Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

A lo largo de los años, Sarah había volado a Santa Bárbara muchas veces, pero nunca se había alegrado tanto de ver las luces del pequeño aeropuerto como aquella noche.

Estaba exhausta hasta los huesos, agotada por el desgaste emocional de los últimos días.

Lo único que quería era llegar a casa, meterse bajo las sábanas y no salir en una semana, pero al ver a Fatima esperándola en la puerta de embarque, se alegró de haberla llamado cuando cambió de planes y volvió un día antes.

Fatima la abrazó en cuanto cruzó hacia el pequeño patio, exclamando lo cansada que se la veía.

Sarah la tranquilizó mientras el ánimo se le levantaba como por arte de magia.

Nunca nadie había ido a buscarla al aeropuerto.

Su madre mandaba chóferes, pero no era lo mismo.

Era una sensación agradable, y se alegraba de que Fatima estuviera allí.

Del brazo, fueron a recoger el equipaje.

Una vez que Sarah recogió las maletas y las metió en el maletero, se miraron.

—¿Necesitas irte a casa enseguida? —preguntó Fatima, probablemente al notar las ojeras de Sarah tras una semana de noches en vela y escenas desagradables.

Sarah negó con la cabeza.

—Subamos a tomar algo.

—¡Oh, sí!

El restaurante de la planta superior no era grande, pero era un restaurante de verdad, no los locales de comida rápida de los aeropuertos más grandes, y tenía una terraza cubierta. Encontraron una mesa libre en un rincón apartado, con vistas a las pistas y a las colinas de la universidad.

Con una mueca, Sarah rehusó hablar de su experiencia en Nueva York, así que Fatima le contó cómo le había ido la semana, las clases que estaba tomando y la excursión con los preescolares de St. Mary's.

Pero Sarah no pudo evitar notar que su amiga parecía distraída.

Se quedaba callada a menudo y luego, de repente, se ponía a charlar animadamente.

Al final, alargó la mano sobre la mesa para cubrir la de Fatima y hacerla callar.

—Fatima, ¿pasa algo?

Al cabo de un momento, Fatima alzó la vista hacia ella. Tenía los ojos grandes y oscuros, la expresión casi angustiada, y Sarah creyó ver el brillo de las lágrimas. Pero Fatima parpadeó para contenerlas e inclinó la cabeza casi imperceptiblemente.

—He recibido... malas noticias de casa —admitió—. Me tiene preocupada, pero estoy segura de que todo saldrá bien.

Preocupada, Sarah habría seguido preguntando, pero Fatima la detuvo.

—No es nada. Son tonterías mías, de verdad.

Era evidente que no quería hablar del tema, y como Sarah era muy reservada, no insistió.

Suponía que tenía que ver con la lesión de Bennett, pero dado que Fatima no parecía dispuesta a hablar de ello, Sarah prefirió no preguntar por su estado.

Al menos eran lo bastante cercanas como para que Fatima supiera que podía confiar en ella cuando estuviera preparada.

Siguieron hablando otra hora, y cuando se despidieron quedaron en verse al día siguiente para almorzar en el Centro Universitario. Noura y Salima estarían encantadas de verla, dijo Fatima con una sonrisa.

Al llegar a casa, Sarah no se sorprendió de no encontrar ningún mensaje de Khalid en el teléfono.

Al fin y al cabo, había vuelto un día antes de lo previsto; él pensaría que seguía en Nueva York ocupada con sus cosas.

Le dejó un mensaje en el móvil diciéndole que había vuelto antes.

Preguntó por Bennett y por Elyse antes de colgar.

Los móviles no estaban permitidos en las UCI de la mayoría de los hospitales, pero él recibiría el mensaje cuando lo consultara.

Se deslizó entre las sábanas y abrazó la almohada, deseando que fuera Khalid a quien estrechaba entre sus brazos.

Al día siguiente le resultó extraño estar en el campus universitario sabiendo que Khalid no estaba, que su despacho estaría cerrado con llave, la casa grande vacía a pocos kilómetros de allí.

Pero estaba decidida a no dejar que su ausencia la deprimiera.

Volvería en una o dos semanas. Solo pensarlo le provocaba un hormigueo de anticipación por todo el cuerpo.

Faltaba mucho para la hora del almuerzo cuando bajó a la cafetería de la planta inferior del Centro Universitario.

Salima ya estaba allí, y Noura y Fatima se les unieron a los pocos minutos.

Era demasiado temprano para la avalancha del mediodía, así que eligieron una mesa grande en un rincón apartado, anticipando el aluvión de gente cuando acabaran las clases.

—¿Dónde está Miriam? —Normalmente se unía a ellas en esas quedadas. Pero ahora las tres amigas parecían incómodas e intercambiaban miradas enigmáticas. Fue Salima quien respondió al fin.

—Está muy ocupada... con una investigación. Puede que se reúna con nosotras más tarde.

Las demás asintieron, pero Sarah creyó oír a Fatima murmurar «Insha'allah» entre dientes. Sabía que la frase significaba «si Dios quiere»... ¿Qué demonios estaba pasando? Apenas se había formulado la pregunta cuando la desagradable respuesta empezó a revelarse.

—¡Ho-la!

Sarah alzó la vista y vio a Magda asomada al balcón del piso de arriba, sonriendo.

