Fatima se marchó.

Pero Fatima sí creía a Magda, pensó Sarah, igual que las demás.

No querían creerlo... pero lo creían, a pesar de todo.

Con las piernas temblorosas, llegó hasta el sofá y se sentó, con las manos fuertemente entrelazadas en el regazo.

Khalid se había sentado aquí, recordó, aquella primera noche en que había cenado con él.

Había dormido aquí, en este sofá, para asegurarse de que ella no estuviera sola por si llegaban malas noticias sobre Emily. Qué lejano parecía todo aquello.

¡Magda!

La sonrisa odiosa y triunfante de aquella mujer la perseguía.

Sus uñas, largas y de un rojo sangre, acariciaban el oro que Khalid le había enviado.

Las luces brillantes de la cafetería del Centro Universitario se reflejaban en el diamante deslumbrante de su mano izquierda.

Un anillo de compromiso. ¿El anillo de compromiso de Khalid?

Sarah nunca había esperado que él se casara con ella. Ni que se quedara para siempre. Siempre supo que algún día regresaría a Taqara... a su hogar, a su familia, a su vida allí. Que se casaría. Pero eso quedaba en un futuro lejano. Khalid la amaba, de eso no tenía la menor duda. Pero...

El dolor en el pecho la golpeó en lo más hondo, y se dobló sobre sí misma, rodeándose las rodillas con los brazos, mientras las emociones encontradas la desgarraban como demonios.

Sabía... sabía que Khalid la amaba. También sabía lo imposible que era para alguien de una familia importante casarse con una estadounidense, con las visas denegadas y la familia presionando.

Y aún se concertaban matrimonios en los países árabes.

Pero como Salima había señalado, Khalid no era ningún jovencito sujeto a la voluntad de su familia.

Nadie habría podido obligarlo a enviar una fortuna en oro.

Era indudable que él había enviado el paquete.

Quizá, como sugirió Fatima, había una razón, una explicación aparte de la osada afirmación de Magda.

Pero Fatima en realidad no lo creía. Y Dios sabía que ella no quería creerlo.

Sarah levantó la cabeza, parpadeando con fuerza mientras se esforzaba por ver el contestador automático junto a la cocina.

No había ninguna luz roja parpadeando, ni ningún mensaje en su móvil.

Seguro que Khalid llamaría. Aunque fuera cierto, aunque su familia lo hubiera presionado, le hubiera hecho imposible negarse.

.. al menos la llamaría. Se lo diría. Se despediría una última vez. No la abandonaría sin decir nada.

Khalid pensaba que estaba en Nueva York.

No sabría que había vuelto a casa; se había marchado del hotel sin decir nada a nadie y había cogido el primer avión a California.

Quizás no había recibido el mensaje que le dejó la noche anterior.

Tal vez había llamado al hotel y le había dejado un mensaje allí.

Se lanzó del sofá y sacó el móvil del bolso.

Le temblaban tanto los dedos que le costó marcar el número del Waldorf-Astoria.

No había mensajes, le dijo el conserje. Ningún registro de que nadie hubiera llamado.

Pasó toda la noche despierta, esperando que sonara el teléfono. Rezando para que Khalid llamara. Llama, suplicaba en silencio. Llama y dime que no es verdad. Llama y dime lo que sea. ¡Khalid, llama!

El teléfono permaneció obstinadamente en silencio esa noche y todo el día siguiente. Cuando por fin sonó esa tarde, era Fatima. No se anduvo con rodeos.

—Sarah. ¿Cómo estás?

Imposible decirle la verdad.

—Voy tirando.

Oyó el suspiro de Fatima al otro lado de la línea.

—Miriam sigue intentando averiguar lo que puede a través de su familia. Es difícil... Bennett está muy grave todavía, así que toda la familia Al Mansour está en el hospital o reunida en otros lugares esperando noticias.

—Además —pareció vacilar, pero continuó—: Parece que el hermano de Magda es siempre quien contesta el teléfono cuando Miriam llama. No sabemos si los mensajes llegan a la familia de Khalid que vive en Taqara.

La chispa de esperanza que se había ido apagando durante las últimas veinticuatro horas volvió a encenderse.

—¿Por qué iba Magda a tener a alguien interceptando las llamadas, si lo que dice es verdad?

—Sí, eso también nos preguntamos. Miriam lo está intentando con mucho, mucho empeño. Su propia familia de allí también lo intenta, pero pasa lo mismo. Cada vez que llaman a casa del tío, es Najiib quien contesta.

Najiib. Ese nombre le sonaba. Khalid hablándole de... ¡Mousad!

—Fatima, ¿es el mismo Najiib que estuvo aquí el año pasado? ¿El que Khalid me dijo que lo mandaron a casa enseguida por su problema con la bebida?

Hubo un largo silencio.

—Es el mismo —dijo Fatima al fin—. Sé que guarda rencor contra Khalid. Le haría daño si pudiera.

—Pero eso no tiene sentido. Si de verdad guarda rencor, no ayudaría a su hermana a casarse con Khalid.

Fatima resopló con un cinismo inusual en ella.

—Olvidas la inmensa fortuna de Khalid y su posición social.

Najiib está cortado por el mismo patrón que Magda.

Estaría encantado de ver a su hermana casarse con alguien como Khalid.

Y Najiib se beneficiaría enormemente de este matrimonio.

No entiendes cómo funciona esto, Sarah. Aunque Khalid no dijera nunca una palabra en su favor, Najiib seguiría siendo conocido como cuñado de los Al Mansour.

Y lo disfrutaría aún más si hubiera conseguido engañar a Khalid para que se casara con su hermana.

—Pero te digo una cosa, Sarah —la voz de Fatima se endureció—.

Si Magda está mintiendo, si se ha inventado esta historia para interponerse entre Khalid y tú, será una gran vergüenza para ella, para su familia.

Quedará muy desacreditada en su país. Te prometo que nosotras no lo olvidaremos, y nos aseguraremos de que no pueda ocultarle a su familia lo que ella y Najiib han hecho.

Sarah agradecía que sus amigas la defendieran. Era el único consuelo en los días que siguieron. Khalid no llamó, aunque supo por los rumores (a través de Fatima) que su hermano Bennett seguía debatiéndose entre la vida y la muerte. El fin de semana llegó y pasó, y volvió al trabajo.

El lunes por la noche llamó Fatima. Su voz temblaba al decir su nombre. También lo hacía el corazón de Sarah.

—¿Qué pasa? —susurró, con la garganta seca.