Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo diecinueve #4
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Capítulo diecinueve #4

Para Sarah no había duda de qué cantar. Una indicación discreta al pianista, su gesto de aprobación. Las notas de apertura.

De cara a las luces, ante la multitud expectante, las cámaras de televisión, ante el mundo entero quizás, cantó lo que había en su corazón, en su alma.

La canción más hermosa de «El Fantasma de la Ópera», el melodioso «Think of Me», contenía el mensaje de Sarah para Khalid.

No habría un solo día en que no pensara en él, por el resto de su vida.

Las luces ante ella se difuminaron cuando la última nota se desvaneció, y le temblaban las manos al devolver el micrófono a Dame Agnes.

Recobró la compostura con una respiración profunda, sin dejar que su sonrisa vacilara mientras la Dame la hacía volverse de nuevo hacia el público para otra reverencia.

Agradeció sinceramente a Dame Agnes el honor de haber cantado con ella y abandonó el escenario entre un atronador aplauso.

Mamá estaba resentida. Al parecer, su patito había recibido críticas entusiastas.

Por desgracia, esto la hizo aún más insistente en que Sarah volviera a formar parte de su séquito.

El lunes resultó espantoso, plagado de quejas y recriminaciones durante el almuerzo, con un bis en la cena.

Sin embargo, Sarah se mantuvo firme. No volvería a Nueva York para cantar.

Ni a Los Ángeles, ni a Londres ni a Roma. No volvería a actuar.

Vivienne seguía sin captar el mensaje, y Sarah regresó a su hotel con un terrible dolor de cabeza. Su habitación era un bendito oasis de paz.

Pero incluso esa paz se quebró cuando vio que tenía dos mensajes de voz en el teléfono, que había apagado al salir hacia casa de su madre esa mañana.

Al menos no eran de mamá, ya que había estado con ella la mayor parte del día.

El primero había sido grabado apenas unos minutos después de que ella se marchara esa mañana. Pulsó el botón para reproducirlo.

Khalid.

—Habibti. —El apelativo sonó cálido, aunque a ella le pareció percibir un extraño matiz de ansiedad—. Anoche estuve en casa de Mac viendo el especial de televisión. Estuviste maravillosa.

Hubo una pausa, y cuando volvió a hablar su voz denotaba una tensión evidente.

—Sarah, tenemos que hablar. Lo he ido posponiendo, quizás demasiado tiempo, pero después de anoche... Sarah, llámame. Estaré en la oficina si recibes esto de día, o por la noche en casa.

Era casi una súplica. Sarah se quedó mirando el teléfono que tenía en la mano durante un momento antes de pulsar lentamente el botón del siguiente mensaje. También era de Khalid, grabado apenas unas horas después. Tenía la voz más ronca y tensa que ella le había oído jamás.

—Sarah. La peor de las noticias. Tengo que partir hacia Taqara de inmediato.

Bennett ha resultado gravemente herido por una mina al volver de Khobeira.

.. quizás de muerte. Padre está en una misión y no hay forma de localizarlo, pero Elyse ya va camino de Taqara desde París.

Tengo que estar allí, habibti. No puedo dejarla enfrentarse a esto sola.

Intentaré llamarte desde el hospital, pero puede que no sea posible enseguida.

Lo siento, Sarah, no puedo estar aquí cuando vuelvas.

Te llamaré para contarte qué está pasando. Te lo prometo.

Sonaba destrozado. Una oleada de rabia invadió a Sarah al verse allí, en la costa este, atendiendo los caprichos de su madre, cuando Khalid, tan lejos, la necesitaba. Aunque, de todos modos, no habría podido ir a Taqara con él, al menos no de inmediato, sin visado.

Esa noche permaneció despierta pensando en él y en su hermano, preguntándose cuánto tardaría Khalid en llegar a Taqara.

Rezó para que Bennett estuviera bien, para que saliera adelante.

Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Khalid ante ella, oía su voz torturada hablándole de las pérdidas de amigos y familiares durante la guerra.

No había nada que pudiera hacer, por supuesto, pero cuánto deseaba poder estar allí para él.

En comparación, los suspiros y caprichos de mamá al día siguiente resultaban ridículos.

Sarah fue convocada a un pequeño almuerzo que daba una de las amigas de sociedad de su madre, y Vivienne no perdió ocasión de expresar sus quejas.

La charla social y las trivialidades de cortesía casi la volvieron loca mientras el hermano de Khalid se debatía, que ella supiera, a las puertas de la muerte a miles de kilómetros de distancia.

Gracias a Fatima y las demás, comprendía lo bastante bien el papel de Khalid en la familia como para saber que, con su padre Rashid ilocalizable, Khalid estaría en el centro de la tormenta, inquebrantable y fuerte, presente para todos, apoyando a su familia en aquello.

A media tarde ya había tenido bastante. Se disculpó, abandonó la fiesta en el ático y volvió por su cuenta al Waldorf-Astoria. No tenía previsto marcharse hasta el día siguiente, pero llamó al aeropuerto y una hora después estaba en un taxi camino de JFK. Se iba a casa.