La joven, normalmente hosca, irradiaba emoción y sujetaba un paquete plano.

La perplejidad de Sarah aumentó al notar las posturas rígidas de sus compañeras.

Prácticamente desprendían hostilidad mientras Magda bajaba la amplia escalera.

Noura y Salima se levantaron cuando se acercó e intentaron cortarle el paso a Magda.

—¡Magda! —dijo Salima con brusquedad—. No te queremos aquí. Vete ahora mismo.

Pero Magda se abrió paso entre ellas y fue directa a la mesa, con un brillo triunfante en sus ojos negros centelleantes.

—¿No queréis oír mis noticias? —Hizo un puchero poco convincente.

Sin esperar respuesta, le plantó la mano izquierda prácticamente bajo la nariz a Sarah.

Un pedrusco de diamante del tamaño aproximado de una canica, engastado en oro pálido de alto quilate, brillaba en su dedo anular.

Llevaba las uñas largas, pintadas de rojo sangre. «Qué apropiado», pensó Sarah.

—Felicidades —dijo con educación, compadeciendo al pobre desgraciado que acabaría casado con aquella barracuda.

—Sí, acaba de llegar de Taqara hoy. Khalid lo envió por correo especial.

—¡Magda!

—¡Magda, cállate!

Sus amigas exclamaron indignadas y se cruzaron palabras acaloradas en árabe. Sarah se quedó atónita, incapaz de creerlo. No lo creía. Se levantó de golpe.

—¡No! —Debía de haber gritado, porque se hizo un silencio repentino.

Miró a Magda.

—Mientes. No te creo.

El hermoso rostro que tenía delante perdió todo rastro de amabilidad cuando Magda se inclinó hacia ella.

—Créelo. —Su sonrisa era triunfante—. ¿Lo ves?

Le tendió el paquete que traía, dirigido a Magda con la inconfundible letra afilada de Khalid.

Casi ronroneando, la mujer árabe abrió la caja del interior.

Oro reluciente descansaba sobre terciopelo negro: cadenas de intrincada filigrana formaban un collar pectoral.

Otro collar, más pequeño y delicado. Largos pendientes y un juego de media docena de brazaletes de oro.

Una fortuna en oro. No necesitaba los comentarios burlones de Magda para saber que aquello era la dote de una novia.

El regalo tradicional que el futuro esposo entregaba a su prometida al formalizar el compromiso.

Sarah sintió náuseas. Khalid... ¡No! Se contuvo. Khalid jamás se casaría con una mujer así. Khalid la amaba a ella. El mundo de Sarah recuperó el equilibrio. Alzó la vista y se encontró con aquella mirada malévola clavada en ella, como la de un buitre, pensó.

—Sigo sin creerte —dijo.

El rostro de Magda se crispó de furia.

—¿Crees que se casaría contigo? —Su tono era cortante, despiadado—. Eres tan ingenua. ¿Crees que su familia lo permitiría? ¿Crees que él siquiera lo consideraría? Solo está encaprichado... Khalid jamás se casaría con una mujer como tú, que baila delante de hombres para ganarse la vida.

Sarah retrocedió, temblando, mientras Magda acertaba con habilidad en su punto más vulnerable. La otra mujer rio triunfante mientras miraba a las cuatro que la enfrentaban.

—Creen que volverá... pues no lo hará. Está en Taqara, esperándome. En cuanto termine mi tesis el mes que viene, volaré a reunirme con él y nos casaremos.

—¡Basta! —Fatima agarró a Magda del brazo y la apartó de la mesa—. Ya has hecho bastante daño por hoy. ¡Vete!

Magda se marchó, pero su risa burlona y triunfante resonó en el silencio que dejó tras de sí. Sarah se dejó caer en la silla. Le temblaban las manos. Fatima se acercó, se sentó a su lado y le tomó las manos frías entre las suyas.

—No le creas —dijo con fiereza—. ¡Son mentiras! ¡Todo mentiras!

Sarah miró a Fatima y luego a las demás, y vio la incertidumbre en sus rostros.

—Lo sabíais.

Los labios de Fatima se tensaron.

—Habíamos oído... rumores. Pero no puede ser verdad.

—Es cierto que su familia podría no permitirle casarse con una estadounidense —dijo Noura, visiblemente afligida—. Que lo harían volver y lo retendrían allí.

Salima la miró con el ceño fruncido, negando con la cabeza.

—Khalid ya no es ningún jovencito para necesitar la aprobación de su familia ni para dejar que nadie elija por él.

—Ya sabes la presión que pueden ejercer, y su padre tiene mucha influencia.

—Pero precisamente, mira quién es su padre.

—Razón de más para concertarle un buen matrimonio.

—Aunque así fuera —argumentó Salima—, ¿por qué elegirían a Magda? Si fueran a concertar un matrimonio para alguien como Khalid, sería con una princesa. O con alguien muy importante. Magda no es nadie.

¿Una princesa? Sarah se quedó paralizada. Ya estaba bien. Les suplicó que pararan, incapaz de soportarlo más.

—El paquete —susurró—. Esa era la letra de Khalid.

Se quedaron en silencio. Eso era innegable.

—Quizá ella le pidió que lo enviara —sugirió Salima, siempre tan optimista.

Todas la miraron fijamente.

—¿Por qué demonios iba a pedirle que enviara algo así? —preguntó Noura.